É un pracer acompañarvos unha vez mais no Foro A Toxa—Vinculo Atlantico. Agradezo a Amancio e a todo o seu equipo a iniciativa e a dedicacion a este Foro, este espazo de reflexion necesario e felizmente consolidado. Y no puedo dejar de recordar la figura de Josep Piqué, que tanto empeño, dedicación e ilusión puso en esta idea y en esta realidad del Foro A Toxa hasta sus últimos días.
Esta cita gallega y otoñal goza de gran aprecio no solo por la relevancia y nivel intelectual de sus debates, también por el buen ambiente que generáis y el lugar tan privilegiado por la naturaleza y bien cuidado, que invita a disfrutar, a la buena conversación y a compartir reflexiones, preocupaciones y esperanzas con un poco de distancia del trepidante ritmo cotidiano.
Me agrada muy especialmente reencontrarme aquí con el Presidente Rebelo de Sousa, con el profesor Rebelo, al que tanto admiro y a quien me une —bien lo sabéis— una amistad hecha a base de innumerables encuentros y conversaciones, de confidencias y sabios consejos... Su trayectoria política y académica, su profundo compromiso ético, su sencillez y bonhomía y su capacidad de escucha, le han ganado el afecto de sus compatriotas y también —como puede ver esta noche— de los españoles. Parabéns! caro amigo Marcelo, ex-Presidente da República Portuguesa.
Juntos, inaugurámos a 2ª edição deste Fórum em 2020, ainda –como se devem lembrar− sob o impacto da terrível pandemia da COVID-19. Falámos sobre isso, claro…, e falámos sobre a Europa…, sempre a clamar por mais Europa.
Como seguimos haciendo hoy ante los nuevos retos. Son solo seis años y parece que estamos en otra era…, pero la necesidad de más Europa es aún más acuciante; como también lo es una mayor cooperación global…, ¿para pandemias? Sí, para las que vengan. Pero hoy urge más para la paz, para la seguridad, para la defensa de los DDHH y la Democracia, y también para la estabilidad del tráfico comercial y el suministro energético, la innovación tecnológica, los equilibrios geoestratégicos…
Pues ya estamos en esta VIIIª edición del foro. Y reflejando la sensación imperante en este nuevo tiempo, habéis escogido un título inquietante: «Un mundo en desorden». Permitidme que dedique el resto de mi intervención a compartir algunas reflexiones sobre qué significa, a mi entender, esa expresión.
“Desorden”, según define la RAE en su diccionario, es “confusión y alteración del orden”. En su 2ª acepción, es la “perturbación del orden y disciplina de un grupo, de una reunión, de una comunidad de personas”. Ambas definiciones remiten a la palabra contraria: “orden”. Y lo hacen en términos de ausencia.
Lo que acabo de decir parece baladí, pero ahí puede estar una de las claves de lo que nos sucede: eso que da en llamarse “desorden mundial” no es un término absoluto, definitivo e irreversible, sino relativo a la erosión de un orden concreto: el que la comunidad internacional logró alcanzar en la posguerra mundial.
Dicho orden ha dado frutos irrenunciables, como la Declaración Universal de los DDHH o la Carta de las NNUU; el ensanchamiento de la comunidad internacional, la creación de múltiples organismos internacionales, el desarrollo como nunca del comercio global, el incremento de la cooperación, la difusión de avances de enorme impacto social en ámbitos como la medicina y la educación. Por no hablar de la construcción de la Europa unida.
"...busquemos los necesarios espacios de confluencia. Entendamos el orden mundial
como proceso; la cooperación internacional como proceso; la construcción europea también como
proceso. Su perfección es el ideal que ambicionamos, pero quizá nunca veamos del todo cumplido
porque en su carácter dinámico, de aspiración constante, reside su auténtica fuerza..."
Pero contiene también asimetrías, desigualdades, procedimientos anquilosados que abocan a la parálisis. Por eso, cuando hoy nos referimos a “desorden mundial” con inquietud plenamente justificada, conviene no caer en la idealización excesiva del orden que lo precedía. Porque algunos de los problemas y conflictos a los que hoy asistimos son —en realidad— consecuencia de sus limitaciones y de lo que podríamos llamar sus “defectos de diseño”.
Es preciso RENOVAR el orden mundial. Y es preciso hacerlo porque a las guerras y los conflictos —algunos tristemente familiares y cercanos como los de Ucrania y Oriente Próximo— o a los retos globales pendientes —pienso en la inaplazable transición energética— se suman nuevos motivos de inquietud, como las llamadas “amenazas híbridas” —que ponen en jaque, principios básicos como la seguridad, la soberanía o la integridad territorial— para las que el orden normativo tradicional carece de respuesta. Tampoco podemos olvidar cuestiones como la necesaria regulación de la IA que la sujete al control humano y la oriente hacia el bien común.
Prestemos, por ello, atención a las voces críticas. No todas son destructivas o desmesuradas. Por debajo de la crispación de nuestros días puede haber razones sensatas que nos lleven a perfeccionar lo perfectible, a reformar lo reformable. En torno a la crítica medida, al inconformismo razonado y sereno, pueden confluir muchas de las sensibilidades —nacionales e individuales— que participan del vínculo atlántico. Y no solo en la esfera política, también en las universidades, los centros de investigación, los servicios públicos, las empresas, la sociedad civil. Es un esfuerzo que merece la pena, y debemos hacerlo juntos.
Quisiera reiterar esto último con absoluta convicción, en el año en que celebramos el 250 aniversario de la Declaración de Independencia de ese gran país que son los EEUU de N.América: el vínculo atlántico está destinado a pervivir. Lo digo a partir de mi propia experiencia vital como estudiante en Canadá y en EEUU, algo que me ha permitido desarrollar y mantener unos vínculos afectivos indisolubles con Norteamérica. Y también, desde luego, y sobre todo, lo digo como Jefe de Estado de una de las grandes democracias europeas.
Así que insisto: busquemos los necesarios espacios de confluencia. Entendamos el orden mundial como proceso; la cooperación internacional como proceso; la construcción europea también como proceso. Su perfección es el ideal que ambicionamos, pero quizá nunca veamos del todo cumplido porque en su carácter dinámico, de aspiración constante, reside su auténtica fuerza. Visto así, el desorden no tiene por qué ser una fase terminal, sino un estadio que nos conduzca a un orden internacional mejor, más justo, más sólido, más inclusivo y más adaptado a las nuevas necesidades.
En ese empeño, a las democracias europeas nos corresponde, en gran medida, la iniciativa. Somos —hoy por hoy— los grandes garantes del derecho internacional. Por eso necesitamos ser cada vez más fuertes y autónomos —en defensa, en capacidades industriales, en educación y formación— sin dejarnos amedrentar por nadie y sin perder la coherencia con nosotros mismos.
La fidelidad a los propios valores no resulta sencilla; no lo es cuando parecen evaporarse las certezas y las alianzas, cuando el progreso deja de ser una función lineal, cuando los frentes se multiplican y crecen la frustración y las desigualdades.
Así que cabe preguntarse: ¿dónde se sitúa la propia esencia, ese valor irrenunciable, ese mínimo común denominador de todos los europeos? A mí me gusta insistir en que el corazón de nuestros valores radica en el respeto a la dignidad de la persona. A partir de ahí, todo se declina de manera natural: la convivencia democrática, el estado de derecho, las libertades y responsabilidades inherentes a la ciudadanía.
No caigamos nunca en el error de dar por sentada la dignidad del ser humano. No creamos que es una especie de bien que nos es debido por haber nacido en un país occidental, en un estado de derecho, en una democracia avanzada.
Anteayer, en Madrid, ante el Presidente de la República francesa, tuve ocasión de recordarlo citando a Jorge Semprún, de cuyo fallecimiento se cumplen ya 15 años. Apenas a 10 kilómetros de Weimar −esa cuna de la gran música, de la gran ciencia, de la gran filosofía−, vio brotar la barbarie. Fue en el campo de concentración de Buchenwald. Eso sucedió aquí, en Europa.
La filósofa Hannah Arendt, gracias a cuya obra tenemos un conocimiento más preciso de la banalidad del mal, decía que la incertidumbre abre también espacios de esperanza. Así que seamos pragmáticos y estemos vigilantes, pero no perdamos nunca la esperanza. En nosotros está la posibilidad de salir, aún más fuertes, aún mejores, de este desorden mundial. Esa posibilidad nos impone una obligación moral.
Muchas gracias