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Palabras de Su Majestad el Rey en la inauguración de la XXX Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno

Teatro Real. Madrid, 04.11.2026

​Mis primeras palabras son para recordar a las víctimas mortales del terrible accidente ferroviario de Urda, en Toledo, hace apenas una semana, y que tiene aún hoy a todo el país sumido en el dolor y la consternación. La Reina y yo enviamos un abrazo enorme —deseando que su recuperación sea rápida— a los heridos y a todos los que vivieron esa traumática experiencia; y, especialmente, a las familias, los amigos y las comunidades que han perdido a sus seres queridos.

Y queremos reconocer y agradecer la labor profesional y sensible de los miembros de los cuerpos y servicios de emergencia y asistencia, también la de los voluntarios y de los vecinos de Urda y otros pueblos próximos al lugar de la tragedia, que, dando un ejemplo de ciudadanía, pusieron todo de su parte por ayudar. Y en nombre de todos los españoles, agradezco las innumerables muestras de afecto y condolencia recibidas de todos los rincones del mundo y, de manera especial, las de los pueblos y las instituciones de esta querida Comunidad Iberoamericana.

Recibimos hoy en este Teatro Real a los Jefes de Estado y de Gobierno, y a las delegaciones de nuestras naciones hermanas, en la solemne inauguración de la XXX Cumbre Iberoamericana.

É com enorme satisfação que vos recebemos hoje em Madrid. É uma tarefa especialmente grata para mim, pois a minha vida tem sido também uma longa viagem pelo espaço ibero-americano. Uma viagem pela qual hoje só me posso sentir profundamente agradecido.

Como tantos españoles —cada día más—, yo me reconozco, orgullosamente, en el espejo de Iberoamérica. Creo que nuestra identidad compartida — entre el pasado y el futuro, entre la memoria y la aspiración— es una brújula indispensable para navegar este convulso el siglo XXI. Y emplearla —emplearla adecuadamente— nos obliga a mirar al presente y al futuro sin olvidar nuestro origen, porque como dice el gran escritor mexicano Gonzalo Celorio, nuestro más reciente premio Cervantes: “nadie sabe bien quién es si no sabe de dónde viene”.

Así que quiero ofrecer, con estas palabras, una breve visión de estos 35 años de cumbres iberoamericanas. Como saben, nuestra empresa empezó en 1991, en la cumbre de Guadalajara, como un proceso de concertación política y de cooperación inédito en nuestra historia y que debe mucho, a partes iguales, a una realidad y una intuición.

La realidad es todo lo que compartimos, y no me detendré en ello pues lo conocen bien: dos potentes lenguas comunes, una cultura de riqueza inagotable, nuestras tradiciones, nuestros modos de vida y organización social, nuestro espíritu hospitalario, asociativo y emprendedor…, y también una ética compartida, un conjunto de principios y valores, cuyo trasfondo último era —y sigue siendo— el respeto a la dignidad de la persona.

La intuición, que cabe agradecer a los líderes de la época, fue la de convertir todo ese acervo en —lo diré en los mismos términos de la declaración de Guadalajara— “un instrumento de unidad y desarrollo basado en el diálogo, la cooperación y la solidaridad”. Eso es la Comunidad Iberoamericana de Naciones: un instrumento que, bien empleado, nos franquea el acceso a un espacio de mayor libertad y prosperidad para unos setecientos millones de personas.

"...hago un llamamiento a seguir apoyando —con fuerzas renovadas— a la Comunidad Iberoamericana de Naciones y a su sistema de Cumbres; no solo por su impacto positivo en tantos ámbitos, sino también como ejemplo de entendimiento y de cooperación, como contrapunto a las tensiones y rivalidades, como prueba viva de que los procesos de concertación política no son retórica hueca, sino que redundan en beneficio del día a día de nuestros ciudadanos..."

Gracias a esa a esa poderosa intuición —y guiado por ella— el sistema de Cumbres se ha ido afianzando y desarrollando en esquemas de cooperación en salud, en educación, en servicios públicos, en justicia, en cultura…; y más recientemente en innovación, en igualdad, en movilidad o en medioambiente.

De todos esos frutos destacaré la creación de la Secretaría General Iberoamericana, auténtica médula espinal del sistema de Cumbres. Gracias a ese equipo de hombres y mujeres, y al liderazgo de los sucesivos secretarios generales —algunos de ellos hoy aquí presentes—, contamos con una estructura que da continuidad a nuestros esfuerzos e impulsa iniciativas en beneficio de todos nuestros ciudadanos.

Señores, señoras:
Entre aquella cumbre de Guadalajara y esta de Madrid —es decir, en los últimos 35 años— todo o casi todo ha cambiado. Poco o nada sabíamos entonces, de internet. La IA era ciencia ficción. No había redes sociales. La información era patrimonio exclusivo de los medios. La globalización era un fenómeno incipiente y no una fase histórica que algunos dan por ya superada. No éramos tan conscientes de la urgencia de actuar ante el cambio climático, ni de la necesidad de abordar la triple transición: digital, ecológica y social.

Y, aun siendo radicalmente distintos, ambos tiempos —aquel y este— eran ya tiempos de cambio acelerado. A comienzos de los 90 despertábamos de un marco bipolar y caminábamos, no sin incertidumbre, hacia lo que parecía ser un nuevo orden mundial. Hoy advertimos, también, la inminencia de un parteaguas histórico, un cambio de paradigma, la progresiva configuración de un orden multipolar de contornos aún imprecisos pero distintos —en cualquier caso— a los que el mundo conoció a partir del año 45.

Nadie sabe con precisión cómo será el mundo de aquí a unos años. Pero sí sabemos que seguirá exigiendo respuestas y soluciones a desafíos más grandes que cualquiera de nuestros países, considerados de manera individual. Y estará en nuestra mano responder con una voz armónica o 22 voces disonantes; con una esperanza compartida o con 22 fórmulas para reflejar la incertidumbre. Elegir el camino adecuado será —como lo fue ayer, como lo es hoy— la responsabilidad histórica de las 22 naciones iberoamericanas.
 
Por eso hago, señores Jefes de Estado y de Gobierno, y amigos, un llamamiento a seguir apoyando —con fuerzas renovadas— a la Comunidad Iberoamericana de Naciones y a su sistema de Cumbres; no solo por su impacto positivo en tantos ámbitos, sino también como ejemplo de entendimiento y de cooperación, como contrapunto a las tensiones y rivalidades, como prueba viva de que los procesos de concertación política no son retórica hueca, sino que redundan en beneficio del día a día de nuestros ciudadanos.

En la cumbre que hoy comienza hablaremos —entre muchos otros temas— de impulsar la transformación digital, de cooperación reforzada frente a desastres naturales, del reconocimiento del cuidado como un derecho y un bien público esencial, de facilitar la movilidad a través del reconocimiento de títulos, así como de planificar la cooperación iberoamericana de manera cada vez más eficaz, más ágil y más estratégica.

Qué gran ocasión —esta de Madrid— para reivindicar nuestra comunidad con hechos, con logros tangibles. Para seguir proclamando al mundo nuestro compromiso claro y sostenido —como iberoamericanos— con la palabra, el diálogo, la igualdad, el respeto a las normas, la escucha a las minorías, la ciencia, el emprendimiento y la innovación; nuestro compromiso con los avances sociales que lleguen a todos y sean para todos.

Así que aprovechémosla. Seamos protagonistas de nuestro futuro. Sigamos trazando el camino que nos llevó de Guadalajara a Madrid y, que, dentro de dos años, nos llevará — “por mares nunca de antes navegados”, como decía Camões — hasta un país que mañana asume, con ilusión, su 1ª Secretaría” pro tempore”: Honduras. Un camino que nos obliga a seguir trabajando en una sociedad más justa, más próspera y más inclusiva. Sigamos, juntos, haciendo Iberoamérica.

Con ese deseo tengo el honor de declarar inaugurada la XXXª Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno.

Muchas gracias. Muito obrigado.

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