Permitidme que os dé las gracias ─a la universidad, a los participantes y a los asistentes─ por esta jornada de estudio. Mi agradecimiento se debe a dos razones que tienen que ver entre sí: la 1ª es que, con este acto, habéis sabido trasladar a las aulas la reflexión sobre el papel de la Corona en el proceso democratizador; y la 2ª, más general, es que este tipo de iniciativas académicas presta un enorme servicio al país, porque con el diálogo, con la reflexión, contribuye a desvelar el espíritu mismo de las instituciones.
El consenso, la convivencia, la armonía, el equilibrio… son ideas; y como tales ideas, trascienden el entramado normativo en que se apoyan. A menudo no podemos captarlas porque los árboles nos impiden ver el bosque: la actualidad va demasiado deprisa, el flujo informativo es incesante.
Pero vosotros, los académicos, los investigadores, los estudiantes, sí que podéis; ese es vuestro privilegio, ese es vuestro cometido e incluso diría más, es vuestra responsabilidad: recordar ─y hacerlo con serenidad, con sosiego, con equilibrio− el elemento esencial de nuestro marco de convivencia. Su espíritu.
Y de eso quería hablaros, con toda brevedad: del papel de las universidades en la reflexión sobre nuestro marco institucional.
La palabra “espíritu”, del latín “spiritus”, está conectada, etimológicamente, con “soplo”, con “aliento vital” y, llevada a algo tan aparentemente árido como las normas y las instituciones, nos habla de una realidad esencialmente dinámica.
"...para seguir creciendo, para seguir renovándose, las instituciones necesitan partir de una reflexión serena y sosegada; y por eso es tan necesario que en la universidad se hable de ellas..."
Nuestro sistema democrático es una realidad dinámica. Ha demostrado, a lo largo de estos casi cincuenta años, ser capaz de adaptarse a los cambios para mantener su esencia. No los rehúye, no escapa de ellos: ofrece soluciones concretas para el tiempo que nos toca vivir. Y en esas soluciones encuentra, día a día, una fuente renovada de legitimidad.
La monarquía parlamentaria como forma de gobierno, ha crecido con la experiencia democrática. Y la Corona, como parte consustancial a esa forma de gobierno, también ha evolucionado y está siempre dispuesta a seguir haciéndolo, en el empeño −y esa sí que es una constante− de servir: de ser útil al país y a la sociedad. Lo dije el día de mi proclamación ante las Cortes Generales, hace ya once años, cuando hablé de “una monarquía renovada para un tiempo nuevo”.
Para seguir creciendo, para seguir renovándose, las instituciones necesitan –insisto- partir de una reflexión serena y sosegada; y por eso es tan necesario que en la universidad se hable de ellas, de nuestras instituciones democráticas, precisamente en el año en que se cumplen 50 de lo que podemos considerar el inicio −o los primeros y necesarios pasos− de un proceso de transición hacia nuestro régimen de libertades.
Nuestra democracia debe mucho a las universidades, a ese gran repositorio de ciencia y de futuro que alimenta nuestro ser y estar en el mundo. Y las universidades, a su vez, deben mucho a nuestro marco de libertades, en cuyo seno la docencia y la investigación pueden ejercerse con plenitud.
Veo en el aula a personas de muy distintas edades: algunos –como el moderador y los participantes en esta mesa redonda: Javier, Yolanda, Soledad, Juan Francisco− vivisteis la transición en 1ª persona; otros habéis dedicado años a analizarla; Y también estáis entre el público, algunos que −sospecho− no habíais ni nacido. Pero todos vemos con admiración un momento en que “la concordia fue posible”, frase que alumbra la lápida de Adolfo Suárez en la catedral de Ávila.
Mal haríamos si entendiéramos el consenso de la Transición como el fruto de una irrepetible excepción histórica. No es así: quiero pensar que ese momento, la energía de ese momento, permanece en todos nosotros, en el conjunto de la sociedad española. Conocerla, tenerla siempre presente y aplicarla a nuestro día a día, puede servirnos para atender la sabia advertencia de Tocqueville: “Cuando el pasado ya no ilumina el futuro, el espíritu camina en la oscuridad”.
Así que, cuando estudiemos el tiempo de la Transición, no lo hagamos llevados por la nostalgia, ni por el afán de idealizarlo, ni por un academicismo estéril que se agota en sí mismo. Estudiémoslo porque nos es útil, aquí y ahora: porque contiene algunas claves importantes de lo que somos y podemos hacer como país.
Y porque, por encima de las consideraciones históricas, ese tiempo comparte una valiosa cualidad con nuestro presente y nuestro futuro: nos invita, 50 años después, a seguir caminando unidos.
Muchas gracias.