Una vez más, sean muy bienvenidos a Madrid. La presencia de todos ustedes convierte a la capital de España también, por unos días, en capital del parlamentarismo iberoamericano. Es muy probable que a muchos esta ciudad no les resulte ajena sino familiar; en la que se encuentran casi como en casa. Es así como queremos que se sientan, tanto en toda España como hoy en Madrid: una ciudad que cuida y promueve su profunda vocación iberoamericana.
Este Encuentro enlazará, casi de manera natural, con la Cumbre Iberoamericana que acogeremos en tan solo unas semanas, y que hemos preparado con la máxima ilusión. Son sin duda dos grandes ocasiones para hablar de la relevancia presente y futura de Iberoamérica; para llevar nuestros valores comunes a la conciencia colectiva de nuestros ciudadanos, y expresar nuestro deseo de mayor cercanía; para compartir ideas y proyectos sobre cómo avanzar juntos y afrontar más alineados los grandes retos globales.
El último foro parlamentario iberoamericano que se celebró en España, hace ya 14 años, tuvo lugar en Cádiz, en conmemoración el Bicentenario de nuestra 1ª Constitución de 1812 —“la Pepa”, como fue bautizada popularmente, por haberse aprobado el día de San José. Fue aquel proceso constituyente una empresa política memorable. Ciudadanos procedentes de ambas orillas del Atlántico —más de sesenta vinieron de América — se reunieron para plasmar los grandes principios de la soberanía popular en aquella primera Constitución, de la que se nutrirían más tarde gran parte de los textos constitucionales europeos y americanos.
Entenderán por ello el orgullo con el que les recibimos en este Congreso, que simboliza la convivencia democrática fruto de nuestra larga historia constitucional. Entenderán también que este acto de apertura tenga, para nosotros, el valor de un reencuentro.
En el tiempo que vivimos, de geopolítica tan compleja y variable, no es posible llegar muy lejos si se avanza solo. Los iberoamericanos podemos avanzar juntos gracias a todo lo que tenemos en común. Solo así podremos afrontar los grandes desafíos globales con ideas propias, con valores propios, con nuestra iniciativa, uniendo fuerzas sin perder la autonomía e iniciativa de cada uno; siendo protagonistas y autores de nuestro futuro, no convidados o espectadores pasivos de iniciativas ajenas.
Compartimos, en primer lugar, ese espejo enterrado que, para Carlos Fuentes, es el imaginario colectivo donde nos reflejamos y nos reconocemos. Bien es cierto que, en ocasiones, ese espejo ha podido quedar oscurecido, por avatares históricos, bajo capas de desencuentro e incomprensión. Pero siempre ha estado ahí. Y su presencia se mide en nuestra capacidad de dialogar, de compartir perspectivas diversas —y a veces divergentes— anteponiendo siempre el mejor interés de nuestras ciudadanías. Radica ahí nuestra madurez como comunidad iberoamericana.
Compartimos, en segundo lugar, la palabra, que es la gran herramienta del parlamentarismo. Tenemos dos lenguas globales, el español y el portugués, que nos sitúan en el mundo; e infinidad de otras lenguas que nos permiten conocerlo —y conocernos— en toda su diversidad. Si cada lengua es un mecanismo distinto para aprehender el mundo, convendremos que el mundo iberoamericano es, desde ese punto de vista, prácticamente infinito.
En tercer lugar, tenemos el acervo de nuestra cooperación. Si somos naciones hermanas no es por retórica ni por voluntarismo, sino por convicción y por aspiración. Y estas más de tres décadas de construcción del espacio iberoamericano así lo refrendan. La comunidad internacional —que es interdependiente o no es— no avanza con la hostilidad, sino con los círculos virtuosos del diálogo y la cooperación. Y este diálogo que iniciamos en Guadalajara hace ya 35 años —sin saber muy bien hasta dónde habría de llevarnos— es nuestra gran aportación a la democracia y al estado de derecho; a un mundo mejor.
Tenemos ahora la enorme responsabilidad de seguir avanzando, de no detenernos, ni mucho menos retroceder. Se lo debemos a nuestros conciudadanos contemporáneos, también a los que nos legaron esta herencia compartida, y −diría que sobre todo− a nuestros hijos (y nietos…), a los iberoamericanos del futuro.
"...Si somos naciones hermanas no es por retórica ni por voluntarismo, sino por convicción y por aspiración. Y estas más de tres décadas de construcción del espacio iberoamericano así lo refrendan...."
El parlamentarismo iberoamericano tiene un papel fundamental a la hora de poner en valor esa base común a la que acabo de referirme: una historia, una cultura y un proyecto compartido. Y este Foro Parlamentario —este Encuentro—, hoy ya plenamente consolidado en su 12º edición, tiene un potencial extraordinario por descubrir y desarrollar.
Nuestros parlamentos deben guiar el debate público en muchos temas inaplazables de la agenda internacional. Varios de ellos figuran, me consta, en el título de las mesas de trabajo de este foro. Como la IA, donde necesitamos marcos normativos que permitan aprovechar sus enormes oportunidades sin caer en sus cada vez más evidentes riesgos.
O las amenazas a la democracia —como la desinformación y la polarización— que exigen una actitud vigilante y un refuerzo de las instituciones de intermediación, representación y elaboración de las políticas públicas.
O en la igualdad de género, la integración plena de la mujer en todos los ámbitos y su acceso creciente a los puestos de toma de decisiones; un objetivo siempre en movimiento sin el cual nuestras sociedades nunca estarán del todo completas.
Quiero que mis últimas palabras sean para abordar un tema que ocupa siempre nuestras Cumbres y permea cualquier otro ámbito de discusión. Me refiero a nuestro crecimiento y a nuestro progreso social.
Ahora que con tanta frecuencia se habla de reconfiguración de bloques y desconexión de las cadenas de suministro, o de ruptura del orden basado en reglas, debemos ser capaces de reforzar los intercambios comerciales, los flujos de inversión y el emprendimiento bajo marcos estables, previsibles, garantes contra los abusos; así como atentos a los desequilibrios y a los más vulnerables.
Debemos abordar las nuevas realidades de nuestro tiempo —la transición digital, la sostenibilidad, la innovación y la cohesión social— y acercar Iberoamérica a otras regiones del mundo, como Europa, Asia y África o la vecina región del Caribe, dialogando y cooperando sobre la base de nuestros valores e intereses compartidos.
Señores y Señoras
Termino donde empecé: en Cádiz. Decía el intelectual quiteño José Mejía Lequerica, diputado en aquellas Cortes constituyentes y excelente orador, que “cuanto más grande es una causa, más grandes son las ideas que inspira”. Hoy nuestra causa, la que nos reúne en Madrid se llama Iberoamérica.
Es la misma que me ha llevado a pasarme una parte no menor de mi vida cruzando el Atlántico, aprendiendo a conocer a mis interlocutores, tratando de abrazar y de entender esa realidad que nos hermana. Miro ese acervo con orgullo y desde esa experiencia les digo: Iberoamérica es una causa merecedora de las mejores ideas, de los mayores esfuerzos y, en las actuales circunstancias, más necesaria que nunca. Sigamos luchando por ella.
Muchas gracias.