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Palabras de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias en la sesión de apertura del Congreso de Academias Jurídicas Iberoamericanas

Madrid, 10.10.1996

C

​omo heredero de la Corona, y también como conocedor del Derecho y de su relevante función organizadora de nuestra convivencia colectiva, es para mí un honor presidir éste significativo acto que contribuye, aún más si cabe, a unirnos en la entrañable comunidad de los pueblos iberoamericanos.

No hace falta más que asomarnos, tan siquiera levemente a la conferencia inaugural pronunciada por el Doctor Luján, para  percibir el acierto de vuestra pretensión.

Este Congreso continua una tradición de cooperación que inició la Real Academia que hoy nos acoge hace más de cien años, y que se ha mantenido felizmente durante este siglo, reiterando el compromiso con la justicia, entendida como valor supremo y pauta de comportamiento entre los ciudadanos y los pueblos, que es característica de nuestra cultura común.

En el ámbito más concreto del Derecho positivo, nuestra relación hunde sus raíces en el notable influjo que la técnica jurídica de los históricos cuerpos legales españoles y portugueses han tenido en la elaboración de esa imponente construcción que es hoy la suma de los Derechos de los países de Iberoamérica.

Estoy seguro de que esos ordenamientos jurídicos, con sus características propias y sus diferencias específicas con el nuestro, seguirán encontrando grandes aliados en el Derecho Español y en sus Academias de Jurisprudencia y Legislación, ayudando, sin duda, al mutuo enriquecimiento de nuestros respectivos sistemas y a confirmar el papel relevante que en ellos corresponde a la persona humana y sus derechos fundamentales como centro de la norma y de la tutela judicial.

Vosotros sabéis mejor que yo, señores académicos e ilustres juristas aquí congregados, que hoy se está produciendo el tránsito de una cultura jurídica formalista a otra humanista. De ahí la importancia que, desde el corazón mismo de la cultura jurídica de Occidente, se otorga a los derechos humanos, esto es, aquellos que todo hombre tiene por su dignidad como persona.

Es este un nobilísimo empeño que debe conjuntar los mejores esfuerzos de todos los juristas, precisamente para hacer más humana la realidad social.

Todos esperamos que este Congreso, que hoy reúne a las Academias Jurídicas Iberoamericanas, las de ambas orillas del Atlántico, contribuya a impulsar ese objetivo, que es una meta ciertamente prioritaria, pues nada coopera con más eficacia a la causa de la paz y la estabilidad que el respeto a ese núcleo de valores fundamentales en los que la Justicia se encarna.

Muchos de vosotros os dedicáis a la docencia y a la enseñanza en las Facultades de Derecho, en cuyo ámbito yo mismo me formé jurídicamente. Otros hacéis del derecho vivo y de la práctica jurídica vuestro quehacer diario. Unos y otros tenéis una gran responsabilidad: formar a las jóvenes generaciones en el respeto a las leyes, así como ayudar a los legisladores en su difícil tarea de alumbrar normas cada vez más armónicas desde el punto de vista técnico-formal y cada vez más justas en sus perfiles de fondo.

Las conferencias y foros de este Congreso van a tratar temas muy diversos, unidos por el común denominador de una tradición jurídica que juntos profesamos. Estoy convencido de que vuestra preparación y erudición y el diálogo basado en el intercambio de vuestras respectivas experiencias garantizan el éxito de estas sesiones.

Es de resaltar que éste Congreso finaliza el día en que se celebra en América y España la fecha del descubrimiento de ese Nuevo Mundo al que la vieja Europa contempla con admiración y afecto. Una coincidencia significativa, pues hace realza también al Derecho como formidable instrumento de unión entre nuestros pueblos.

Permítame señor Presidente, felicitarle por la iniciativa de este Congreso de Academias Jurídicas Iberoamericanas, al que deseo unos frutos llenos de madurez y cuyos trabajos, con especial satisfacción, declaro ahora abiertos.

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