En primer lugar, un saludo a todos, un placer estar aquí en la Universidad de Juan Carlos, en este campus. La primera vez aquí en este campus, es una alegría poder compartir este tiempo con todos. Presidenta, gracias por la presencia,presidenta de la Comunidad de Madrid, Ministro de Política Territorial y Memoria Democrática, delegado al Gobierno en la Comunidad de Madrid, secretario de Estado de Memoria Democrática, por supuesto, nuestro anfitrión, Rector, gracias por esta convocatoria, Rector de la Universidad Rey Juan Carlos, y los participantes que hemos escuchado en este coloquio, y el profesor Afina que ha coordinado esta sesión. Como digo, un placer, un saludo a profesores, estudiantes e invitados que están aquí con nosotros.
Lo primero, antes de decir lo que tenía previsto, es que para algunos pueda sorprender hablar después de escuchar este magnífico coloquio que hemos escuchado, por un tema que me afecta muy directamente, como es lógico, pero que no me ha hecho sentir por un lado ni incómodo, evidentemente, pero también ni que todo lo teníamos sabido.
Es decir, he aprendido cosas, algo que se ha dicho también, que hay que permanentemente mantener esa curiosidad y humildad para seguir aprendiendo en el día a día, en la praxis, en cualquier ámbito, pero también en este, que es la Jefatura de Estado, y que me toca muy directamente. Así que gracias, porque ha sido enormemente interesante, las soluciones históricas, las soluciones contemporáneas, y las también apelaciones un poco al futuro, en una sesión que evidentemente pretende poner en discusión, en debate, en diálogo, dos conceptos que son monarquía y democracia, que son una parte consustancial definitoria de nuestra Constitución del 78.
Así que gracias, lo primero, gracias a la Universidad, a la Rey Juan Carlos, y a todos los participantes, también de las sesiones previas que no he podido escuchar, que sí voy a procurar buscar, porque sin duda serán interesantes, en esta jornada de estudio, sobre todo.
Y agradezco, si me permitís, por dos razones fundamentales que quería mencionar. Una, por pretender y lograr trasladar a las aulas la reflexión sobre el papel de la Corona en un proceso democratizador, que ha sido el proceso de la Transición Política, pero también de mantenerlo vigente a lo largo del tiempo.
Y el segundo, más general, que es este tipo de iniciativas, prestan un enorme servicio a la sociedad, al país, porque con el diálogo, con la reflexión, contribuye a desvelar y a entender mejor el espíritu de las instituciones y su vida, su dinamismo, su vitalidad.
El consenso, la convivencia, la armonía, el equilibrio, son ideas, evidentemente, y como ideas trascienden el entramado puramente normativo en las que se apoyan. A menudo no podemos captarlas porque los árboles nos impiden ver el bosque, la actualidad va demasiado deprisa, el flujo informativo es incesante, abrumador, es difícil ir al detalle y profundizar en cosas que no nos afectan a lo mejor en la inmediatez de nuestras vidas. Pero vosotros, los académicos, los investigadores, los estudiantes, profesores, sí que podéis, ese es vuestro privilegio, por un lado, y también es vuestro cometido, incluso diría más, es una responsabilidad.
Recordar y hacerlo con serenidad, con sosiego, con equilibrio, el elemento esencial de ese marco, del marco de nuestra convivencia, su espíritu. Y de eso quería hablaros muy brevemente, del papel de las universidades en la reflexión sobre nuestro marco institucional. La palabra espíritu, viene del latín spiritus, está conectada etimológicamente con soplo, con aliento vital, y llevada a algo tan aparentemente árido como son las normas y las instituciones, pues nos habla de una realidad esencialmente dinámica.
Nuestro sistema democrático es evidentemente una realidad dinámica, está formada por y para las personas, y la sociedad es intrínsecamente dinámica. Ha demostrado a lo largo de estos casi 50 años, ser capaz de adaptarse a los cambios para mantener su esencia, aunque no sea cambiando el texto normativo, si hay una, la vida de las instituciones darle sustancia a lo que dicta la constitución implica una adaptación constante, a veces también a las reformas, evidentemente. Pero no todo puede estar determinado y escrito al detalle en un texto constitucional, porque lo haría muy rígido también.
No lo rehúye, no escapa de ellos, de los cambios, ofrece soluciones concretas para el tiempo que nos toca vivir, y en esas soluciones se encuentra día a día una fuente renovada de legitimidad, eso que llamáis la legitimidad de ejercicio. La monarquía parlamentaria como forma de gobierno ha crecido también con esa experiencia democrática, más allá de lo que circunscribe el título dedicado a la Corona y los artículos que sí definen de una manera más precisa, como decíais, que en otros países, pero también deja muchas cosas al ejercicio y a la necesaria adaptación a la realidad de cada titular.
La Corona, como parte consustancial de esa forma de gobierno, también ha evolucionado y está siempre dispuesta a seguir haciéndolo, con un empeño muy claro que es así, puedo permitirme decir que es una constante, y es que sea útil, que sirva al país, que sirva a la sociedad, que son los verdaderos protagonistas de una sociedad democrática y moderna.
Si no, no tendría ningún sentido. Lo dije de una manera, como son los grandes discursos, en la proclamación ante las Cortes Generales hace ya 11 años, cuando hablé del concepto de monarquía renovada para un tiempo nuevo. Esa era la manera de explicar que algo que viene de mucha historia, que ha participado y de alguna forma en una posición de liderazgo de un proceso de transición política, necesita permanentemente esa renovación para mantener la legitimidad también de ejercicio.
Para seguir creciendo y seguir renovándose las instituciones, necesitan partir de una reflexión serena, sosegada, y por eso es tan necesaria que en la universidad se hable de ellas, de nuestras instituciones democráticas. Precisamente en un año en el que comenzamos a celebrar esos 50 años de lo que podemos llamar o describir como el inicio, los primeros pasos, los pasos necesarios de un proceso de transición hacia un régimen pleno de libertades y de democracia.
Nuestra democracia debe mucho a las universidades y a ese gran repositorio de ciencia y de futuro que alimenta nuestro ser y nuestro estar en el mundo. Y las universidades a su vez deben mucho a nuestro marco de libertades, naturalmente, en cuyo seno la docencia y la investigación se pueden y deben ejercer con plenitud. Veo aquí en este salón de actos, en esta aula, a personas de muy distintas edades, algunos como moderador, participantes en la mesa de redonda, Javier, Yolanda, Juan Francisco, falta una, Soledad que no podía estar, pues vivisteis, vivimos, porque aunque yo era niño viví la transición en primera persona, fuimos testigos de ella. Otros os habéis dedicado a analizarla, a estudiarla, a desentrañar sus claves, a ayudar a comprender todo lo que eso significó.
Y también estáis, creo que la mayoría, entre el público, los que sospecho no habéis ni nacido. Pero todos vemos con admiración, algunos con más distancia, pero todos con admiración, un momento en que la concordia fue posible, esa frase, la concordia fue posible, alumbra la lápida de Adolfo Suárez en la Catedral de Ávila. Y es una gran realidad, la concordia fue posible, producto de una buena actuación de muchos, es verdad que hay nombres y apellidos muy singularmente ubicados en esa coyuntura histórica, que por su interacción de manera tan diversa, tan crucial, permitieron, facilitaron, provocaron y acogieron en una gran representación, como lo habéis transmitido aquí, pero en un gran ejercicio de responsabilidad histórica ante el futuro, ante una sociedad muy vital, muy dinámica, muy ansiosa de cambio y necesitada de cambio y también que recordaba muy próximamente, aunque ya hacía mucho tiempo, una gran tragedia, como fue la guerra civil.
Mal haríamos si entendiéramos el consenso de la transición como el fruto de una irrepetible excepción histórica, es verdad que para muchos se daban elementos de excepcionalidad, pero yo creo que no es así en el sentido de que quiero pensar que en ese momento, al menos la energía de ese momento, el espíritu de ese momento, permanece o debe permanecer en todos nosotros, en el conjunto de la sociedad española y conocerla, conocer ese espíritu, sustanciarlo con la contemporaneidad, tenerla siempre presente y aplicarla a nuestro día a día, puede servirnos sin duda para atender la sabia advertencia de Alexis de Tocqueville, que escribía, cuando el pasado ya no ilumina el futuro, el espíritu camina en la oscuridad.
Así que cuando estudiemos el tiempo de la transición, no lo hagamos llevados por la nostalgia, no es buena compañera, ni por el afán de idealizarlo, aunque algunos mitos sean necesarios y positivos, ni por un academicismo estéril que se agota en sí mismo. Estudiémoslo porque nos es útil aquí y ahora, porque contiene algunas claves muy importantes de lo que somos, de lo que somos como país, como sociedad y de lo que podemos hacer todos juntos.
Y porque por encima de las consideraciones históricas, ese tiempo comparte una valiosa cualidad con nuestro presente y con nuestro futuro. Nos invita, 50 años después, a seguir caminando unidos, a proyectar ese gran éxito colectivo que fue aclamado, estudiado y referenciado por lugares tan dispersos culturalmente y políticamente en el mundo y que debemos valorar, a medida que pasa el tiempo, aún con mayor gratitud por aquellos que fueron protagonistas y nos legaron ese inmenso legado político, social, para el futuro.
Sigámoslo sustanciando, sigámoslo haciéndolo vigoroso, vital, y que siga contribuyendo a que seamos un país de vanguardia, que seamos un país que en el seno europeo y con esa mirada tan especial hacia América Latina, sea un país que contribuya al concierto de las Naciones y al progreso de la Humanidad.
Muchas gracias.