Supone para mí una grata satisfacción el recibir el Premio Filium 1992, creado por la Asociación para la Prevención del Maltrato al Hijo, y en el que quiero ver simbolizado el esfuerzo de todas las personas que luchan, generosamente, por mejorar las condiciones de vida de los niños, como medio eficaz para lograr un desarrollo armónico de su personalidad.
Poco más puedo añadir a las interesantes, documentadas y conmovedoras manifestaciones expresadas aquí esta mañana. Mi presencia en este acto quiere ser únicamente un testimonio de comprensión y solidaridad hacia un problema que tan directamente afecta a nuestra sociedad, como es el de los derechos del niño.
Por ello, animo a las autoridades, instituciones, organizaciones, padres y personas comprometidas en este sugestivo proyecto, a que redoblen sus esfuerzos para que la Convención Internacional sobre Derechos del Niño se materialice cada día en una aplicación comprometida y eficaz.
Si el maltrato es siempre la semilla de la intolerancia y la violencia, el amor lo es de la comprensión y la ternura. Cada vez que los adultos seamos capaces de cambiar un maltrato por una caricia estaremos construyendo un futuro mejor, al mismo tiempo que nos ofrecemos a nosotros mismos una segunda oportunidad como seres humanos.
Las leyes, -no escritas y sí grabadas en el corazón de los niños-, de la tolerancia; el amor y la solidaridad serán siempre la mejor garantía de una sociedad más justa.
Muchas gracias.
Se levanta la sesión.