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Palabras de S.M. el Rey en la recepción al Cuerpo Diplomático acreditado en España

Palacio Real de Madrid, 23.01.2026

Todavía sobrecogidos por un dolor que apenas se puede expresar con palabras, la Reina y yo agradecemos, de corazón, los mensajes e innumerables muestras de cariño y solidaridad recibidos desde todas las partes del mundo en estos momentos que resultan tan difíciles de asimilar para un país que sufre por las víctimas del accidente de Adamuz y también del de Gelida. Con ese mismo espíritu solidario, expresamos nuestra cercanía y trasladamos nuestro apoyo a países amigos como Chile, Mozambique y Suiza, por las víctimas de los trágicos acontecimientos que también han sufrido muy recientemente.

Y agradezco al Nuncio Apostólico, Monseñor Piero Pioppo, sus sentidas condolencias y sus palabras que, como Decano del Cuerpo Diplomático, nos ha dirigido por 1ª vez en esta ceremonia y en las que apela a la colaboración entre las Misiones Diplomáticas. Le pedimos que haga llegar al Santo Padre el afecto con el que nuestro país espera su histórica visita.

Señoras y señores embajadores,

La Reina y yo les damos la bienvenida a este tradicional encuentro anual que este año se celebra en un contexto, no ya de transformación, sino de verdadera mutación, del orden internacional. Porque no podemos seguir hablando de escenarios posibles o futuribles, sino de una realidad que ya condiciona nuestro presente y en la que los marcos de referencia de la comunidad internacional son continuamente cuestionados.

Hoy nos encontramos con una inquietante expansión de la confrontación, que es perfectamente visible tanto en conflictos prolongados que siguen erosionando la estabilidad de las regiones afectadas, como en otros focos de tensión cuya evolución nos preocupa y que seguimos con particular atención en la actual coyuntura internacional. Pienso en Ucrania, en Oriente Próximo, en la región del Sahel, o en Groenlandia y en la región ártica, que tanto nos afecta a todos. Pero pienso también en el pueblo iraní, o en el pueblo venezolano y en todos los presos políticos que todavía deben ser liberados.

¿Vamos a permitir que el mundo normalice el conflicto y pierda ante él su capacidad de reacción?

¿Vamos a permitir que las normas se ignoren hasta volverse irrelevantes?

La respuesta no puede ser otra que reforzar las alianzas, la unión y la cooperación entre quienes compartimos valores y principios; entre quienes defendemos un andamiaje internacional de normas, instituciones y derechos, fruto del esfuerzo colectivo y continuo de una comunidad internacional que debe seguir adaptándolo para preservarlo y mejorarlo.

En circunstancias como estas, la defensa de un sistema basado en el derecho internacional y en los principios de la Carta de las NNUU es un imperativo moral y político. Y lo es aún más cuando acabamos de conmemorar el 80º aniversario de la Carta, un claro recordatorio de las duras lecciones aprendidas tras los horrores del siglo XX.

La Carta no es una opción entre otras: sigue siendo la mejor respuesta colectiva a los desafíos globales, conscientes de que su eficacia depende de nuestra capacidad, no ya de defenderla, sino de hacerla evolucionar. Es nuestra base más sólida para avanzar hacia la paz, la justicia, el desarrollo sostenible, la prosperidad compartida y el respeto de los derechos humanos en todo el mundo. Desde esta convicción y, en el 60 aniversario de los Pactos de 1966, España reafirma su adhesión a los derechos, principios y mecanismos de protección que de ellos se derivan, y como miembro del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas asume un papel activo en su defensa.

Esta concepción de la responsabilidad global es inseparable de nuestra vocación europea y de nuestro compromiso con el proyecto común europeo. 40 años después de nuestra adhesión, este vínculo sigue siendo un eje central de nuestra acción exterior.

Como dije hace dos días en el Parlamento Europeo, en la conmemoración de este aniversario −que felizmente compartimos con Portugal−, lo que vemos en el balance de estas cuatro décadas no es solo una profunda transformación de España, sino una contribución constante y constructiva de nuestro país al proyecto europeo. Un proceso recíproco que explica la naturaleza y la solidez de la relación entre la UE y España como Estado miembro.

Pero lo conseguido hasta ahora no puede ser, ni mucho menos, un punto final, sino el punto de partida para mirar hacia adelante con determinación y ambición. Porque en esta relación España quiere seguir contribuyendo activamente a una Europa más fuerte y más unida: capaz de avanzar en su autonomía estratégica abierta, de reforzar su mercado interior, de atraer inversión y talento, de incrementar su competitividad, y de proyectarse al mundo a través de alianzas que aporten estabilidad y prosperidad compartida. Por eso, en ese empeño también continuaremos reforzando nuestras relaciones bilaterales con nuestros socios europeos como base de nuestra política exterior e instrumento directo de estabilidad y progreso.

Como país europeo, iberoamericano y atlántico, el vínculo de España con América del Norte es natural y estratégico y se articula de manera estable en nuestra política exterior. La relación con Estados Unidos se ha construido históricamente sobre la base de la confianza y del diálogo. Las conmemoraciones del 250 aniversario de su independencia, en este 2026, son una ocasión especialmente relevante para poner en valor la decisiva contribución española al nacimiento de la nación americana y reafirmar la voluntad de mantener, desde el respeto mutuo, una relación constructiva y orientada al futuro.

"...España entiende su política exterior como una participación activa y constructiva en los principales debates internacionales, orientada a la promoción de los Derechos Humanos y la dignidad de las personas. Una participación que se plantea a partir del respeto a las normas e instituciones internacionales y de la cooperación leal con socios y aliados..."

España también defiende la importancia de preservar el vínculo transatlántico, que continúa siendo imprescindible para la seguridad y la estabilidad globales y que exige, más que en ningún otro momento, una mayor capacidad de adaptación y un ejercicio responsable de los objetivos compartidos. España mantiene su compromiso firme con esta alianza estratégica, siendo muy consciente de que su debilitamiento tendría consecuencias directas para la seguridad de todos —la nuestra—, y la de todos nuestros socios y aliados.

Señoras y señores embajadores,

Este año que comenzamos es clave para nuestras relaciones con Iberoamérica −espacio de hermandad y cooperación que sentimos como casa común−, que atraviesa un contexto de fragmentación política y debilitamiento de la concertación regional. Por ello, la XXXª Cumbre Iberoamericana, que España acogerá en noviembre, aquí en Madrid, no se debería entender como un ejercicio rutinario, sino como una oportunidad para revitalizar un espacio muy valioso de diálogo y encuentro y de logros que no puede darse por hecho.

La Cumbre debe servir para adaptar el sistema iberoamericano al nuevo escenario internacional y dotarlo de instrumentos que refuercen su capacidad de interlocución y relevancia global frente a enfoques unilaterales y dinámicas de confrontación.

Son muchos, señoras y señores embajadores, los ámbitos sobre los que reflexionar en este comienzo de año. Pero me quiero referir ahora a uno especialmente relevante: el papel de una España que entiende su proyección internacional como el resultado de alianzas sólidas, coherentes y recíprocamente constructivas.

Esta visión comienza por nuestra vecindad más inmediata. El 30 aniversario del Proceso de Barcelona, en 2025, ofreció el marco para renovar el compromiso de nuestro país y de la UE con el Mediterráneo; un nuevo pacto que ha actualizado la cooperación en ámbitos como el energético, el migratorio, el climático y el de la seguridad. Dentro de este mismo espacio quiero destacar también los avances alcanzados con Egipto, con el que firmamos un acuerdo de asociación estratégica y que tuve el placer de visitar en dos ocasiones el año pasado, una con la Reina en visita de Estado.

Nuestra relación con el continente africano se articula mediante la Estrategia España-África 2025-2028 y parte de una visión de oportunidad compartida: la de un continente con una cada vez mayor proyección global, con los jóvenes y las mujeres en el centro de sus transformaciones, y con importantes cambios económicos en marcha.

A finales del año pasado se aprobó la Estrategia para Asia-Pacífico 2026–2029, que orientará la acción de España en una región que es central para el equilibrio geopolítico internacional; un planteamiento que apuesta por el refuerzo de nuestra presencia diplomática y una cooperación que se extiende más allá de los ámbitos político y económico.

El Viaje de Estado que la Reina y yo hicimos a China con motivo del 20º aniversario de nuestra asociación estratégica integral es coherente con este planteamiento y ha permitido avanzar en ámbitos como el científico y el universitario, además del económico y el agrícola.

El Año Dual España–India, contemplado en la Estrategia, y que celebramos en este 2026 servirá para profundizar una relación bilateral con enorme potencial, a través de un programa coordinado de iniciativas culturales, educativas, institucionales y económicas.

Señoras y señores embajadores,

En línea con nuestra visión global, España entiende su política exterior como una participación activa y constructiva en los principales debates internacionales, orientada a la promoción de los DDHH y la dignidad de las personas. Una participación que se plantea a partir del respeto a las normas e instituciones internacionales y de la cooperación leal con socios y aliados.

Desde esta convicción, permítanme que termine estas palabras con mi saludo más cordial y afectuoso, también de parte de la Reina, a sus respectivos Jefes de Estado y de Gobierno.

Les trasladamos, a ustedes y a sus familias, nuestros mejores deseos para este año, con la esperanza de seguir impulsando nuestras agendas bilaterales y contribuir a un entorno internacional más favorable para la paz y el bienestar compartido; el objetivo que nos debe guiar y la responsabilidad que debemos compartir. Porque la alternativa no puede ser un mundo en el que el conflicto deje de alarmarnos y las normas dejen de protegernos.

Estoy convencido de que los ciudadanos de todos nuestros países tienen mucho más que ganar cuando reforzamos nuestros mecanismos de diálogo y cooperación, en busca de un mundo más seguro y más próspero, sin estrategias de suma cero y con la visión de formar parte de una única humanidad, independientemente de nuestro color, fe y origen. Para ello, no debemos caer en un idealismo utópico irrealizable, sino avanzar hacia ese ideal con realismo y sabiduría, guiados por la ética de la responsabilidad.

Muchas gracias.

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