Si es cierto que la Universidad representa y encarna las más altas cotas de la racionalidad humana y tiene por objetivo esencial el servicio a la sociedad universal desde la profunda creatividad de la inteligencia, también lo es que su condición de protagonista ha ido a beber siempre en su mundo contemporáneo, templando en él sus hallazgos, ofreciendo soluciones a sus problemas y recogiendo el aliento de vida y estímulo que son las condiciones del desarrollo histórico.
El papel y el protagonismo de la Universidad está sometido hoy a un intenso debate. Alcanzados los niveles de lo que en otros siglos fueron utopías y sueños del pensamiento, se hace necesario reflexionar ahora sobre la naturaleza de este vínculo Universidad-Sociedad, o si queréis mejor, Hombre-Ciencia, para que el futuro se haga menos incierto y podamos continuar, personas y naciones, el diálogo con nuestro entorno y, en último término, con Dios, que justifica nuestra existencia superior.
Creo que la más noble conquista que encabeza hoy día la inquietud de los hombres, el caminar de la sociedad y el espíritu “de las naciones”, es la solidaridad. Ello no es algo que se haya improvisado en el campo de las transfiguraciones históricas como un nacimiento espontáneo y casual, como un ensayo o un sentimiento colectivo sin ningún antecedente. Más bien todo parece indicar lo contrario. Debemos ser y somos solidarios, en nuestras dimensiones sociales, porque la justicia, que exige la existencia de la solidaridad, dispone hoy de la libertad suficiente para imponer unos criterios de relación humana consecuentes con el proyecto espiritual del hombre.
En las primeras etapas de nuestro devenir, cuando el imponente marco de la naturaleza sometía a los seres humanos a inexorables circunstancias, en ciclos de supervivencia radicales, el hombre comparece en la absoluta soledad de su indefensión.
Sólo la luz de la inteligencia –aquél pequeño, pero persistente destello de nuestra mirada- hacía distinguir, en el horrísono caos cantado después por poetas y artistas, la armonía del Cosmos y, consiguientemente, sembraba en el espíritu, todavía sin palabras para balbucear la expresión de sus sueños, la idea, primero, de superar el cerco de la muerte continua y, después, la de dejar la huella de nuestra existencia cada vez más fuerte hasta ir adquiriendo un impulso hacia arriba, hacia donde vivían los dioses mitológicos.
Pero aún necesitaríamos miles de años para articular un proyecto de existencia humana que cambiase a la atemorizada comparecencia inicial pro una coherente acción sobre el mundo. Entonces aparece el hombre social en toda su potencial capacidad de protagonismo.
Podríamos, por un momento, profundizar en aquella personalidad que quería imponer, en el friso de las maravillas del Universo, su voz, su canto, su impulso creador. Razón y sentimiento de creación arman nuestro ritmo social en los siglos históricos. El hombre es su trabajo alimentado por sus sueños, iluminado por la inteligencia y realizado por su voluntad. Estos valores son constantes cualesquiera que sean las marchas episódicas de las sociedades y las unas se distinguen de las otras, precisamente, en orden a esta inefable relación de la cultura dinámica. Ensoñación, inteligencia y voluntad que van llenando el orbe con espléndidas realizaciones.
Pero, con todo, todavía no ha aparecido, en este cuadro, en la singladura asombrosa de la Humanidad, la solidaridad como tal. En efecto, durante unos siglos, la idea de la conquista es el motor de la actividad de las sociedades. Sólo cuando éstas sedimentan sus actividades en eras de paz, construyen para los siglos venideros, para la sucesión de las generaciones.
En un instante, entendiendo los siglos como parpadeos de la Historia, es la divinización de nuestra conducta, la respiración de nuestra inspiración eterna, lo que subraya la condición del hombre en sociedad.
Dios es el término y el modelo que impone la trayectoria de las leyes, las ciencias, las relaciones de unos sectores sociales con otros.
Más adelante, sin que estos objetivos se apaguen, surge en el horizonte, la propia explosión de la capacidad humana. Estamos, entonces, en la eclosión del Renacimiento. La Ciencia se proclama protagonista, el Cosmos reduce su imagen, y sobre él avanza no ya aquél ser diminuto y atemorizado de los tiempos cosmogónicos, sino otro nuevo, equipado con las realizaciones más audaces, con los proyectos escritos o esbozados desde recursos conquistados a la naturaleza.
El mundo se hace un pañuelo para saludar la gloria del nuevo ser, aunque sospeche que ese pañuelo recogerá lágrimas sinsabores. Cuando los continentes se aproximan gracias a las audaces singladuras de científicos, artistas y navegantes, aparece, junto a la libertad que es el himno que empuja a la Ciencia, la llamada a la justicia.
La revolución, con sus resplandores, alimenta las máquinas del progreso y en esa revolución está el mejor hombre de la gran dinastía de los triunfadores: aquél que abraza a los otros como hermanos, el que consagra con la fraternidad universal el irrenunciable principio de la solidaridad.
Es el sentimiento de la solidaridad, por tanto, un presupuesto indicativo y una conquista del hombre y de la sociedad moderna. No es un capricho, ni una elaboración puramente sentimental, sino la ley e la gravitación universal de nuestro tiempo. Una verdadera necesidad.
No quisiera introducir mis palabras en complejos campos de la ciencia y la psicología sociales que están ya arados por preeminentes personalidades, algunas aquí presentes; pero no sería innecesaria expresión, vincular aún más Universidad y Sociedad a través de un lazo más sólido; de una unión y comunicación aún más profundas.
Ciencia y tecnología, aparecen, en ocasiones, como entes que caminan por su propia cuenta y se van desprendiendo de las adherencias humanas –sus verdaderos y esenciales sustentadores- para trazar diseños propios y originales, más allá de la faz civilizada del hombre.
Es lo que conocemos como barbarie de la ciencia.
No es ello un presagio especulativo sino un reto real, cercano, que se asoma ya a pasos agigantados tras la cima de los siglos futuros.
En los umbrales del siglo veintiuno los datos señalan que podría haber más ordenadores que hombres. Los ordenadores, ¿podrán dirigir desde un abstracto control, a la Humanidad?. A su vez, ¿volverá la Humanidad a dar sus primeros pasos, dominada esta vez, no ya por la imponente naturaleza a al que aludía antes, sino por los mecanismos creados por el propio hombre como producto de su inteligencia y de la consiguiente técnica?.
Tales preguntas nos llevan a una respuesta única: todo cuanto enriquece la actual capacidad de las sociedades en progreso, adquiere sentido desde el servicio a los valores profundos del Hombre, fuera de cuya sintonía, todo volvería a ser desconcertado y caótico.
n estos parámetros se mueven las intenciones de los Estados, los avisos de los científicos, las interpretaciones y creaciones de los artistas, el sentido último de toda ética; el sentimiento supremo de Dios, a cuya imagen y eternidad hemos sido hechos.n estos parámetros se mueven las intenciones de los Estados, los avisos de los científicos, las interpretaciones y creaciones de los artistas, el sentido último de toda ética; el sentimiento supremo de Dios, a cuya imagen y eternidad hemos sido hechos.
Es precisamente aquí donde veo a la Universidad como la gran mediadora y depuradora del mensaje. En este su ámbito de rigor y verosimilitud, debe estar la clave del futuro del hombre, que sin solidaridad no sería posible. Cada minuto, cada interpretación, cada investigación, aportación o proyecto, sirven al conjunto de los hombres, estrechan sus interdependencias creativas, les atienden, en resumen, en su doble dimensión de protagonistas de la Historia y de criaturas espirituales.
La Universidad enciende su magisterio exigente en la percepción de que el hombre es el amigo del hombre, no su contrario; y que todos podemos unirnos en un compromiso de progreso superando para siempre los sistemas segregativos, sustituyéndolos por una atención integral que ampare los sueños de los ciudadanos, su laboriosidad y su conciencia de futuro.
En solidaridad, todas las tareas se invocan en la vocación de servicio a los hombres y a su espíritu.
Por todo ello, quisiera recabar su atención hacia una inquietud que ha ocupado y ocupa muchas horas de mi vida: la actividad de la ciencia, la terapéutica social y la ayuda general e institucional a los grupos marginados e incapacitados.
La potencia social, que se concibe como un servicio continuo a la comunidad, no responde todavía plenamente en este aspecto, a las exigencias globales que la solidaridad impone en nuestro tiempo.
La inercia, la propia dinámica de intereses que centrifugan los grupos de la sociedad, el egoísmo colectivo, la orientación de la pedagogía hacia la selectividad exigente, las propias necesidades de la técnica, son factores que han impedido que la solidaridad como energía moral realice hasta sus últimas consecuencias los planes que las sociedades desarrolladas generan para el sostenimiento y la rehabilitación de los incapacitados en sus diversas manifestaciones mentales, morales y físicas.
El problema se plantea, ante todo, en el ámbito de la planificación de los recursos de la política de servicios sociales, pero alcanza también su convocatoria a la sociedad entera, incluidas muy especialmente las instituciones universitarias que la mentalizan, la sensibilizan, la educan en una palabra.
Los umbrales de pobreza y riqueza, son los indicativos del bienestar y el malestar sociales. Pero una conceptuación rigurosa y profunda de estos términos debería conectar esos índices con el cumplimiento de los mandatos morales de la solidaridad.
La vida individual y la de los grupos, se califica también por su relación con los otros y por los compromisos que adopta y asume en orden a la realización de la justicia, a la propiciación de la libertad, a lograr que el mensaje de paz que conlleva la ayuda y comprensión del otro, se extienda a nuestros semejantes cuando están sometidos a circunstancias excepcionales de minusvalía.
Por eso, el papel de la Universidad adquiere especial importancia en la pedagogía que instruye y orienta hacia la ayuda a los demás, y, por lo tanto, a los ciudadanos más necesitados.
No creo que la universidad sea una aparición abstracta, fría e inexorable en el desarrollo de la voluntad social creativa del hombre, sino una institución que se impregna de la vitalidad, los problemas, el temblor y la cadencia de las sociedades que, en su entorno, y dirigidas u orientadas por ella, crecen y se multiplican.
Todos sus hijos son sus hijos. Todos sus problemas son sus problemas. Todos sus sueños son sus sueños. Sus perspectivas son ampliadas, dignificadas y resueltas hacia el futuro en el terreno fértil del estudio y el trabajo que aquí se enmarcan.
¿Cómo, entonces, se puede pensar que no ha de impulsarse desde la Universidad la solidaridad social que facilite la cobertura de todas las necesidades y la esperanza de aquellos que se encuentran en condiciones humanas precarias?.
Yo diría que esa exigencia está ya en la propia médula de los textos y el magisterio. Pero ello puede ampliarse utilizando la capacidad práctica universitaria para incorporarse a la lucha por un objetivo que nos enorgullece como personas: el de facilitarles en la medida posible, el bienestar ciudadano que les haga libres y responsables, integrados todos en el objetivo de ser y hacer una sociedad mejor.
Es evidente el papel decisivo de la educación de la sociedad, ampliado luego a través de los medios de comunicación, en la visión de cualquier ser como hermano nuestro, como interlocutor y compañero en un diálogo que enaltece al género humano: el que se inspira en el mandato divino y se basa por tanto en el amor, se apoya en la justicia y concibe la sociedad entera como la casa de los hombres.
Para terminar agradezco infinito que la Facultad de Medicina de esta Universidad de Valladolid me haya acogido como Doctora “Honoris Causa”. Una Facultad donde se forjan quienes han de velar por algo tan importante como la salud de los seres humanos, que consiste en la armonía entre un estado espiritual y un estado físico, entre deseos y realidades.
Labor de todos y muy principalmente de esta Universidad es procurar la educación y los medios para que aquella armonía se produzca.
Ante el inmerecido privilegio que hoy se me otorga, quisiera, de alguna manera, intentar corresponder a esta investidura, asociándome de verdad, en cuanto sea posible, a vuestros trabajos y a vuestras preocupaciones, como símbolo de esa tradicional vinculación que desde siglos tiene la Corona en España con la institución universitaria.
Muchas gracias también a mi padrino en esta ceremonia, el catedrático Doctor Sánchez Villares, cuyo discurso ha constituido una mezcla de ejemplar erudición y de generoso afecto hacia mi persona.
Y gracias, por fin, a todos los presentes en este acto por prestarme vuestra ayuda y apoyo moral, vuestra compañía y vuestra atención.