És un honor presidir ─amb un poc de retard─ l’obertura oficial d’un nou curs acadèmic a les universitats d’Espanya; i fer-ho ací, a la Universitat de València, que ha estat un far de coneixement i progrés des de fa més de cinc-cents anís.
De pocas universidades puede decirse con más justicia que son un puente entre el pasado y el futuro: el pasado son aquellos estudios generales de los que nos ha hablado la profesora Olmos en su magnífica lección inaugural. El presente y el futuro son la implantación de las nuevas tecnologías y el liderazgo en I+D+i, el parque científico donde conviven empresas y centros de investigación, los caminos abiertos en materia de en inserción laboral, en el tratamiento inclusivo de la discapacidad, las investigaciones en ciencia y tecnología de los alimentos, en turismo, en salud pública y en tantas otras materias.
Y entre aquel pasado y este futuro está el claustro de profesores, el personal administrativo, los estudiantes. Una comunidad vibrante y comprometida que es espejo del conjunto de las universidades públicas españolas y nos da, si me permitís, un ejemplo de grandeza de espíritu.
La grandeza a menudo se mide en los pequeños detalles. Por eso conmueve conocer una de las muchas iniciativas que las universidades públicas de la Comunidad Valenciana lanzaron a finales del año pasado: el proyecto “Salvem les fotos”, para ayudar a recuperar ─junto con otras instituciones culturales─ el patrimonio emocional de miles de valencianos, las fotografías deterioradas por el agua de la DANA que, de no mediar una rápida restauración, se perderían irremisiblemente.
Tomando el popular aforismo de que “una imagen vale más que mil palabras”, fácilmente podemos ponernos en el lugar de tantas familias y pensar que no hay palabras para describir lo que esas imágenes suponen para ellas.
Queridos miembros de la comunidad universitaria,
Uno de los rasgos de esta universidad es su inserción en el entramado urbano de Valencia; ambas ─ciudad y universidad─ han crecido juntas en una simbiosis casi perfecta. Este edificio, la Nau, donde nos encontramos, está en plena Ciutat Vella, no lejos de alguno de sus puntos neurálgicos como la Catedral, la Lonja de la Seda o el Mercado Central.
Que en el centro justo de muchas ciudades europeas se encuentre la universidad dice mucho del espíritu de nuestro continente, que es un espíritu urbano, de confluencia y de encuentro. No en vano, el gran semiólogo y escritor Umberto Eco, premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en el año 2000, situaba el nacimiento de la identidad europea en el 1088, la fecha de la fundación de la Universidad de Bolonia, donde él mismo ejerció, tantos años, su magisterio. Es la universidad como crisol de ciudadanía y la ciudadanía como savia de la universidad.
"...la universidad es el contrapunto de la resignación y la parálisis. No dejáis que la sociedad se acomode en el dogma, imprimís un dinamismo hecho de preguntas, alertáis contra cualquier amago de radicalidad, de fanatismo, de intolerancia. Una universidad activa es sinónimo de una sociedad saludable..."
Pocas iniciativas han hecho tanto por construir la identidad de Europa —y bien lo sabéis— como un programa íntimamente ligado a la movilidad universitaria: el programa Erasmus. Digo que bien lo sabéis porque España ─y dentro de España, Valencia─ es, año tras año, uno de los destinos preferidos de los estudiantes de toda Europa.
“Erasmus” ha trascendido las fronteras nacionales y nos ha hecho a los europeos vivir, sentir e integrarnos en la vida en otros países. Participamos de una realidad, la de Europa, que es más grande que cualquiera de nosotros, y que ─a la vez─ somos todos nosotros. Y eso es una gran ventaja en este mundo de bloques, en el que los países se alían para ser competitivos y proyectar su voz en el mundo. Por eso ─conviene recordarlo ahora, cuando estamos cumpliendo 40 años del Tratado de adhesión de España a la Comunidad Económica Europea (hoy Unión Europea)─, Erasmus es más que un programa académico: es una escuela de ciudadanía europea... de ‘europeidad’.
Y de eso, también quería hablaros en este comienzo de curso universitario: de universidad, de conocimiento y de ciudadanía. Porque la universidad es el espacio donde se amplían las fronteras del saber, y como decía Joaquín Xirau en su libro sobre el humanista valenciano Juan Luis Vives, que estudió también en estas aulas: “nada es la ciencia si no influye en la vida”. Me gustaría citar tres ámbitos en los que se hace evidente esta relación.
El 1º, las TIC y las redes sociales, que pueden convertirse en enemigos de la realidad si no pasan por el tamiz del pensamiento crítico. La universidad tiene un papel clave a la hora de cultivar esa capacidad de discernimiento. Porque aquí se asienta la conversación pública razonable y razonada, que es la base de la democracia y del progreso.
El 2º ámbito es la coyuntura global: la compleja situación que atraviesa el orden mundial basado en normas que nos hemos dado a partir de 1945; una crisis coincidente con signos de desafección, en muchos regímenes democráticos, hacia valores fundamentales de la convivencia. Es esta una deriva peligrosa: tenemos, en la historia del siglo XX, algunos ejemplos imborrables de adónde puede llevarnos.
Vuestro papel es, también aquí, importantísimo, porque la universidad es el contrapunto de la resignación y la parálisis. No dejáis que la sociedad se acomode en el dogma, imprimís un dinamismo hecho de preguntas, alertáis contra cualquier amago de radicalidad, de fanatismo, de intolerancia. Una universidad activa es sinónimo de una sociedad saludable.
El 3er ámbito es la economía y la sociedad. De la universidad parten soluciones que impulsan el crecimiento y los avances sociales; que mejoran la calidad de vida de las personas. Buscáis y ofrecéis respuestas a retos como la transición digital, la emergencia climática o la provisión futura de los servicios públicos de calidad. Cuestiones complejas que exigen un enfoque poliédrico, y donde hay que ser capaces de trabajar todos a una: la academia, las administraciones, las empresas y los actores sociales.
En definitiva, tenemos muchas razones para estar orgullosos de nuestras universidades; tantas, como razones para cuidarlas. Por eso, sigamos adelante: que este curso sea una nueva ocasión para ensanchar las fronteras del conocimiento y para construir un mundo más justo, abierto, libre y cohesionado. Un mundo, ni más ni menos, a la altura de nuestros jóvenes.
Con ese deseo, declaro formalmente inaugurado el curso académico 2025-2026 de las universidades españolas.
Muchas gracias.