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Palabras de Su Majestad el Rey en la cena inaugural de la XXX Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno

Palacio Real de Madrid, 04.11.2026

​La Reina y yo les damos la bienvenida a este Palacio Real de Madrid. Sejam todos muito bem-vindos. Su visita renueva y engrandece nuestros vínculos, que son, para todos los españoles, un constante punto de referencia y un motivo —a un mismo tiempo— de orgullo y humildad. España, como cada uno de los miembros de esta Comunidad, no se entendería sin Iberoamérica.

Hay un término —de uso más frecuente en la América de habla hispana que aquí, en mi país— que define bien esta cena: es la palabra “convivio”. Contiene un matiz de encuentro, pero también de vivencia. Y en torno a ambos conceptos —“encuentro” y “vivencia”— es fácil que nos reunamos, los iberoamericanos.

Esa es, también, la esencia de nuestras Cumbres: la agenda la marcan, casi siempre, asuntos centrales en la vida cotidiana. Y así debe ser. Acercarse a lo que ocupa y preocupa a la ciudadanía —es decir, serles útil— ha de ser la prioridad de la Comunidad Iberoamericana de Naciones: la mejora de las condiciones de vida como razón primera y última de nuestra cooperación, siempre con el reconocimiento de la dignidad de todo ser humano como faro que guie nuestra acción.

"...acercarse a lo que ocupa y preocupa a la ciudadanía —es decir, serles útil— ha de ser la prioridad de la Comunidad Iberoamericana de Naciones: la mejora de las condiciones de vida como razón primera y última de nuestra cooperación, siempre con el reconocimiento de la dignidad de todo ser humano como faro que guie nuestra acción..."

Creo que cumpliremos ese ambicioso objetivo, en esta trigésima cumbre de Madrid: versará, nuestro diálogo, sobre temas de máxima actualidad y relevancia práctica, como —entre otros— la coordinación ante desastres naturales, el reconocimiento de títulos académicos, el tratamiento de nuestros datos personales en el mundo digital o la consideración del cuidado como derecho y bien público esencial.

Si podemos embarcarnos en una agenda tan intensa en un tiempo tan breve —y hacerlo con garantías razonables de llegar a buen puerto— es porque nos respalda un ingente trabajo preparatorio: el de nuestros equipos y el de la Secretaría General Iberoamericana, así como el de los participantes en el Encuentro de Ciudades Iberoamericanas, en el Foro Parlamentario, en el Foro Empresarial o en el Encuentro Cívico. Creo que es preciso reconocer todo ese camino recorrido, ahora que estamos —en ello confío— a punto de culminarlo.

Pienso también en todas las personas —empresarios, juristas, profesores, investigadores, creadores, representantes de la sociedad civil, deportistas, estudiantes— que, a veces sin ser conscientes, emplean, en su vida y en su trabajo, los instrumentos que nacen de nuestro sistema de cumbres. A ellas beneficia nuestra Comunidad y a ellas se debe; con su labor cotidiana, todos ellos mantienen viva esta llama que es Iberoamérica.

Así que permítanme que —en este “convivio”— me acuerde de esos −alrededor de− setecientos millones de ciudadanos que merecen y justifican que dialoguemos, que nos concertemos y que lleguemos a acuerdos. Levanto mi copa por todos ellos, por los hombres y mujeres de nuestros países, y lo hago en nombre de todo lo que nos une —que es muchísimo— pero que hoy, en particular, cristaliza en esa hermosa palabra: Iberoamérica.

¡Salud!, ¡Saúde!

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