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Palabras de Su Majestad el Rey en la Clausura de la X conferencia de embajadores y embajadoras de España

Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación. Madrid, 09.01.2026

Buenos días. Me alegra mucho veros y poder trasladaros nuestros mejores deseos -de la Reina y míos- por el Año que comienza. Esta conferencia anual es una valiosa ocasión para el encuentro entre compañeros –embajadoras y embajadores de España− y el intercambio de opiniones e información en un tiempo crucial.

Tenía previsto exponeros, en mi intervención, los principales ejes de la agenda exterior de la Jefatura de Estado en 2025, que han sido −no podía ser de otra manera− los de nuestra política exterior: la defensa del multilateralismo y de un Orden Internacional basado en normas; más Europa; la promoción de la Seguridad y la Defensa (propia y colectiva); la importancia del vínculo transatlántico (más allá de coyunturas); nuestra hermandad con Iberoamérica, y nuestro ser Mediterráneo; el cuidado de las Relaciones Bilaterales, en particular con los países de nuestro entorno; la cooperación internacional al desarrollo o la promoción de la lengua española, por citar solo algunos.

De todo ello me ocuparé sin extenderme demasiado más adelante, pero algunos acontecimientos de los últimos días me llevan a querer compartir con vosotros unas reflexiones sobre Venezuela. Quiero subrayar dos ideas fundamentales:

La primera: es nuestra cercanía al pueblo de Venezuela, ese pueblo hermano con el que tantos vínculos históricos y de profundo afecto nos unen, en el marco del espacio iberoamericano. Ello nos lleva a guardar la esperanza, y a querer contribuir en la medida de lo posible, para que se abra, con garantías y cuanto antes, una verdadera transición democrática, pacífica, inclusiva y respetuosa de la voluntad soberana, libre e independiente de los venezolanos; deben ser, por tanto, los únicos protagonistas de su propio destino. En este sentido, a todos debe alegrarnos la liberación de 5 compatriotas y de otros ciudadanos que se hallaban igualmente retenidos. Supone un necesario paso en la dirección que anhelamos y que el pueblo venezolano merece, que no puede ser distinto al de recuperar plenamente las libertades.

La segunda idea: es fundamental, más allá del caso concreto de Venezuela, es nuestro apoyo, firme e inequívoco, al respeto del Derecho Internacional. No podemos —ni con la palabra ni con el silencio— asumir su conculcación sistemática; y es eso lo que vemos, con demasiada frecuencia, en nuestros días. Se trata de un salto atrás de más de un siglo: a un tiempo de vacío normativo que, con el agravante de la tecnología actual, plantea inquietantes escenarios de futuro.

Es innegable que los estados que más han hecho por levantar esa arquitectura normativa e institucional son las democracias, y en ellas reside una especial responsabilidad ética a la hora de preservar ese mundo basado en normas —es decir, en la razón— frente al otro basado en el ejercicio ilimitado de la fuerza y movido por intereses muchas veces excluyentes o incompatibles.

Recordemos que —por perfectible que sea— un mundo fundado en el derecho, abierto a la cooperación y al diálogo, siempre se acercará más que cualquier otro al objetivo de la paz, la estabilidad y el desarrollo.

Embajadoras, embajadores,
Los hechos que acabamos de vivir —en el marco de una sociedad internacional cada vez más compleja— me reafirman en una idea que puede parecer paradójica: y es que este tiempo que vivimos es el tiempo de los diplomáticos. Así lo pienso con la experiencia de mis viajes y conversaciones, al observar y analizar la coyuntura geopolítica y con el trabajo de tantos años con vosotros, y con vuestros equipos, por el que os estoy enormemente agradecido.

El diplomático es un traductor de mundos. Y nunca como ahora hemos tenido tanta necesidad de leer bien, de comprender las claves y las motivaciones subyacentes a todo lo que sucede. Porque la seguridad global —lo hemos visto en Palestina, en Ucrania, en tantos conflictos en África o Asia, y esta misma semana en Venezuela— está en peligro a partir de sus mismos cimientos. Lo vemos también en la carrera armamentística y las grietas en la arquitectura de no proliferación, en la persistencia del terrorismo y las amenazas híbridas; o en las vacilaciones para enfrentar tantos desafíos globales, donde los juegos de suma cero equivalen a la derrota de todos.

España tiene unas sólidas credenciales basadas en una política de seguridad que nos convierte en aliados leales y fiables, como atestigua nuestra participación en las misiones de la OTAN en el Flanco Este y nuestra contribución a las misiones de paz. Tenemos una política de cooperación plenamente comprometida con los objetivos de desarrollo sostenible —fijados por Naciones Unidadas— y la acción humanitaria (buen ejemplo es el despliegue del equipo START en Jamaica) y desarrollamos políticas geográficas centradas en la generación de alianzas y la búsqueda de sinergias ante los desafíos comunes. Pienso en el ámbito Euro-Mediterráneo y en el África Subsahariana, por poner dos ejemplos.

Los diplomáticos españoles tenéis un prestigio basado en la escucha, el conocimiento profundo y la capacidad de consenso; un prestigio que, con mucha frecuencia, oigo de autoridades y otros interlocutores en el exterior.

Sois necesarios, en primer lugar, en la defensa del multilateralismo.  No hay mejor manera de defender lo multilateral que a través de la coherencia y la eficacia. La 4ª Conferencia Internacional sobre Financiación para el Desarrollo de Naciones Unidas ha sido uno de esos resultados tangibles. El Compromiso de Sevilla —donde se evidenció vuestra mano maestra para forjar consensos— representa un impulso robusto a la agenda de Desarrollo Sostenible.

"...recordemos que —por perfectible que sea— un mundo fundado en el derecho, abierto a la cooperación y al diálogo, siempre se acercará más que cualquier otro al objetivo de la paz, la estabilidad y el desarrollo..."

Necesitamos seguir reivindicando el derecho internacional, como bien hacéis. Hablar de derecho internacional no es un ejercicio de ingenuidad, es un recordatorio obligado del faro ético del que se ha dotado la comunidad internacional para asegurar una convivencia pacífica y próspera. Por eso, os pido que, de acuerdo a un sentir muy arraigado en nuestra ciudadanía, reclaméis su respeto y trabajéis para contar con instrumentos eficaces para hacerlo valer.

Grandes dosis de pericia y coraje diplomático requiere, en estos momentos, la preservación del vínculo transatlántico: ese indispensable marco de referencia, para Europa y para América, que surgió, también, de las cenizas de la IIª Guerra Mundial. Un marco que ha propiciado el florecimiento de nuestras democracias, nos ha traído estabilidad y crecimiento y ha contribuido –de manera decisiva- a la génesis y desarrollo del multilateralismo.

Preservar el vínculo transatlántico es una responsabilidad compartida: exige lealtad mutua, confianza recíproca, visión de futuro y respeto —permitidme que lo repita— a esas “reglas del juego” que —siempre perfectibles— son las normas fundamentales del derecho internacional. De la erosión de ese vínculo salimos todos perdiendo. Y no quiero plantear aquí lo que supondría —insisto, para todos— la hipótesis de su total desmantelamiento.

Embajadoras, embajadores,
Sois muy necesarios, también, en Europa. En el año recién concluido he tenido muchas ocasiones de hablar de asuntos europeos —en Yuste, en Brujas, en Coímbra, en Aquisgrán— y en un par de semanas volveré a hacerlo en el Parlamento Europeo. Hablaré de la fuerza transformadora de Europa en nuestro país, ahora que cumplimos 40 años de nuestra adhesión; y hablaré también de nuestra contribución al proceso de integración, en temas de ciudadanía, de justicia e interior, de cohesión, de igualdad, por citar solo algunos. E insistiré a la hora de reclamar: “más Europa”.

Porque, en el tiempo que vivimos, ahondar en el proceso de integración es, para la Europa unida, una necesidad existencial. Como me habéis escuchado afirmar en múltiples ocasiones, no se trata de defender lo que tenemos, sino lo que somos.

Hay que evitar, a toda costa, que el futuro del mundo se escriba al margen de Europa. No nos equivoquemos: se trata de incrementar nuestro peso en el mundo y nuestra capacidad de acción gracias a Europa, gracias a nuestra pertenencia a la Unión Europea. Y España puede dar un paso adelante creando consensos, participando en cooperaciones reforzadas, proponiendo medidas para el incremento de la autonomía estratégica, la productividad, de la innovación y la atracción de talento; o para desarrollar en todo su potencial el acuerdo con Mercosur, que tan importante es para la Unión, y, desde luego, para nuestro país.

Vuestra labor es esencial, también, en el espacio Iberoamericano. Lo reafirmo ahora, con plena conciencia de la incertidumbre que se cierne sobre la región, pero con más convicción, si cabe: en la XXX Cumbre Iberoamericana, que celebraremos en Madrid, avancemos en lo que nos une, en los ámbitos social, digital y medioambiental. Demos un nuevo impulso al sistema de Cumbres. Que la voz de Iberoamérica se oiga con claridad en los foros internacionales, que se afirme en el diálogo y la cooperación con Europa, y que, siendo reconocible por un pasado común, hable al mundo, sobre todo, de futuro.

Un gran nexo de ese espacio iberoamericano es la lengua española. En el reciente CILE, en Arequipa, hubo consenso en torno a la importancia de seguir ganando el futuro para el español. Sigamos trabajando para que nuestra lengua —con sus más de 600 millones de hablantes— ocupe el espacio que le corresponde, también en el mundo de la tecnología, de la innovación, de la Inteligencia Artificial.

Pero allí donde el calado social de vuestra labor es más visible, es, sin duda, en el ámbito consular. El año pasado habéis avanzado en la digitalización de la red de consulados, agilizando procesos y siendo más eficaces en el servicio a nuestra ciudadanía en el exterior. Quiero reconocer también el amplio esfuerzo de todo el servicio consular para atender las múltiples peticiones de nacionalidad española, especialmente en Iberoamérica.

Embajadores, embajadoras,
Buena parte de la agenda de la Reina y mía está centrada —como al principio señalé— en el desarrollo de las líneas de política exterior que acabo de exponer. Así ha sido en la defensa del multilateralismo, con nuestra participación en la Conferencia de Sevilla y mi intervención ante la Asamblea General de Naciones Unidas en el año de su 80 aniversario; o la de la Reina en el 80 aniversario de la FAO. También en asuntos europeos, con los actos y conferencias ya citados; y en Iberoamérica, con los viajes a la región y el seguimiento de los preparativos para la Cumbre de Madrid. O en cooperación, con el viaje de la Reina a Cabo Verde.

He visitado a nuestras tropas desplegadas en Rumanía y Eslovaquia. He hablado de relaciones transatlánticas en Coímbra, en el Foro España-EEUU y en el Foro La Toja. He reivindicado la memoria frente a los totalitarismos en Auschwitz y en Mauthausen; así como en Guernica, acompañando al presidente federal alemán. Subrayo los Viajes de Estado a Egipto y a China; las Visitas de Estado a nuestro país, tanto del Sultan Tamim de Omán, como del Presidente Steinmeier de la Rep. Fed. De Alemania; sin olvidar los encuentros con otros Jefes de Estado en diferentes ocasiones.

Soy consciente del intenso trabajo que os supone esta agenda y compromisos internacionales este año también más exigente y os reitero mi agradecimiento. Me vais a permitir que lo singularice, este año, en el Introductor de Embajadores —así como en el equipo que encabeza— cuando se cumplen cuatro siglos de la creación de esta importantísima figura.

En definitiva, embajadores y embajadoras, por todas estas razones, este ha de ser —más que ningún otro— el tiempo de los diplomáticos: vuestro tiempo. Ante las disonancias, cada vez más inquietantes, no dejéis nunca de buscar la armonía y la coherencia, de acuerdo con nuestros valores constitucionales, pues, siendo embajadores de España, lo sois, también, de nuestra democracia y nuestro marco de convivencia; en fin, de las ideas que nos reúnen y que nos han llevado a las cinco décadas de mayor crecimiento, estabilidad y prosperidad de la historia reciente.

Quiero expresaros la gratitud y el orgullo de la sociedad a la que representáis y servís —a la que servimos y representamos todos— y mi plena confianza en que, en este tiempo tan complejo, sabréis creceros ante la adversidad y brillar, como siempre habéis hecho, con luz propia.

Muchas gracias.

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