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Palabras de S. M. el Rey en la entrega del Premio Cervantes 2018

Alcalá de Henares. Madrid, 23.04.2019

En un día que debería ser sobretodo de celebración, de alegría, permítanme que, no obstante, comience con unas palabras llenas de dolor y condena por los recientes ataques terroristas sufridos en Sri Lanka, en los que cerca de 300 personas han sido vilmente asesinadas y otros cientos heridas.  Nuestro corazón está con todas las víctimas y familiares; entre ellas, la de la pareja española fallecida, que han sumido a sus familias, a Pontevedra, y a todo nuestro país en la mayor tristeza. Desde esta tribuna expresamos nuestro homenaje sentido a todos los que han perdido la vida en esa execrable serie de atentados y nuestro afecto solidario al pueblo de Sri Lanka.

Bajo la sombra del ancho árbol cervantino que protege todo el legado literario hispánico, nos reunimos de nuevo en Alcalá de Henares, en el centenario paraninfo de su hija predilecta, esta Universidad cisneriana, casa también de Lope y de Quevedo y Patrimonio de la Humanidad. Y lo hacemos, con un sentido recuerdo a Rafael Sánchez Ferlosio, para conmemorar la presencia del libro y las letras en español y para distinguir la obra de la poeta uruguaya Ida Vitale con el mayor reconocimiento al arte escrito, el Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes.

El artesonado mudéjar de este paraninfo da hoy fe por 44ª ocasión del veredicto que honra la trayectoria de una obra literaria no sólo para nuestro idioma, sino para las letras universales. El Premio Cervantes ha distinguido desde 1976 la poesía, la narrativa, el pensamiento, la varia invención de la palabra en el conjunto de naciones que como ramas entrelazadas se extienden desde el tronco del español; y el ya tradicional homenaje que aquí nos congrega cada 23 de abril ha convertido este honor en la celebración de sus más altos frutos.

“De tan alto y subido entendimiento” escribe de su Galatea Cervantes. En esa novela, que intercala prosa y verso, tradicional ensamblaje ejecutado armoniosamente también en algunos libros de nuestra galardonada, el autor de tantas novelas ejemplares inserta, casi al final, el célebre “Canto de Calíope”. En él se enaltece a varios poetas de su tiempo, entre ellos al entonces considerado primero de Nueva España, Nuevo Apolo lo llama, Francisco de Terrazas, y al peruano Martínez de Ribera.

Porque el adelantado Cervantes supo, como ha sabido siempre Ida Vitale y sabemos ya todos, muchos siglos después, que esta lengua es tan propia de América como de España; porque todos los hispanohablantes somos corresponsables de la cultura que en ella se expresa, una cultura que es manifestación de unidad en la diversidad.

Uno de los maestros “complementarios” de Ida Vitale, como le gusta llamarlo, el escritor José Bergamín, valoraba muy especialmente, y a contracorriente, la poesía de Cervantes. Y así procuró inculcarlo al grupo de jóvenes y oyentes fieles en la nueva Facultad de Humanidades y Ciencias en Montevideo a finales de los años cuarenta. Siendo un maestro nato, ella recuerda, “más que puertas abría esclusas por las que llegaba una tumultuosa crecida de aguas”, y fue para sus compañeros de generación “todo lo sutil que necesitábamos para entrar en las complejidades de un tejido cultural inabarcable”.

Y aunque Ida Vitale había ya dado a la luz sus versos en la adolescencia, su primer libro de poesía, Luz de esta memoria, la situó en lugar muy destacado a los veintiséis años de edad. Bergamín entendió de inmediato su talento: “asombras si iluminas” escribió en un acróstico para saludarla en 1947. Ese asombro, producto de la iluminación de una obra desplegada a lo largo de siete décadas, es lo que ha laureado el veredicto del jurado, una obra convertida desde hace mucho tiempo en un referente fundamental para poetas de todas las generaciones y en todos los rincones del español.

Pues el afán de universalidad de nuestro idioma, en el que se expresan 577 millones de personas de distintos países y climas, separadas y al mismo tiempo unidas por vastos océanos o cordilleras, anula las diferencias. Esa universalidad nos acoge como miembros de una gran familia y se manifiesta en toda su plenitud en la lengua literaria desde hace siglos, en la fraternidad de los diversos y cambiantes estilos que vinculan a Juana Inés de la Cruz o Teresa de Jesús con Gabriela Mistral o María Zambrano, y a ellas con sus lectores pretéritos, presentes y, sobre todo, futuros.

El otro maestro “complementario” de Ida Vitale, nuestro premio Nobel Juan Ramón Jiménez, tras su visita “como un cometa” al Uruguay de aquel entonces, escribió a propósito del segundo libro de Vitale, Palabra dada, que había llenado su nombre de misterio y encanto. Ella a su vez creía y sigue creyendo que la España del siglo XX “no ha dado poeta mayor que Juan Ramón Jiménez y que su última lección poética sigue siendo inagotable”. La búsqueda de la transparencia de los años finales del poeta de Moguer ha sido modelo permanente, aunque conseguida por medios distintos, en la obra de esta poeta uruguaya y universal.

"...el afán de universalidad de nuestro idioma, en el que se expresan 577 millones de personas de distintos países y climas, separadas y al mismo tiempo unidas por vastos océanos o cordilleras, anula las diferencias. Esa universalidad nos acoge como miembros de una gran familia y se manifiesta en toda su plenitud en la lengua literaria desde hace siglos, en la fraternidad de los diversos y cambiantes estilos que vinculan a Juana Inés de la Cruz o Teresa de Jesús con Gabriela Mistral o María Zambrano, y a ellas con sus lectores pretéritos, presentes y, sobre todo, futuros..."

Ella sostiene que cada escritor “escoge su tradición”. El intercambio, el respeto mutuo y el acceso plural al conocimiento de sus años juveniles en el Uruguay son un ejemplo de cómo en periodos felices se fue creando, y a la postre consolidando, el espacio iberoamericano como un ámbito propio y singular, cuya identidad se arraiga precisamente en la lengua y su cultura, en “una cultura de culturas”, solidaria.

En décadas recientes nuestra cultura de culturas desplegada en este idioma ha vivido un auge sin precedentes, y nos augura que el creciente interés y entusiasmo de otras naciones por hacerlo suyo consolidará al español como la 2ª lengua de comunicación internacional, gracias también al esfuerzo conjunto de numerosas instituciones que velan por una difusión enaltecida con las virtudes de sus hombres y mujeres de letras. Su continuo enriquecimiento desde su origen en la Península hace un milenio, y la nueva savia que la nutre en las fértiles tierras americanas desde hace siglos, nos identifica en su asombrosa multiplicidad y apertura.

Lo que no podían sospechar los maestros complementarios de Ida Vitale es que ella también se vería obligada a transterrarse décadas después con su marido el poeta Enrique Fierro. Su destino fue México, un país de acogida que a su vez se benefició de la presencia de escritores, intelectuales y artistas, primero españoles, y décadas más tarde de uruguayos y de otras naciones iberoamericanas en dramáticas y dolorosas circunstancias.

En esa nación siempre solidaria, que ha calificado de su segunda patria, trabó honda amistad e intercambio con dos poetas de muy grato recuerdo y que la precedieron en este máximo reconocimiento, el mexicano Octavio Paz y el colombiano Álvaro Mutis. No cesó de mantener vínculos con ellos, sus revistas y su país de adopción, ahondando en sus fundamentales afinidades, cuando se estableció durante más de treinta años en Austin, Texas, a unos pasos de una de las grandes bibliotecas universitarias del mundo, cuyo acervo iberoamericano hizo extensión de su apartamento, y junto a la cual escribió una buena parte de la obra en verso y prosa que acrecientan y ennoblecen fundamentalmente ese patrimonio.

Recientemente, el novelista Gonzalo Celorio, director de la Academia Mexicana de la Lengua, recordó que una lengua surge de la naturalidad del habla. No es otra que esa natural voluntad de intercambio la que ha visto crecer, desde hace siglos, sin prisa, pero sin pausa, ese patrimonio en otras ramas del español en los Estados Unidos, donde se estudia, se aprende y es vínculo actual de comunicación familiar y profesional de millones de personas.

Hay muchas cosas en nuestro mundo de que alarmarse, escribió el filólogo Antonio Alatorre hace cuarenta años, pero el español no es una de ellas. Y aunque desde las instituciones valiosos proyectos esperan su realización y otros su consolidación para el engrandecimiento del idioma en su continua expansión, esta lengua viva, y vivaz, goza de buena salud.

Sin prisa, pero sin pausa también, a sus 95 años Ida Vitale ha visto crecer una obra, exacta y mágica a la vez, que se ha impuesto por sí misma, persuadiendo a todos. Recientemente recordaba que, en un tiempo de lectores impacientes, y cito, “la creación poética permanece como un gozoso misterio que se resiste a ser resuelto”. Pero añade que “el placer de su desciframiento entusiasta libera una misteriosa energía”, que mueve no solo páginas poéticas sino “también la buena prosa del mundo”.

Cuentan que, jovial y aguda, le gustaba pasear largamente por las calles de sus ciudades, México, Austin, Madrid y ahora de nuevo Montevideo, a la que volvió definitivamente hace dos años. Fiel a su “hábito infantil de asombro ante el mundo que acompaña incluso a los humanos desentendidos de inútiles minucias”, Ida Vitale se detiene, con atención precisa, de naturalista y de poeta, ante cada criatura, planta o animal, para conocerla, o reconocerla en sus siempre renovados detalles.

La presencia de sinsontes, gorriones o urracas, de limoneros, sauces o eucaliptos, motivos heredados de una tía botánica que también le legó el nombre, es constante desde su primer poemario hasta su última poesía reunida; y también en un libro dedicado a toda esta peregrinación por nuestro “decoroso paraíso”, por la riqueza y tensión espiritual que posibilita valorar urgentemente el mundo prodigioso de las criaturas no humanas que aún nos acompañan.

“Un niño extrae a la larga más y mejores modos de diversión de una lupa que de un triciclo—afirma nuestra poeta—. De su atención detenida, de su naciente curiosidad nacen muchas cosas: para empezar, su propia intimidad. Yo diría que en ella renace la civilización”. Señoras y Señores, el árbol de nuestra civilización iberoamericana nos ampara en su continuo crecimiento porque brotan nuevas, verdes ramas, como la poesía de Ida Vitale, ampliando las frondas del ancho tronco del idioma.

Saludamos entonces a nuestra jovial y ejemplarmente vital poeta, a nuestra entrañable premiada.

Muchas gracias.

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