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Palabras de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias en la cena ofrecida por el Primer Ministro de la República Francesa en el Palacio de Asuntos Exteriores

París, 01.10.1996

E

​s para mí un honor dirigirme esta noche a todos ustedes y deseo agradecer muy especialmente al Sr. Primer Ministro y a la Sra. de Juppé su amable invitación a esta cena.

Acudo a Francia, en visita oficial, por primera vez. Al hacerlo, cumplo al tiempo con una vieja tradición de amistad, a través de la cual nuestros dos países han ido tejiendo una historia densa de acontecimientos, que ha nutrido el fondo común de la relación franco-española.

No falta en esta tradición, la relación entrañable de mi familia con Francia, y con París en particular. Deseo evocar por ello, las frecuentes visitas de mi bisabuelo Don Alfonso  XIII y las más recientes de mis padres, los Reyes de España. En todas las ocasiones, el recibimiento dispensado dejó siempre una viva huella en el ánimo de mis predecesores.

Señoras y Señores,

La historia fluye, como las generaciones de hombres y mujeres que la forjan. Por ello nuestra atención primordial debe centrarse en el futuro. Así, como representante de las nuevas generaciones de España, he venido a Francia, por invitación del Presidente de la República, para conocer la realidad de un país a cuyo futuro está indisolublemente ligado el de España, y también el de Europa.

Durante estos días he tenido ocasión de trabar conocimiento con las realidades francesas de hoy. Con la grandeza de sus instituciones parlamentarias en la Asamblea Nacional y el Senado, con el esplendor de su patrimonio en el Louvre, con el vigor de sus instituciones universitarias en la Sorbona, con la vitalidad de sus empresarios, ó con la inquietud de sus centros de ciencia en el Instituto Pasteur. En todos y cada uno de estos lugares he visto imaginación, esfuerzo y confianza en el futuro: una sociedad que, desde la caudalosa experiencia de los siglos, se moviliza para responder, con altura de miras, a los desafíos que el mañana de nuestras naciones y de Europa plantea.

Estos desafíos son inmensos. Europa es hoy, más que nunca, una obra en construcción porque así lo han querido sus protagonistas: los ciudadanos. Todos comprendemos que la tarea es difícil y se producen inevitables y lógicas tensiones. La juventud está especialmente sensibilizada ante estos tiempos de cambio y muy especialmente ante las perspectivas de un empleo seguro y estable.

Europa debe y puede responder a las preocupaciones de sus ciudadanos. Sin embargo cometemos un serio error si nuestro interés no es capaz de ver más allá de nuestras fronteras. Hay una vigorosa realidad en esos pueblos próximos llamados a integrarse en la Unión Europea, sin olvidar a los países desfavorecidos del Tercer Mundo a los que Europa se acercó en el pasado y no puede ignorar en el presente. Europa, en fin, no puede abdicar de la ambición que le es propia, y su voz debe ser escuchada en las grandes cuestiones que preocupan a la humanidad en este fin de siglo. No debe faltarnos ni la voluntad de conciencia, ni la voluntad de descubrimiento, en suma, del espíritu de aventura y riesgo que caracteriza a la juventud.

Señoras y Señores:

La conciencia a la que aludo es precisamente la que nuestros países, Francia y España, deben mantener alerta. Europa se construirá sobre la originalidad fecunda de los pueblos que la integran. Y este esfuerzo creador debe articularse desde el conocimiento de la Historia, y aún diría reconocimiento, de los valores de los que cada nación es portadora; del privilegio que supone para todos nosotros un sistema de valores compartidos. En esta tarea, la responsabilidad que incumbe a las nuevas generaciones es irrenunciable.

El entrelazamiento de la realidad franco-española de hoy es ya, sin duda, extraordinario. Francia y España comercian entre sí intensamente. Sus pujantes regiones cooperan de modo cada vez más estrecho y permiten ese primer contacto en el que se afirman los intercambios profundos. Sus gobernantes se visitan con regularidad y se conocen. Sus Administraciones trabajan en equipo en numerosos ámbitos de interés mutuo y confío en que esta estrecha cooperación pueda todavía reforzarse.

Es preciso también que las generaciones más jóvenes sean empujadas a tejer entre sí una red de intereses y aspiraciones compartidas. La cultura, la cooperación, la ciencia, la lengua o la economía son, entre otras, plataformas del encuentro generacional. Los poderes públicos tienen ante sí una gran tarea para estimular dicho acercamiento recíproco. También la llamada "sociedad civil", ese conjunto de instituciones, asociaciones o grupos intermedios que nutren las solidaridades sectoriales, ya sea en el campo del voluntariado, la lucha contra la droga, la colaboración técnica y científica, el turismo o la cultura.
Señoras y Señores:

Los jóvenes, más que nadie, comprenden bien la necesidad de la renovación. Con esa ilusión y con esa convicción, me dirijo a Vds. esta noche. Francia y España tienen aún un largo camino por delante para intensificar el contacto entre sus ciudadanos, y así forjar de un modo sólido la relación futura entre nuestros países. Tenemos hoy necesidad de un esfuerzo comprometido que permita, por fin, hacer realidad la ambición del hispanista francés Fernand Braudel de unos Pirineos que sirvan, a la vez, como puertas en los dos sentidos.

Muchas gracias.

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