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Discurso de S.M. la Reina en la VI Conferencia Internacional “contra spem in spem” droga y alcoholismo contra la vida

Madrid, 23.11.1991

Quiero hacer llegar a todos los presentes mi satisfacción por haber sido invitada a tomar parte en este foro, promovido por el Consejo Pontificio de la Pastoral de los Agentes Sanitarios, que en poco tiempo, desde que en 1985 fue creado por el Santo Padre, ha alcanzado a hacerse oír en todos los rincones del mundo, de la mano de Monseñor Fiorenzo Angelini.

Mi saludo, también, a los Agentes Sanitarios, ponentes y demás participantes que han intervenido en esta VI Conferencia Internacional, cuyas aportaciones, del mayor interés para todos, espero ayuden a abrir nuevos caminos en la lucha contra las drogas y el alcoholismo, auténtica plaga que nos acosa en los postreros años de este siglo y cuya dimensión universal, configura una de las mayores limitaciones a la libertad, hasta ahora conocidas.

El problema de las drogas y el alcoholismo está presente en nuestra vida cotidiana igual que lo están otros problemas de notoria gravedad, pero de forma más penetrante y continuada, y ambos influyen de manera patológica en la tendencia irrenunciable de la persona humana a la búsqueda de la felicidad.

La droga altera esas aspiraciones, las degenera y las destruye, ofreciendo sugerentemente una fórmula engañosa para librarnos de nuestros males. Engañosa, porque para evadirnos de las dificultades que encontramos en la vida, nos quita la propia vida. Es un mito al revés. Y ha elegido prioritariamente a la juventud porque es en ella donde se da el terreno más fértil y permeable para esa seducción que proporciona un paraíso que llega rápido y secuestra eficazmente.

El alcoholismo ataca igualmente la libertad humana, condicionando nuestros actos y comportamiento, al actuar como un medio de evasión de la realidad cotidiana. Refugio de incomprensiones, fracasos y soledades, nos hace más insolidarios y violentos, trasladando al entorno familiar y social una frustración afectiva y emocional que actúa lenta y degenerativamente.

Las drogas y el alcohol dañan la biología y modifican el comportamiento del individuo y la sociedad, y es ahora, en los umbrales de una nueva era, cuando ambos aparecen como un freno radical a la libertad, la convivencia y la felicidad de los hombres.

La actual crisis de valores éticos, la pervivencia de numerosas injusticias sociales, la quiebra familiar y las distorsiones en la convivencia, así como el desempleo y el desarraigo son, entre otras muchas, circunstancias determinantes de estos fenómenos sociales, cuya gravedad crece de día en día, afectando a todo el tejido social sin distinción de fronteras, ni geográficas, ni económicas, ni políticas, ni raciales.

Ante esta realidad, ¿cuál es la tarea que deben afrontar los responsables políticos de la sociedad, los maestros, educadores, padres de familia, y en este caso concreto, los agentes sanitarios, para romper este dogal que atenaza a nuestra sociedad?

En primer lugar, pienso que es necesario actuar a través de una política preventiva global. Sólo por medio de la educación integral de los niños, del relanzamiento de los proyectos personales de los adolescentes, de la atención a las exigencias sociales de integración, de la mejora de la calidad de vida, podrá eliminarse una buena parte de la demanda de droga y de sus consecuencias, sin olvidar, naturalmente, la asistencia completa, global y personalizada que precisan las personas ya afectadas.

Similares consideraciones a las expuestas para las drogas, con su realidad diferenciada y específica será preciso aplicar para el alcoholismo.

En segundo lugar, parece indiscutible que, tanto la política preventiva como el establecimiento de respuestas terapéuticas para los afectados, sin que dejen de ser una responsabilidad de los poderes públicos, nunca podrán ser eficazmente desarrolladas sin el imprescindible apoyo familiar, y el compromiso solidario de la sociedad en su conjunto.

La aceptación de las personas con adicción, para que la corrección de su problema no se confunda con la marginación, la discriminación o el aislamiento descalificador, el apoyo mutuo que permita y refuerce el largo proceso de rehabilitación; la generosa y debida ayuda que facilite la obligada reinserción son exigencias que dependen de nosotros, y que sólo pueden llegar a feliz término cuando, lejos del egoísmo, del miedo, o de la insolidaridad, sean acometidas con la conciencia social de estar prestando ayuda a nuestros hermanos más desfavorecidos.

Que el título genérico de esta conferencia: “esperanza en la desesperanza”, sea como la luz que guía al barco en la tormenta, para que con el esfuerzo diario de todos, las personas que sufren el angustioso problema de la droga y el alcoholismo puedan recuperar su libertad y su dignidad.

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