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Palabras de Su Majestad el Rey en la cena de Gala en honor del Presidente de la República Francesa

Palacio Real de Madrid., 29.09.2026

La Reina y yo os damos, Presidente Macron, la bienvenida, más cordial a Madrid, a España, junto con vuestra esposa, en esta Visita de Estado que tantas ocasiones nos brinda para el encuentro y el refuerzo de nuestra relación bilateral.

¿Cómo y por dónde empezar a hablar de una relación tan rica e inabarcable? La tentación sería decir, como Montaigne, ¿“que sais je?”. La geografía y la historia han modelado dos naciones vecinas y amigas −con una historia común a veces convulsa− que hoy se conocen, se aprecian, se respetan y aprenden la una de la otra. Dos naciones profunda y orgullosamente europeas.

Si alguien encarnó a la perfección esa realidad bifronte, fortalecida en la idea de Europa, fue Jorge Semprún, Ministro español de Cultura entre 1988 y 1991. Nacido en Madrid, adoptó el francés como segunda lengua y a Francia como segunda patria. Descubrió la pintura universal en las salas del Museo del Prado y la gran literatura en los bouquinistes de la orilla del Sena. A lo largo de su vida recorrió algunos de los capítulos más brillantes y también los más oscuros de la historia de Europa, y en su autobiografía —La escritura o la vida, L’écriture ou la vie — describe, haciendo frente a sus propios fantasmas, algo hasta entonces impensable: la quiebra de la civilización en pleno siglo XX, el surgimiento de la barbarie muy cerca de donde habían nacido ejemplos de la mejor filosofía, la mejor música y la mejor ciencia europeas. 

Ese testimonio —esa alerta— nos interpela a encauzar las derivas de la historia sin perder nuestros principios y valores; aferrados siempre a esa baliza moral absoluta que es la dignidad del ser humano. 

Señor Presidente,

El próximo año culminaréis vuestro mandato como Presidente de la República, completando una década de servicio abnegado a vuestro país en unos tiempos nada fáciles. Creo hacerme eco de la voz de muchos españoles —y de muchos europeos— cuando os agradezco el firme compromiso que habéis mostrado con la construcción de Europa y con el derecho internacional, así como con el impulso de nuestras relaciones bilaterales.

Qué importante es ese compromiso para quienes componen el denso entramado de nuestra sociedad civil; en particular para los cerca de 330.000 españoles residentes en Francia; y los algo más de 125.000 franceses que lo hacen en España. El Convenio de doble nacionalidad que firmamos en Montauban en marzo de 2021 —el 1º que hemos firmado con un país no iberoamericano— es fruto y reconocimiento de esta realidad.

En el volumen de nuestros intercambios comerciales, que supera anualmente los 130.000 millones de euros, así como en el de nuestras inversiones cruzadas, que asciende a más de 100.000 millones, subyace la clave de la prosperidad compartida: nuestra interdependencia.

Esta realidad nos exige redoblar nuestras ambiciones: reforzar las interconexiones energéticas —un tema clave en nuestra agenda bilateral y en la agenda europea— así como las viarias y ferroviarias, igualmente estratégicas; y desarrollar nuestra industria con la mirada puesta en transición energética y en la competitividad.

"...la geografía y la historia han modelado dos naciones vecinas y amigas que hoy seconocen, se aprecian, se respetan y aprenden la una de la otra. Dos naciones profunda y orgullosamente europeas..."

Lo mismo puede decirse de la ciencia y de la cultura: el francés es la 2ª lengua extranjera más extendida en nuestra educación, al tiempo que cerca de tres millones de alumnos franceses estudian español. Y nuestros dos grandes centros públicos investigación, el CNRS y el CSIC, publican conjuntamente más de mil trescientos artículos científicos al año. Ese ha de ser, también, uno de los grandes caminos de refuerzo de nuestra relación bilateral.

Señor Presidente,

Con la adhesión de España a las Comunidades Europeas, de la que este año se han cumplido cuatro décadas, Europa pasó a ser nuestra casa común; una casa cuyos cimientos son la libertad, la democracia y el Estado de Derecho. Y es precisamente ahora, en este tiempo convulso en que tanto se habla de la quiebra del orden internacional, del realineamiento de las grandes potencias, del proteccionismo comercial y de la progresiva desconexión de las cadenas de valor, cuando más importancia cobra tener una casa de todos los europeos. Es ahora cuando necesitamos la mejor versión de Europa.

Los europeos debemos tener capacidad propia de actuar, producir, investigar, defender nuestras infraestructuras y cadenas de suministros; perfeccionar nuestro mercado interior; estar cada vez más presentes ante los desafíos regulatorios de la IA. Hay que seguir reforzando la autonomía en el ámbito de la defensa; en la conciencia, más allá de coyunturas políticas, de cuáles son nuestra posición y nuestras alianzas, enraizadas en unos valores compartidos. 

También en justicia e interior necesitamos estar cada vez más unidos, y aquí Francia y España podemos ofrecer un gran ejemplo con la extraordinaria cooperación que, desde hace décadas, mantienen nuestras fuerzas y cuerpos de seguridad en la lucha contra el terrorismo y contra el narcotráfico y el crimen organizado, entre otros asuntos.

Debemos también ser más eficaces y solidarios en la protección de la frontera exterior de la Unión. Lo acontecido en Ceuta este verano −la intrusión masiva de decenas de miles de personas violando una frontera española que es, también, una frontera europea− es inaceptable y plantea un desafío mayúsculo, desde el punto de vista de seguridad y orden público y humanitario. Es una situación que debe tener como consecuencia un refuerzo de la colaboración entre los estados miembros, en recursos y cooperación. Los países que soportamos una mayor presión por encontrarnos en la frontera exterior de la Unión Europea no podemos afrontar solos una responsabilidad que es de todos.

También en el mundo multilateral Europa tiene mucho que decir. Sigamos trabajando unidos para no perder ese gran acervo y reforzar al mismo tiempo nuestra capacidad de influencia. Para que los organismos internacionales —rehenes, con demasiada frecuencia, de la fractura y el disenso— sean más eficaces, más transparentes y más útiles ante los grandes retos globales y las necesidades de nuestras sociedades. 

Señor Presidente, 

El mundo que vivimos, en su incesante ambivalencia, nos da razones a favor y en contra de la esperanza:

Es el mundo de la multiplicación de los conflictos, de las guerras atroces en África, Europa y en Oriente Próximo, de las catástrofes climáticas, de las desigualdades, de la desinformación; pero también de los avances tecnológicos y médicos, de los progresos en igualdad de género, del respeto creciente a las minorías, del refuerzo de la sociedad civil; un mundo en que afortunadamente es cada vez más difícil acallar la voz de quienes claman ante la injusticia, la iniquidad, la sinrazón. 

España y Francia hemos recorrido un largo camino juntos y toda esa historia compartida nos faculta —nos obliga, incluso— a seguir luchando por que prevalezcan la paz, el derecho, la cooperación y la esperanza; aunque solo sea porque, como nos enseñó Víctor Hugo, “ceux qui vivent ce sont ceux qui luttent”. 

Así que Señor Presidente, Señora Macron, celebrando Vuestra visita y con nuestros mejores deseos para la culminación de vuestro mandato, levanto mi copa por lo mucho que nos une: Por Francia, por España, por Europa, por el futuro.

Itzuli hitzaldiak atalera
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Bideoak

Palabras de S.M. el Rey en la cena de gala ofrecida en honor del Presidente de la República Francesa, Emmanuel Macron y la Primera Dama, Brigitte Macron