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Palabras de Su Majestad el Rey al Presidente de la República francesa Valéry Giscard d'Estaing y al pueblo fracés

Madrid, 28.06.1978

S

eñor Presidente, la Reina y yo nos sentimos hoy especialmente felices por tenerle aquí entre nosotros, con la señora de Giscard d'Estaing. Nuestra satisfacción personal se acrecienta al saberse compartida por todos los españoles que valoran, en su verdadera dimensión, la importancia de esta visita.

Vuestra presencia confirma un claro propósito de leal cooperación entre nuestros pueblos que permita acciones conjuntas. Si tenemos muchas raíces comunes en el pasado, el futuro nos hace sentirnos aún más solidarios. Nos une nuestro origen, pero me atrevería a decir que, aún con mayor fuerza, nos une también nuestro común destino de europeos. Porque Francia y España se sienten hoy más próximas que nunca y, sobre todo, desean laborar juntas a favor del entendimiento de Europa y de todos los países del mundo.

Los Pirineos, tantas veces evocados como símbolo del estado de nuestras relaciones, nos ofrecen el mensaje de fraternidad que un poeta español, Ramón de Basterra, les atribuyó certeramente, al decir que la cordillera tiene la misión histórica de hermanar a los pueblos pirenaicos, prolongando el ritmo de occidente y la vigilancia de sus valores humanos.Nuestra historia que, en buena parte, es una historia común, está esmaltada por valiosas aportaciones al patrimonio de toda la humanidad. Europa aprendió a andar con el camino de Santiago cuando el románico era el arte de la unidad. Desde los cantares de gesta y las leyendas caballerescas hasta los entronques dinásticos y las empresas comunes en Europa y ultramar, hay un rico caudal de aventuras y saberes que estuvieron alimentados por el sentido ecuménico y la vocación universal de nuestros pueblos.

Del mismo modo que la alianza de Carlos V de Francia con Enrique II de Castilla establecía una triple relación: de rey a rey, de reino a reino y de pueblo a pueblo, tenemos que esforzarnos en nuestro tiempo para que franceses y españoles acertemos a cultivar una conciencia común al servicio de unos intereses que no sean privativos nuestros, sino que puedan sentirlos como propios todos los pueblos.

En esta tarea aparece como primera exigencia la colaboración sincera para la construcción de Europa. Si Europa nació una nochebuena en el sueño anticipador de Carlomagno, triste es recordar que algunas noches malas cayeron sobre ella y sus hijos. Sobre esta tierra purificada por tanto dolor y sufrimiento, hemos de hacer que florezca el árbol de la unidad. Decía Montesquieu que l'Europa n'est qu'une nation composée de plusieurs. (Versión castellana: Europa no es sino una nación compuesta de varias). Y resulta evidente que bajo la divisa de los distintos Estados existe una misma identidad europea que las nuevas generaciones reconocen como algo natural.

Europa, sin España, quedaría incompleta, como una sinfonía inacabada. Nos sabemos, sentimos y queremos europeos. Europa es nuestro futuro, un futuro quizá lejos aún de la perfección, pero por ello mismo, atractivo y, sin duda alguna, irrenunciable.

Y esta España, joven y renovada, vital y moderna, que con acrecida ilusión ha conquistado, serenamente, el democrático ejercicio de su libertad, cree en su positiva contribución al equilibrio y la armonía de Europa y en la eficacia de su presencia activa en los actuales órganos comunitarios, aun cuando es evidente que habrán de superarse para ello las normales dificultades técnicas.

La tarea que se abre ante nosotros es en verdad ingente. Como primer objetivo, esa colaboración decidida a la construcción de Europa, tantas veces intentada, y casi lograda a nivel de los pueblos con el latín, el derecho, el gótico, el pensamiento y la cultura, pero nunca plenamente conseguida. Construcción europea que sólo un común sentimiento de libertad con justicia podría realizar en nuestros días, si acertamos a superar la inercia de los intereses particulares para acomodarlos en el marco general del interés común de los europeos, si logramos responder a las expectativas de los hombres y los pueblos del continente en orden a una nueva sociedad más justa, más solidaria y más libre e independiente, si sabemos conciliar nuestros esfuerzos, para oponernos con decisión las acciones terroristas de quienes atentan contra la libertad o la vida de las personas y destruyen obras de arte, sin comprender que la violencia no constituye jamás la solución de los problemas del mundo en que vivimos.

El proyecto no es fácil de realizar, pero anima a intentarlo la convicción de que, como dijera Paul Valery, el hombre europeo no se define por la raza, ni por la lengua, ni por las costumbres, sino por las aspiraciones y la amplitud de la voluntad.

La edificación de esa Europa unitaria, animosa e integrada ha de hacerse con piedra limpia, es decir, con orden y justicia, para que sea tan sólida en sus cimientos como audaz en su altura. Para ello necesitamos un paisaje en paz que garantice la seguridad en el trabajo y el estudio. Europa vive bajo el acecho de amenazas y necesita vivir en paz, en la paz fecunda y dialogante de una convivencia fraterna que reparta con justicia, responsabilidad y riquezas, derechos y deberes.

Otro objetivo primordial es la seguridad colectiva. Estamos lejos de poseer un sistema racional de seguridad, y no parece próxima la superación del enfrentamiento polarizado que tan graves peligros lleva consigo, tanto por su propia dinámica como por la frecuencia con que tiende a globalizar los conflictos locales o a crear otros nuevos para asegurarse posiciones de influencia.

Junto a este peligro, y en parte como consecuencia del mismo, advertimos también las persistentes dificultades con que tropieza el universal anhelo de los pueblos por un desarme efectivo. No debe perderse de vista, por otra parte, que desarme, seguridad y desarrollo económico equitativo son cuestiones íntimamente enlazadas, que deben tratarse unas en función de otras y nunca una de ellas en detrimento de las demás.

Este principio orienta nuestra acción y nuestro esfuerzo para el período inmediato, conscientes de la responsabilidad que hemos asumido al ofrecer nuestra capital como sede para la próxima sesión de la Conferencia para la Seguridad y la Cooperación en Europa, que tendrán lugar en 1980.

Los derechos humanos, su defensa y su protección eficaz, son uno de los objetivos que reclaman el vigilante cuidado de los países amantes de la paz. Francia, que en este como en tantos otros campos fue precursora, hace ya casi dos siglos, y España, creadora de una legislación humanitaria desde el comienzo de su presencia en el nuevo mundo, tienen hoy una misión que cumplir en esta esfera, contribuyendo al perfeccionamiento y al desarrollo adecuado de los medios que la comunidad internacional ha de poner al servicio de tan alta finalidad.

Otros ámbitos de interés común requieren igualmente nuestra atención. Empezando por lo más ligado a nuestra historia y más cercano en la geografía, ahí está el área mediterránea, de tan hondas resonancias culturales, donde Francia y España han de esforzarse por aliviar tensiones. Ahí está emergiendo entre sueños y disputas, buscándose a sí mismo, el continente africano, al que con todo respeto y generosidad tendríamos que brindar ayudas y recursos, técnicas de paz y propósitos de honesta colaboración.

España se siente europea, pero no olvida nunca, por su parte, que en la otra ribera de nuestro Atlántico -y lo digo con especial entonación de cariño- está Iberoamérica. Y ningún español puede sentirse completo hasta que ha pisado América, donde en tantas cosas nos reconocemos.

Si el campo de nuestros intereses comunes es amplio y diversificado, otro tanto podemos decir cuando pensamos en las posibilidades que se ofrecen al desarrollo de nuestras relaciones bilaterales. Y sea en la esfera económica y comercial, en la que tan importante es el nivel de nuestros intercambios, ya se trate de proyectos de cooperación técnica e industrial, es mucho lo que se puede hacer, con un estudio en profundidad y una ordenación de prioridades que tenga en cuenta el conjunto de nuestras relaciones y la estrecha dependencia que existe entre sus diversos aspectos. Las consultas frecuentes y la acción concertada, con la mira puesta en objetivos ambiciosos de colaboración no podrán dejar de rendir frutos en beneficio de los dos países, con efectos igualmente favorables en nuestro contorno europeo. Conviene que nuestros pueblos profundicen aún más en su conocimiento mutuo, que el estudio de las respectivas lenguas se intercambien, que nuestras culturas, cuya recíproca influencia ha sido siempre un factor de enriquecimiento para ambas, continúen intensificando esa íntima transfusión, como corresponde a dos pueblos a quienes la naturaleza y la historia han colocado tan próximos.

Al augurar a la nación francesa un porvenir digno de su pasado glorioso, levanto mi copa por el futuro de las relaciones entre ambos países, por la ventura personal del Presidente de la República y de su distinguida esposa, cuya amistad personal tanto nos honra, y por el bienestar y la prosperidad de todo el pueblo francés.

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