Sean mis primeras palabras de saludo para la ciudad de Buenos Aires, a la que deseo, como a toda la gran nación argentina, un porvenir próspero y fecundo, logro que espero se enraíce y consolide, en los significados universales del Quinto Centenario que este año celebramos.
Agradezco con emoción la alta distinción que hoy se me concede al hacerme entrega del Premio “Árbol de la Vida”, que la corporación de Alcaldes integrados en las IV Jornadas Internacionales Contra la Droga tuvo a bien hacer recaer en mi persona.
Quiero compartir este premio, de nombre tan sugerente, con todos los Poderes Públicos, Instituciones, Organizaciones y personas individuales que luchan con tesón, desde hace tantos años, por erradicar de nuestras vidas el problema de la droga, lacra social que amenaza los fundamentos más sólidos de la sociedad universal en los albores de un nuevo milenio.
Difícilmente podría haberse escogido un nombre más apropiado para una recompensa relacionada con la lucha contra la droga, que el elegido para este premio.
Si el uso de la droga representa la agresión sistemática e ilimitada de un mal, que no sólo se dirige contra la convivencia de las comunidades, sino que afecta a la esencia más íntima de la persona, el simbolismo que se encierra en el nombre de este premio grita a todos los vientos las palabras vida, paz y libertad.
Porque la droga no es para todos nosotros un problema, sino un drama con rostro humano. Es el rostro de los jóvenes, de los hombres y mujeres afectados, de las familias destruidas. Es el rostro de la desesperanza en un camino muchas veces sin retorno.
Estoy segura de que en este foro va a ser expuesto el problema del mundo de la droga en su más cruda realidad, con datos y cifras incuestionables. Sin embargo, también serán expresadas palabras de esperanza y de ánimo porque el drama, en alguna medida, comienza a remitir gracias a iniciativas como las de estas Jornadas Internacionales de Alcaldes contra la Droga.
Los Alcaldes asumís la autoridad social más directa, más estrechamente comunitaria, en relación próxima con el ciudadano, y vivís de forma comprometida y lacerante la invasión en vuestros queridos pueblos y ciudades, de la droga, el narcotráfico y la violencia que generan; sufriendo como dirigentes políticos el permanente aguijón de la drogadicción.
Vuestra presencia aquí, llegados de todos los confines, representa el deseo de acuerdo y cooperación internacional por encima de ideologías y fronteras. El mal nos une. Detrás de vosotros, cabezas visibles de los distintos pueblos’ y ciudades, alienta poderoso el cuerpo social que os demanda proyectos y soluciones, convencido de que en vuestras manos, por vuestra proximidad inmediata al problema, se encuentra el remedio más directo, más eficaz y más humano.
Sé de vuestros logros y vuestros esfuerzos y soy consciente de que desde su fundación estas Jornadas han alcanzado una dimensión muy importante, de cara a establecer una estrategia común y sin fisuras en la cruzada contra la droga. Para vosotros mi comprensión, mi ánimo y mi aliento.
Ya en los umbrales del próximo milenio, de nada nos ha de servir conquistar el espacio, racionalizar el planeta, esclarecer los misterios que nos rodean, realizar las utopías más atrayentes, si somos incapaces de recuperar y mantener la libertad y la dignidad de parte de nuestros semejantes.
El paraíso momentáneo y deslumbrante que ofrece la drogadicción se consigue a cambio de la pérdida de la dignidad personal y la autoestima. La vida de las personas en su más alta definición humanística es la vida en libertad y a conseguir este logro debemos dedicar todos nuestros esfuerzos.
No quiero terminar mis palabras sin hacer una breve referencia al ámbito familiar en el problema de la droga. La familia constituye el más sólido apoyo, el más dulce consuelo y el ejemplo más vivificante para el drogadicto.
Que no se una el desamor al desarraigo. A las familias les corresponde iluminar las zonas de sombra de una vida rota con el radiante sol del afecto y la generosidad. Con vuestro cariño podéis hacer crecer sano y vigoroso el árbol de la vida de vuestros seres más queridos. Este es mi deseo más ferviente.
Nuestro presente, tan lleno de esperanza y buenas perspectivas, está amenazado por la droga. Conquistemos el futuro sin ella.
Muchas gracias.