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Palabras de S.M. el Rey en el almuerzo ofrecido a una representación del Mundo de las Letras, con ocasión de la entrega del Premio de Literatura en Lengua Castellana "Miguel de Cervantes" 2025

Palacio Real. Madrid, 22.04.2026

Sean todos bienvenidos al Palacio Real de Madrid. A la Reina y a mí nos alegra acogerles en esta celebración anual de nuestras letras, de nuestra lengua y cultura compartidas con ocasión de la entrega −mañana− del Premio Cervantes al mexicano Gonzalo Celorio.

"Somos nuestra memoria” –decía Jorge Luis Borges en su poema Cambridge– “somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”. Con el título de su libro de memorias, “Ese montón de espejos rotos”, Gonzalo Celorio rinde un homenaje al maestro Borges, de cuyo fallecimiento en Ginebra se cumplen 40 años, y que navegó con pericia inigualable en los meandros entre identidad y memoria.

Un buen libro de memorias es, a la vez, la narración de una vida y la de una época. En las suyas, nuestro premio Cervantes nos habla de algunos aspectos fundamentales de su vida; aspectos que explican el tiempo vital que compartimos, y que –por eso mismo– nos explican cierto modo a todos.

Gonzalo Celorio celebra la lengua española, a la que ha dedicado su vida en casi todas las facetas posibles: como narrador, como docente, como académico, como ensayista, como editor. Una lengua que fluye en un espacio inmenso, desde América del Norte a la Patagonia, desde el Mediterráneo al Pacífico, y que cuenta ya con 650 millones de hablantes. Ese gran espejo de nuestra lengua –un espejo con alma de caleidoscopio, como en los cuentos borgianos– nos abre a oportunidades infinitas, de conocimiento y de creación. Produce un imaginario que no excluye, que no separa, que no inhibe la diferencia, sino al revés: que nos incluye y nos engrandece a todos.

En él nos miramos y nos reconocemos, como hispanohablantes y como iberoamericanos. Lo digo hoy, en la víspera de entregarle mañana en Alcalá de Henares, el Premio más importante de nuestras letras, y a pocos meses de que Madrid acoja la XXXª Cumbre Iberoamericana, de la que el español es –junto con el portugués– la gran lengua común.

"...Gonzalo Celorio celebra la lengua española, a la que ha dedicado su vida en casi todas las facetas posibles: como narrador, como docente, como académico, como ensayista, como editor. (…) Ese gran espejo de nuestra lengua –un espejo con alma de caleidoscopio, como en los cuentos borgianos– nos abre a oportunidades infinitas, de conocimiento y de creación. Produce un imaginario que no excluye, que no separa, que no inhibe la diferencia, sino al revés: que nos incluye y nos engrandece a todos..."

Celorio reconoce y celebra, a la luz de su experiencia personal, la aportación a la cultura mexicana de los intelectuales españoles en el exilio. Con gratitud de discípulo nos habla de esos maestros que, pese a la distancia y el desarraigo, siguieron sintiendo España como propia.

Con más de medio siglo de docencia a sus espaldas, Celorio ha reflexionado mucho acerca del valor de la educación, su utilidad a la hora de formar espíritus críticos, desmantelar prejuicios y lugares comunes y avanzar hacia un conocimiento más riguroso, más matizado, de las cosas y de los hechos. Un conocimiento que –sin ser perfecto, pues nunca lo es– se acerque lo más posible a esa búsqueda compartida de la que hablaba Machado: “¿Tu verdad? No, la verdad. Y ven conmigo a buscarla”.

Con gran agilidad, Gonzalo Celorio transita entre sus recuerdos y los grandes hechos históricos de su tiempo. Es esa una constante afortunada de su obra: saber trazar un puente entre vivencia personal y memoria colectiva. Eso requiere no sólo leer lo que hay escrito; sino ser capaz también de leer entre líneas.

Ese es el cometido de la novela: el poderoso artefacto narrativo cuya cima es el Quijote y del que Celorio nos ha regalado algunos ejemplos sobresalientes. Permitidme que lo explique citando palabras de nuestro premiado: “La novela no se limita a decir lo que los hombres hacen, dicen y piensan, sino da cuenta también de lo que esperan, lo que sueñan, lo que inventan; de todo aquello que también forma parte de la realidad (…) aunque no sea medible ni verificable (…): las creencias, los mitos, los recuerdos”.

Los escritores congregados en tono a esta mesa sabéis bien a qué me refiero. Porque, con vuestra creación, nos ayudáis a leer bien la realidad. Y esa facultad –la de leer, la de leernos– nos es imprescindible desde el punto de vista colectivo –como sociedad democrática– y desde el punto de vista individual: para la realización ética y moral de la persona, para el ejercicio pleno de los derechos y libertades inherentes a la ciudadanía.

La literatura es, en definitiva, una gran escuela de libertad; y “la libertad” –ya lo decía don Quijote– “es uno de los dones más preciosos que a los hombres dieron los cielos”.

Así que levanto mi copa por nuestro premio Cervantes, Gonzalo Celorio. Y por esa libertad que se nos ofrece, inagotable, a través de la palabra.

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