Muchas gracias por la oportunidad de participar en esta importante conmemoración del 60.º aniversario de los Pactos Internacionales de Derechos Humanos de 1966: el Pacto de Derechos Civiles y Políticos y el Pacto de Derechos Económicos, Sociales y Culturales.
Son dos instrumentos fundamentales que, al dar forma y fuerza jurídica a la Declaración Universal de Derechos Humanos, han contribuido a consolidar un patrimonio común de valores y principios que reconocemos como universales y que constituyen el núcleo del sistema de protección y promoción de los Derechos Humanos en todo el mundo.
Rendimos este homenaje en la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid, cuyos estudiantes y profesores participan de una herencia intelectual decisiva para la conformación del pensamiento jurídico en España.
Recordaba José Ortega y Gasset que la Universidad aspira a preparar personas capaces de comprender su tiempo. Esa capacidad de comprender –de leer bien- el tiempo en que se vive, de profundizar en el conocimiento del ser humano y sus circunstancias, tiene mucho que ver con la auténtica libertad. Y no hay libertad sin conciencia de los derechos y deberes que la sustentan, de los recursos e instrumentos para su protección y de la vigencia de los mismos en cada tiempo y en cada lugar.
Señoras y señores, queridos profesores, queridos alumnos,
Celebrar este aniversario es, ante todo, reafirmar la vigencia de los derechos que estos Pactos consagran: las libertades civiles y políticas, que garantizan la autonomía y la libertad individual, y los derechos económicos, sociales y culturales, que hacen posible su ejercicio efectivo en condiciones de igualdad. En su garantía concurren tanto los poderes públicos como una sociedad civil activa y comprometida.
Los Pactos de 1966 supusieron un avance decisivo al transformar en obligaciones jurídicas lo que hasta entonces eran, en gran medida, aspiraciones éticas, dotándolas de mecanismos de garantía y supervisión que las hacen efectivas. Nacidos en un siglo XX herido por la devastación de dos guerras mundiales, encarnan la convicción de que solo sobre el Derecho puede sostenerse una paz duradera.
La Declaración, así como los Pactos, han sido fuente de inspiración de numerosas Normas fundamentales, entre ellas nuestra Constitución de 1978, que le otorga valor de obligado referente interpretativo y que con su título I “De los Derechos y Deberes Fundamentales” da forma y sentido a nuestra convivencia democrática, definiendo a un tiempo un marco de libertades y un programa de trabajo para hacerlas realidad.
Hay un claro hilo conductor entre el derecho natural, el derecho de gentes y la Declaración Universal de los Derechos Humanos y conviene recordarlo en el año en que se celebra, también, el V centenario de la Escuela de Salamanca. Me refiero a la dignidad de la persona, fundamento primero de nuestra condición humana y origen de toda aspiración a la justicia.
Ya decía María Zambrano, alumna, en la Universidad Central de Madrid, de Ortega y de Zubiri, que la persona es algo más que el individuo, es una realidad moral superior: es dignidad. La misma dignidad que afirman, en sus párrafos preambulares, los dos pactos que hoy conmemoramos y el rotundo inicio del ya citado Título I de nuestra Constitución.
En la afirmación y protección efectiva de esa dignidad se mide, en última instancia, la salud cívica y democrática de nuestro tiempo.
En pleno siglo XXI esta cuestión vuelve a interpelarnos. Nos enfrentamos a un mundo atravesado por conflictos –en Oriente Próximo, en distintas regiones de África y Asia y en la propia Europa. Un mundo marcado también por el terrorismo, las crisis humanitarias, los desafíos medioambientales y nuevos retos éticos y tecnológicos como los que plantea la IA, que invitan a reflexionar, con la contribución imprescindible de la comunidad académica, sobre la aplicación de los Pactos en nuevas circunstancias.
A la luz de estos desafíos, reafirmar el Derecho –y desde luego, la Carta Internacional de los Derechos Humanos - como piedra angular de la convivencia resulta más necesario que nunca.
La UE y sus estados miembros deben seguir siendo vanguardia en la defensa de los Derechos Humanos, de su vigencia y de su universalidad. No se trata de una opción, sino de una exigencia ligada a nuestra identidad y derivada de los claroscuros de nuestra historia. España contribuye activamente a este empeño, también desde su responsabilidad como miembro, por 3ª vez, del Consejo de Derechos Humanos para el periodo 2025-2027, con una atención creciente a ámbitos como la discapacidad, la igualdad entre mujeres y hombres y los derechos digitales.
Queridos profesores, estudiantes y participantes en este acto,
Francisco Tomás y Valiente, a quien tengo por uno de mis maestros desde los años (lejanos ya) en que tuve la suerte de asistir a sus clases, y en cuyo emotivo homenaje −a él, y a todas las víctimas del terrorismo− participé hace apenas unas semanas, tiene una frase hermosa acerca de los Derechos Humanos. Es la siguiente: “El respeto de los derechos humanos es el mínimo ético que, asumido democráticamente, permite la construcción de fórmulas de convivencia pacífica”.
Es una frase breve que propone un recorrido amplio entre las siguientes palabras: respeto, derechos, ética, democracia, convivencia, paz. Les une, a todas ellas, un vínculo frágil y sutil, pero importantísimo: la dignidad del ser humano. Con este acto, y en esta Universidad Complutense, contribuís −una vez más− a celebrarla y hacerla visible.
Muchas gracias.