Omitir los comandos de cinta
Saltar al contenido principal
Activities and Agenda
  • Listen it
  • Imprimir la página
  • Send to a friend
  • Suscribe to RSS
  • Share it on Facebook
  • Share it on Twitter
  • Share it on Linkedin
  • Share it on Google+

Palabras de Su Majestad el Rey al presidente de la República de Italia Alessandro Pertini y al pueblo italiano

Italia(Roma), 28.04.1981

S

eñor Presidente, las visitas de Estado constituyen un símbolo y una ocasión de poner de manifiesto al nivel más alto las relaciones que unen a dos pueblos. En mi caso, sin embargo, Excelencia, hay mucho más.

Vengo a Italia con la sensación de regresar a los orígenes, al centro de una cultura que ilumina la nuestra, a la capital espiritual de todo un mundo, a la urbe que Miguel de Cervantes llamara: «grande, poderosa, sacrosanta», a la ciudad querida que un día me vio nacer.

La Reina y yo, al agradeceros por todo ello vuestra invitación y las nobles palabras que acabáis de pronunciar, queremos añadir, al gesto simbólico de nuestro encuentro, el aprecio y la gratitud personal.

Volando hoy sobre las aguas del mar que tanto nos une, pensaba en las miles de naves que, a través de los siglos, han creado entre nuestras costas el tupido tejido de una historia muchas veces compartida. La misma luz, el mismo clima, parecidas vivencias, hacen de Italia y España dos pueblos hermanos, unidos por una idéntica trayectoria. Pueblos que, como escribió Croce, tuvieron durante siglos «una vida casi común».

Ambos hemos contribuido a la creación del mundo occidental al que pertenecemos; a la expansión de las ideas y las fuerzas que están en su base; al establecimiento de un derecho que arranca de la dignidad, de la igualdad y de la libertad del hombre; al mejoramiento material de un universo dominado por primera vez por el genio romano; a la explosión grandiosa de una visión artística del mundo y a trasladar a otros continentes, con nuestra cultura, lo mejor y más noble de nuestro ser.

España, que fue una nueva Roma para América, quiere rendir hoy aquí su sincero homenaje a la Roma de siempre, a la Roma inmortal.

En este mismo salón, en ocasión no menos solemne y dirigiéndoos al Presidente de los Estados Unidos de América, señor Presidente, tuvisteis a bien pronunciar palabras de aliento y amistad para mi patria y para mi persona. Esperaba esta ocasión para deciros que los españoles, como hombres de honor, nunca olvidan los gestos amistosos de quien generosamente les tiende la mano.

No son fáciles ciertamente los tiempos que vivimos. La aceleración histórica del cambio que se está produciendo provoca desajustes, incertidumbres y peligros de todo tipo. Soy de los que piensan, sin embargo, que el camino del hombre, en ocasiones áspero, conduce con continuidad histórica hacia escalones mejores y más nobles cuando está iluminado por principios trascendentes.

Pero, en un encuentro de amigos como éste, me interesa más reflexionar sobre aquello que nos queda más próximo: la zona del mundo a la que pertenecemos.Creo, en efecto, que alguna responsabilidad nos incumbe en ella a ambos y que su estabilidad, paz y prosperidad no deben sernos nunca ajenas. Tal vez, nuestra secular experiencia pudiera ayudarnos a encontrar en común los medios y el entendimiento necesarios. Conociendo las dificultades, recordemos la famosa indicación de un personaje español de Manzoni: «Adelante y con juicio».

Por algún tiempo, en Europa otras preocupaciones y prioridades han colocado en primer plano problemas y dificultades de otras latitudes. Cabría pensar si no es ahora el momento de recordar con acrecido interés las riberas del mar que nos es común, a las que se asoman muchos pueblos viejos como los nuestros, protagonistas de primer plano todos ellos en algún momento histórico.

La paz y el futuro del mundo también se juegan aquí como se jugaron tantas veces en el pasado. Los ribereños del mare nostrum no podemos dejar de creer en el propio mundo que una vez contribuyeron a crear.

Regresáis, señor Presidente, de un largo viaje por tierras americanas. Juntos planteamos, pues, la espléndida realidad de un continente en el que tantas huellas dejaron nuestros pueblos y por el que toda atención de nuestra parte será siempre poca.Son los valores esenciales de nuestro entorno cultural aquellos que hoy nos permiten ser optimistas; es la creencia en la justicia la que mantiene viva nuestra fe en el futuro; es la defensa de la libertad, de la ordenación democrática y de la igualdad entre todos, la que justifica nuestros esfuerzos.

Con este espíritu, consciente de que me dirijo a un antiguo y permanente luchador en favor de todo ello, alzo mi copa para brindar por Vuestra Excelencia, por vuestro Gobierno, por todos los dignatarios que nos acompañan y por el pueblo amigo de Italia.

Back to Speeches
  • Listen it
  • Imprimir la página
  • Send to a friend
  • Suscribe to RSS
  • Share it on Facebook
  • Share it on Twitter
  • Share it on Linkedin
  • Share it on Google+