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Palabras de Su Majestad el Rey a los Grandes Duques de Luxemburgo Juan y Josefina-Carlota y al pueblo luxemburgués

Madrid, 16.06.1983

A

ltezas Reales, puedo aseguraros que la Reina y yo guardamos un recuerdo imborrable de vuestra noble e ilustre nación que, hace apenas tres años, nos brindó su generosa acogida en la antigua y bella ciudad de Luxemburgo.

Aún nos parece recorrer las calles que llevan nombres evocadores y tan unidos a la historia de España como Felipe II, Monterrey, Mansfeld, Louvigny... Calles con la memoria de nuestros antepasados que, con su esfuerzo, ayudaron a construir los monumentos, iglesias y murallas de su plaza fuerte, grabando en piedra para recuerdo de los siglos, los anales de una experiencia histórica compartida por ambos países.

Nuestros dos pueblos, llenos de historia, de tradición y de vocación auténticamente europea, deben marchar estrechamente unidos para hacer suya, desde la modernidad, la idea de la unidad de Europa por la que luchó hace más de cuatro siglos el Emperador Carlos V, Duque de Luxemburgo. El supremo ideario de nuestro común antepasado, se cifró en lograr una Europa que iluminase con sus ideales civilizadores el mundo de su época.

Aquella Universitas Christiana que inspiró al Emperador puede hoy convertirse en un ideal de paz, de justicia y de imperio del derecho que vertebre a la Europa de países libres.

Esa Europa que queremos hacer, sólo puede encontrar su identidad en la defensa de los valores que una larga historia ha decantado.

Europa debe ser, ante todo, un espacio de libertad, en el que todos los europeos sin excepción disfruten de un derecho fundamental. El de vivir en unas sociedades que rigen sus sistemas políticos y sociales de acuerdo con las pautas de los valores democráticos.

Porque la palabra Europa está asociada a dos principios básicos: el de la defensa de la libertad y de los derechos humanos y el de la continua aspiración por la paz.

A esa gran empresa europea ha contribuido y contribuye de manera ejemplar el Gran Ducado de Luxemburgo mediante la aportación de sus mejores pensadores, de sus hombres de acción, de sus empresarios y trabajadores.

Con fe profunda y voluntad indomable, el Gran Ducado se ha constituido en auténtico paradigma de lo que debe ser la Europa del futuro.Sin dejar de buscar la unidad europea, vuestro país ha condenado siempre toda agresión e injerencia en los asuntos internos de otros pueblos y todo atentado contra la dignidad del hombre.

Por su parte, España une a su antiguo amor por la libertad, una joven ilusión por participar en todos aquellos proyectos que en ella se inspiran.

Y es mucho lo que podemos aportar.

Nuestra historia está cargada de vínculos transatlánticos y transmediterráneos que pueden enriquecer en gran manera a una Europa que corre el riesgo de encerrarse en sí misma y de obsesionarse excesivamente con los problemas concretos y con las preocupaciones inmediatas.Somos conscientes de que el camino hacia la unidad europea no es fácil. Quiero por ello recordar las palabras que figuran en el monumento que con tanta justicia elevó Luxemburgo a la memoria de Robert Schumann:

«Europa no se hará de una vez, ni en una construcción de conjunto: se hará mediante realizaciones concretas, creando para ello una solidaridad de hecho».

Desde que Schumann pronunciara estas palabras, Europa ha sabido superar sus dificultades con ímpetu creador. Y de nuevo lo hará en las presentes circunstancias, en las que los problemas económicos se unen a las incertidumbres que en los corazones europeos crean la incomprensión entre los pueblos y la tentación de la violencia.

En estos momentos difíciles la solidaridad de mi país quiere hacerse sentir.

Y lo queremos hacer desde nuestra identidad, del mismo modo que Luxemburgo ha sabido hacerlo desde la suya, salvaguardada por el símbolo de la Corona.

Y lo queremos hacer también desde nuestra libertad, expresada en la institución de la Monarquía parlamentaria, que ha sabido encarnar hoy en el viejo continente los valores democráticos que dan sentido a la idea de Europa.

Altezas Reales, vuestra presencia en España me permite expresar la ilusión de mi país por la tarea europea, así como mi más sincera gratitud por el apoyo que el Gran Ducado de Luxemburgo ha dado siempre a las aspiraciones españolas a formar parte de las Comunidades Europeas.

Quiero, finalmente, expresaros también mi alegría y mi satisfacción por el modo en que las relaciones entre nuestras dos naciones se desarrollan, siempre bajo el signo de la amistad y de la cooperación.

A ello contribuyen no sólo nuestra común historia y nuestro común destino, sino también el esfuerzo de tantos españoles residentes en Luxemburgo que, en respuesta a la generosa y hospitalaria acogida de vuestro pueblo, han sabido compartir una vida de trabajo y de esfuerzo con los ciudadanos luxemburgueses.

Todo ello permite una fructífera relación en todos los órdenes y un palpable clima de afecto por el Gran Ducado en mi país.

La Reina y yo esperamos que vuestra estancia en España sea tan grata como lo fue la nuestra en Luxemburgo.

Permitidme ahora que invite a todos a levantar nuestra copa por la ventura personal de Vuestras Altezas Reales, por la paz y la prosperidad del Gran Ducado y por el bienestar del noble pueblo luxemburgués.

Itzuli Hitzaldiak atalera
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