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Palabras de Su Majestad el Rey en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos

EE.UU.(Washington), 24.02.2000

S

eñores Senadores,

Señores Congresistas,

Señor Director de la Biblioteca del Congreso.

Señoras y Señores,

La oportunidad que me ofrecen ustedes de hablar hoy en este solemne e histórico edificio, bajo la cúpula que atesora tanto saber humano, me llena de profunda satisfacción.

Los libros que nos rodean son formas codificadas del recuerdo, de la experiencia de lo mejor que el hombre ha hecho en su paso por este mundo. Este es un lugar que invita, sin duda alguna, a la excelencia, a aprender del pasado, a proyectar el mañana con esperanza y con energía. Estamos aquí ante la historia, ante el pasado que ha llegado hasta nosotros para iluminarnos con su calma y su profundidad.

Permítanme por ello en primer término que rinda homenaje a quienes, allá en los inicios de la joven nación norteamericana, hicieron compatible su apasionada lucha por establecer fórmulas de poder más justas que las entonces comúnmente aceptadas, con una amplísima ansia de saber, con una sed permanente de nuevos hallazgos y descubrimientos científicos.

George Washington, Thomas Jefferson y Benjamin Franklin fueron en este sentido tres arquetipos de quienes asentaron los cimientos de los nacientes Estados Unidos de América no sólo sobre ideales de libertad y democracia auténticamente revolucionarios para su época, sino también en torno a ese acicate que supone la búsqueda permanente del más allá científico.

Fueron ellos los principales responsables de que las trece primitivas colonias, una vez lograda la independencia, no se contentaran simplemente con dar continuidad al modelo de sociedad rural que las conformaba. Desde el principio les inculcaron con su propio ejemplo de enciclopedistas ávidos de nuevos conocimientos, esas características que me parecen aún las más notables y permanentes de esta gran nación: el afán científico, el atesoramiento del saber, la constante expansión, el empuje de las siempre cambiantes fronteras de la mente humana.

No es de extrañar así que el liderazgo de Estados Unidos en estos comienzos del nuevo milenio, se asiente precisamente en la gran ventana científica y tecnológica a la que les ha llevado ese afán descubridor que les infundieron sus Padres Fundadores.

En la vida de los pueblos, surgen a veces grandes oportunidades históricas que es necesario saber aprovechar. A España le cupo el honor y la gloria de haber sido la nación que con el descubrimiento de 1492 y la posterior empresa colonizadora, puso las bases para que surgiera esa comunidad de naciones que, desde ambas orillas del Atlántico, comparte hoy unos mismos valores humanos y políticos.

Los españoles de finales del S. XV y principios del XVI supieron sumarse activamente a los grandes movimientos políticos, sociales y científicos de su época y, en muchas ocasiones, liderarlos. De igual manera, la España de los albores del S. XXI, aspira a jugar un papel destacado en esta época en que, de nuevo, asistimos a grandes transformaciones. Motivadas por el progreso tecnológico y científico y por un extraordinario cambio en el escenario político internacional, estas transformaciones alumbran un nuevo siglo que nace bajo el signo de la globalización.

En los últimos años del Siglo XX, hemos asistido a la desaparición del esquema bipolar, que desde el final de la II guerra mundial mantenía el mundo dividido en dos bloques.

Aunque es pronto para aventurar un juicio histórico, podemos sin embargo afirmar que este fenómeno ha contribuido extraordinariamente a acelerar el proceso de globalización, al permitir una mayor integración de las economías y al ser cada vez más libre la comunicación entre los pueblos.

A ello ha contribuido también el gigantesco salto adelante que han dado en los últimos años las tecnologías de la comunicación y la información. En un mundo cada vez más integrado e interdependiente la Nueva Economía es una realidad cotidiana.

Pero los grandes progresos de la ciencia y la tecnología de los últimos tiempos, la buena marcha de las economías de nuestros respectivos países, no deben hacernos olvidar que una parte importante de la población mundial vive en la pobreza.

La globalización, el fenómeno de la Nueva Economía, se sustentan sobre la base de los principios del libre comercio y la libertad del mercado. Debemos apoyar estos principios pues son la base de la prosperidad económica de los pueblos, pero debemos también velar por hacerlos compatibles con los valores que todos compartimos, y que alcanzan su máxima expresión en el respeto a los derechos, a todos los derechos fundamentales de las personas y, entre ellos, a unas condiciones de trabajo dignas.

En este nuevo contexto internacional, los españoles miramos con especial interés hacia Europa y el Atlántico. Después de años de alejamiento, España vuelve a estar inmersa en el acontecer político de Europa.

La adhesión a la Unión Europea, constituyó un punto de inflexión determinante en la historia reciente de mi país. En un breve espacio de tiempo los españoles realizamos un extraordinario esfuerzo para adaptar todo el entramado económico, industrial e incluso social de España a las normas del nuevo entorno en que habíamos elegido vivir.

Podemos afirmar, y como español me siento orgulloso de ello, que ese esfuerzo se ha visto coronado por un notable éxito. España es hoy en día un país abierto y moderno, con una sociedad plural, ambiciosa y pujante, que encara el futuro con optimismo y aspira a jugar un papel protagonista en el concierto de las naciones desarrolladas.

Precisamente porque somos conscientes del enorme efecto positivo que la adhesión a la Unión Europea ha tenido para nuestro país, los españoles fuimos desde el primer momento decididos partidarios de la ampliación a los países del Centro y Este de Europa.

Los europeos tenemos ahora la oportunidad y la obligación de incorporar al ambicioso proyecto que estamos construyendo a aquellos países que por circunstancias históricas injustas habían quedado aislados del que siempre fue su entorno político, económico y cultural. La posibilidad de extender hacia el Centro y el Este de Europa el respeto a unos valores compartidos por todos y el progreso económico de sus pueblos es la mejor garantía de paz y estabilidad para el futuro de nuestro continente.

Pero España, además de un país europeo, ha sido históricamente un país atlántico. Nuestra historia está íntimamente ligada a ese Vínculo Transatlántico que une las dos orillas. La unidad europea no se puede construir al margen ni en detrimento de la relación con los Estados Unidos. Hoy, como en el pasado, la relación transatlántica debe constituir uno de los ejes fundamentales de nuestra relación internacional.

La vocación atlántica de España no se limita al hemisferio norte. Como es natural, España se siente especialmente vinculada a todo lo que acontece en Iberoamérica, región que presenta hoy en día unos resultados muy alentadores tanto en su progreso político como en el terreno económico, pero que sigue teniendo todavía muchos problemas que resolver, como son la pobreza y la desigualdad social.

El alto grado de interrelación que existe entre los pueblos ibéricos de ambos lados del Atlántico no se puede explicar solo por el dilatado período de tiempo en que estos formaron una única nación. Una vez que los países que hoy conforman lo que llamamos Iberoamérica alcanzaron la independencia, se mantuvo un estrecho vínculo entre nuestros pueblos. Vínculo que hoy sigue muy vivo, como lo demuestra nuestra activa participación en iniciativas como las Cumbres Iberoamericanas, el impulso a las relaciones de la Unión Europea con esos países y la decidida apuesta que el empresariado español está haciendo por el futuro de Iberoamérica.

Pero hoy en día el mundo hispánico desborda los límites de lo geográfico y lo político para convertirse en un fenómeno de primera magnitud, que cobra especial importancia también en los Estados Unidos.

La comunidad Hispana en este país se hace cada vez más presente. Esta presencia no se debe únicamente a su fuerte crecimiento demográfico, sino que constituye un fenómeno de grandes repercusiones sociales y políticas por el cada vez mayor protagonismo de los individuos que la componen.

Estados Unidos no puede olvidar que la Unión se hizo también con los Estados del Sur. Con Estados en los que la impronta hispana estaba y está plenamente arraigada en su población. En una palabra, el mundo Hispano es una parte integrante de la Historia de los Estados Unidos.

Permítaseme citar aquí las palabras de un ilustre norteamericano. El Presidente Kennedy, en un discurso pronunciado en 1961, dijo lo siguiente: Desgraciadamente, demasiados americanos piensan que América fue descubierta en 1620, cuando los peregrinos vinieron a mi Estado, y olvidan la inmensa aventura del Siglo XVI y comienzos del XVII en el Sur y Suroeste de los Estados Unidos.

Tal vez las palabras del Presidente Kennedy no responderían hoy ya a la realidad. Estoy seguro de que esa comunidad hispana a la que me he referido, cada día más pujante y más influyente, velará por hacer justicia ante sus compatriotas norteamericanos a la enorme labor colonizadora que sus antepasados de los Siglos XVI y XVII desarrollaron en lo que hoy son los Estados del Sur y Suroeste de este país.

Nos encontramos en la Biblioteca del Congreso, que tiene una importantísima sección española. Es éste, pues, buen lugar para recordar que, en el territorio hoy norteamericano, cabe decir que se produjo el encuentro entre dos grandes vectores culturales: el venido del Norte de Europa, anglosajón, y el procedente de la cultura mediterránea, que pudiéramos llamar latino e ibérico.

Es precisamente en la colaboración y ayuda de esta noble institución de la Biblioteca del Congreso, en la que centro mis mejores ilusiones de ver implantarse pronto una nueva visión del papel histórico de España en la creación y formación de la personalidad y de la nación norteamericana.

La reconocida autoridad académica de la Biblioteca, los nuevos métodos informáticos que multiplican al infinito la capacidad de difusión de sus fondos bibliográficos y documentales, así como sus proyectos de colaboración con las grandes bibliotecas de nuestro país, son nuestra mejor garantía de éxito.

Señores Senadores, Señores Congresistas, conocer bien nuestro pasado nos permitirá abordar mejor nuestro futuro.

En 1840, Alexis de Tocqueville, en su obra La democracia en América, escribía: América es un país de maravillas, todo allí está en constante cambio, y todo cambio parece progreso.

Estamos en el primer año de un nuevo siglo, vivimos épocas de grandes cambios. Mantengamos el espíritu que Tocqueville veía en los americanos del siglo XIX y hagamos que todo cambio sea progreso, de manera que sean una realidad las palabras con que el ilustre francés describía a aquellos americanos: el hombre no parece tener límites naturales a su esfuerzo; a sus ojos, todo lo que no se ha alcanzado ya, es porque aún no lo ha intentado.

Muchas gracias.

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