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Palabras de S.M. el Rey en el acto solemne de homenaje a las víctimas del coronavirus y reconocimiento a la sociedad

Plaza de la Armería. Palacio Real de Madrid, 16.07.2020

Hoy es un día que conservaremos en nuestra memoria; un día que quedará grabado en nuestros corazones; porque hoy rendimos homenaje, con todo nuestro respeto y la mayor solemnidad del Estado a los miles de ciudadanos que han perdido su vida como consecuencia de la pandemia Covid-19.

Y hoy también es un día que dejará huella en nuestras conciencias, porque reconocemos y ensalzamos a miles de ciudadanos cuyas conductas han sido el mejor ejemplo de los valores cívicos y morales de nuestra sociedad y la mejor razón para nuestra esperanza colectiva.

Quiero recordar, en 1er lugar, a los fallecidos; transmitir a sus familiares nuestro profundo pesar y consuelo más sincero; todo nuestro afecto y el abrazo más emocionado. No están solos en su dolor; es un dolor que compartimos; su duelo es el nuestro, que aquí se hace presente ante todos los españoles. Dolor y duelo en los que también todos nos reconocemos; unidos en los mismos principios universales de humanidad y de solidaridad.

Quienes nos han dejado son, en muchos casos –en la mayoría–, personas de edad avanzada que dedicaron sus vidas a trabajar duro para salir adelante y con una gran ilusión por alcanzar el progreso para sus hijos. Unas vidas que cambiaron el rumbo de nuestra historia, afirmaron la libertad y la tolerancia y construyeron día a día el edificio de nuestra convivencia democrática. Unas vidas cuya vocación de concordia nos invita siempre a la reflexión serena y al agradecimiento.

Otros ciudadanos que desgraciadamente hemos perdido eran hombres y mujeres que tenían todo un futuro por delante –tanto por hacer y por construir–, y que este virus nos ha arrebatado, dejando en sus familias un inmenso vacío en el alma, y una gran pena en toda la sociedad.

Todos ellos, todos los fallecidos, permanecerán en nuestro recuerdo. No los olvidaremos nunca. Este acto no puede reparar el dolor de muchas familias por no haber podido estar a su lado en sus últimas horas; ni mucho menos atenuar la tristeza por su ausencia; pero sí hacer justicia a su vida, a su contribución a nuestra sociedad, a su memoria.

Debemos también –y queremos– rendir tributo a otras muchas personas.

Esta crisis nos ha puesto a prueba como país y como sociedad, pero también nos ha permitido comprobar los principios que definen y caracterizan a miles de ciudadanos que han puesto su esfuerzo y su trabajo al servicio del bien común.

"...la responsabilidad, la fuerza moral, la determinación frente a la adversidad y el espíritu de superación del pueblo español nos muestran el camino a seguir para afrontar y vencer las dificultades. Las superaremos...ese será, sin duda, el mejor homenaje renovado que podamos ofrecer en el mañana a quienes hoy, con toda justicia y merecimiento, recordamos, reconocemos y honramos..."

Hoy reconocemos conductas llenas de entrega a los demás sin reservas –aun poniendo en riesgo la propia vida–; llenas de solidaridad, de valentía, de ejemplaridad y de generosidad que nos han emocionado y que nos enorgullecen a todos. Son conductas de ciudadanos que han hecho mucho más que cumplir con su deber.

Esas conductas no son casuales. Son fruto de convicciones personales profundas; de un hondo sentimiento de humanidad con sus semejantes; de un compromiso firme y leal con su profesión; son fruto de la responsabilidad y de la voluntad de servicio a los demás.

A esas personas les debemos mucho más de lo que podamos imaginar: han salvado muchas vidas; les debemos nuestra salud, nuestra seguridad… y los servicios más esenciales para la vida cotidiana. Porque son ellas las que, en condiciones tan difíciles, han sostenido el pulso de nuestro país. Sentimos hacia todas ellas –hacia todos esos miles de personas– una inmensa gratitud.

Creo también, que es momento de sentirnos orgullosos por la responsabilidad de la que ha dado muestra el conjunto del pueblo español en este tiempo tan duro y difícil.

Muchas personas en soledad, muchas otras padeciendo la enfermedad en sus casas, y familias enteras, han asumido con gran entereza, abnegación y disciplina el confinamiento en sus domicilios, sabiendo que su actitud consciente y comprometida era fundamental –y lo sigue siendo– para combatir la pandemia.

Ha sido difícil, muy difícil. Porque a esa situación se han sumado sentimientos lógicos de temor, de miedo por la salud de familiares y amigos, de preocupación por el empleo; de cansancio, de abatimiento... de incertidumbre.

Y, sin embargo, nuestra sociedad ha dado en estos meses una lección de inmenso valor; España ha demostrado su mejor espíritu. Porque cuando pasen los años y recordemos esta época, estos días, recordaremos también que nos hemos dado un ejemplo, una vez más en nuestra historia, de civismo, de madurez, de resistencia, de compromiso con los demás.

Señoras y Señores,
Sin duda, hemos contraído una obligación moral y un deber cívico: La obligación moral de reconocer, respetar y recordar siempre la dignidad de los fallecidos y especialmente el espíritu de esa generación admirable de españoles; y el deber cívico de preservar e impulsar los mejores valores que fundamentan nuestra convivencia.

Esa deuda moral y ese deber cívico nos obligan y comprometen a todos. Pongamos juntos, pongamos unidos toda nuestra voluntad, nuestra capacidad, todo nuestro saber, todo nuestro esfuerzo y empeño para poder mirar hacia el futuro con confianza y con esperanza. Y hagámoslo desde el respeto y el entendimiento.
La responsabilidad, la fuerza moral, la determinación frente a la adversidad y el espíritu de superación del pueblo español nos muestran el camino a seguir para afrontar y vencer las dificultades. Las superaremos.

Ese será, sin duda, el mejor homenaje renovado que podamos ofrecer en el mañana a quienes hoy, con toda justicia y merecimiento, recordamos, reconocemos y honramos.

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