Gracias, Presidenta, por convocar este acto, sencillo, pero de gran significado y no exento de emoción, que rememora una parte de nuestra historia política ─no tan lejana y sin duda nada ajena─, en la que se empezaron a poner los cimientos principales de lo que hoy es nuestro Estado Social y Democrático de Derecho en forma de Monarquía Parlamentaria y constitucional. Y gracias a todos los que han querido participar con valiosos testimonios o estar presentes.
Aquí unos fueron protagonistas, copartícipes, líderes y representantes del conjunto de los españoles…, los demás apenas fuimos testigos, luego herederos y hoy continuadores de aquellos comienzos. Por eso, como integrante de este 2º grupo, me siento muy honrado al clausurar esta “sesión académica” sobre la Corona y el tránsito a la Democracia. Celebro, además, que haya tenido lugar aquí, en el Congreso, donde se encarna la idea de España reunida.
Aquí hemos dado forma a nuestros derechos y libertades, al estado de derecho, a la idea misma de ciudadanía. Con la pluralidad, con el contraste de ideas, con el debate ─a veces bronco y acalorado─ se ha construido el gran edificio de la democracia española.
Este Congreso está en nuestro imaginario colectivo (incluso con las marcas visibles de los que intentaron descarrilar nuestro gran proyecto en sus primeros años); forma parte de nuestra vida. Y entenderán que esa profunda sensación de afecto, de pertenencia, siendo común a todos los españoles, sea especialmente intensa en quien tiene la gran responsabilidad y el inmenso honor de ostentar la Titularidad de la Corona.
Quevedo decía que “las palabras son como monedas: una vale por muchas como muchas no valen por una”. Y el término que define nuestra forma de gobierno es, precisamente, el de “monarquía parlamentaria”. A veces, con el uso, las palabras se vuelven tan familiares al oído que tendemos a dar por ya conocida su sustancia.
Así que quisiera dedicar estas mías, en la clausura de este coloquio, a una brevísima reflexión sobre ese término, “monarquía parlamentaria”.
Empezaré por la palabra “monarquía”. Entenderán que, acogiéndome al principio académico de no incluir en la definición la palabra definida, no les hable de ello en primera persona. Así que acudiré ─y pido perdón por la licencia─ a algunas de las definiciones que he conocido de los más jóvenes, de los niños que participan en el concurso de la Fundación FIES que ya va por sus 45 ediciones y se titula “Qué es un rey para ti”, y que encierran una visión intuitiva ─también valiosa─ de la institución y de su papel. Unos ejemplos:
Dice Aldara: “la Corona es equilibrio y unión”. Y dice Sofía: “La Corona es muy importante por su labor continua de conciliación”. Y Marta explica que “los puentes unen”, y que por eso ella imagina que la Corona “tiene un papel semejante a los constructores de puentes”.
Puentes, equilibrio, continuidad, conciliación… son palabras que, en efecto, tienen mucho que ver con la labor de la Corona; y también con el trabajo de su Titular, que es, para Javier, “un punto de encuentro para todos”; y para Sion es “un faro”; y para Laia es “el tronco de un árbol” y, para Emma es “un paraguas”.
Paso ahora al término “parlamentaria”. “Somos nuestra memoria”, decía Borges; y la memoria ─la memoria de todos─ ha hecho que la monarquía sea indisociable del lugar en que radica la razón primera y última de nuestro régimen de libertades.
Porque fue en este Congreso donde ─mañana hará medio siglo─ tuvo lugar la Proclamación del Rey JCI, que abría una nueva etapa en nuestra historia; donde, al alcanzar la mayoría de edad, juré yo mismo guardar y hacer guardar la Constitución. Donde me comprometí a entregar mi vida y mis mejores esfuerzos a España y a los españoles, el día de mi propia Proclamación como Rey, y hablé de una monarquía renovada para un tiempo nuevo; y donde, al cumplir 18 años, prestó la Princesa Leonor el juramento constitucional como princesa heredera, asegurando la continuidad de la Corona, en el marco de nuestra convivencia democrática.
Lo curioso de todos esos recuerdos es que, reflejando hechos pasados, nos hablan, sobre todo, de presente y futuro. Explican el hoy y el mañana de una España plural, integradora, solidaria, orgullosa, dinámica; de un país que es de todos y para todos; una nación de historia antigua y espíritu joven que trabaja cada día por abrirse al mundo, por caminar al paso de los tiempos, por ofrecer la mejor versión de sí misma.
En definitiva, de todas las enseñanzas que en esta Casa se contienen, tal vez la más importante sea esta: la España democrática, antes incluso que un país, un pueblo o un territorio, es una idea. Una idea hermosa que encarna lo mejor de lo que somos; aquello a lo que aspiramos; la suma de nuestros sueños, anhelos e ilusiones; una idea a la que merece la pena entregar todos y cada uno de los días de la propia vida. Y la Corona, ténganlo por seguro, estará siempre a su servicio, porque en ese servicio radica su propia razón de ser.
Muchas gracias.