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Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad académica al ser investido doctor "honoris causa" por la Universidad de San Marcos

Perú(Lima), 24.11.1978

S

eñor Rector de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, autoridades académicas, señores profesores, señoras y señores, el honor que me hacéis al nombrarme Doctor Honoris Causa por esta gloriosa Universidad de San Marcos de Lima, tiene en este caso una significación particular, que va más allá de una distinción académica. Permitid que intente explicar lo que siento al recibir esta investidura.

Sólo catorce generaciones genealógicas me separan del primer monarca de esta ciudad de Lima, el Emperador Carlos V, Carlos I de España, en cuyo reinado fue fundada en 1535. Largo tiempo para la historia del mundo, y para la historia del Perú. Pero muy breve si se piensa que las palabras que os dirijo hoy se pronuncian en la misma lengua que la del Acta Fundacional de esta bella capital, y que podían entenderlas todos los peruanos que, desde su creación, han pasado por la Universidad de San Marcos.

Se inició entonces una comunidad espiritual que no ha hecho más que dilatarse, que perdura hoy, que promete continuar en un horizonte ilimitado; una comunidad políticamente plural, constituida por pueblos libres e independientes, unidos por el lazo poderoso de la lengua común española y por una manera compleja, varia, matizada pero coherente de vivir y pensar.

Dos decretos imperiales de Carlos I, el mismo año 1551, establecieron las dos primeras universidades de las Américas: la de Lima y la de México.

No habían pasado más de dieciséis años desde la fundación de la Ciudad de los Reyes. Comprenderéis que comparta con los peruanos el asombro, más aún que el orgullo, que esto produce en cualquiera que posea sensibilidad histórica. Faltaban ochenta y cinco años para que se estableciese la primera universidad americana de habla inglesa, la ilustre Universidad de Harvard, fundada en Cambridge, Massachusetts, en 1633.Era Virrey del Perú don Antonio de Mendoza.

Tenía cuatro años Miguel de Cervantes. Solamente doce el Inca Garcilaso de la Vega, que había de morir en Córdoba el mismo año que el autor del «Quijote». Este admirable escritor, símbolo de la cultura del Perú renacentista, no renuncia a nada: ni a la lengua originaria materna, ni a la paterna española, que acaba de llevar a nuevas dulzuras el poeta toledano de su mismo nombre y familia, ni a la sabiduría de los «Diálogos de amor», de León Hebreo, que puso en castellano mientras componía los «Comentarios Reales».

Al año siguiente de la fundación de esta Universidad, en 1552, publicaba en Zaragoza Francisco López de Gómara su «Historia de las Indias». Estaba dedicada a mi lejano abuelo, y rezaba así: «A don Carlos, Emperador de romanos, Rey de España, señor de las Indias y nuevo mundo.»Son famosas sus palabras iniciales: «Muy soberano señor: La mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo crió, es el descubrimiento de Indias.»

Pero no suele recordarse lo que escribió más adelante.

Después de señalar la novedad de este mundo, su diferencia del antiguo, animales, plantas y tierra, «que no es pequeña consideración del Criador, siendo los elementos una misma cosa allá y acá», el historiador agrega estas palabras esenciales, enérgica proclamación de la igualdad humana, de la fraternidad de los hombres, sea cualquiera su raza: «Empero los hombres son como nosotros, fuera del color; que de otra manera bestias y monstruos serían, y no venían como vienen, de Adán.» «El trabajo y peligro, vuestros españoles lo toman alegremente, así en predicar y convertir como en descubrir y conquistar. Nunca nación extendió tanto como la española sus costumbres, su lenguaje y armas, ni caminó tan lejos por mar y tierra, las armas a cuestas.»

El puntual cronista cuenta la dramática, fecunda historia de sesenta años, llena de heroísmos y hazañas. López de Gómara siente orgullo y entusiasmo, pero añade severamente al final de su libro, con clara conciencia moral: «El mal que hay en ello es haber hecho trabajar demasiado a los indios en las minas, en la pesquería de perlas y en las cargas. Oso decir sobresto que todos cuantos han hecho morir indios así, que han sido muchos, y casi todos han acabado mal. En lo al paresceme que Dios ha castigado sus gravísimos pecados por aquella vía.»

Para superar esto, para que el Perú fuese en adelante un país ilustrado, una de las grandes porciones integrantes de lo que fue la Monarquía española, para que viviese en paz y creadoramente, para que se fuese constituyendo un gran pueblo de varias razas, unido a tantos otros en una maravillosa empresa común, cuya historia hay que contar cada vez mejor, para eso se fundó la Universidad de San Marcos, que hoy me recibe.

Imaginad mi emoción. Mis antepasados fueron los Reyes comunes de todos los pueblos hispánicos, que nunca fueron colonias de España, sino partes de ella, de su realidad plural. Hemos vivido cuatro siglos de historia común. Después, cada uno de los pueblos que habla esta lengua ha seguido su camino. Al producirse el reencuentro, nada puede resultarnos ajeno, justa consecuencia de ello es que en cualquiera de las naciones de vuestra comunidad me encuentro en casa, como vosotros os encontráis cuando llegáis a la más vieja de todas, a aquella en que nació, hace un milenio, esta lengua que es tan vuestra como mía.

Esta realidad que nos envuelve, más allá de la política, de los Estados, de los gobiernos, de los diversos intereses, es el primer factor de nuestras vidas.

Sean cualesquiera nuestras diferencias, estamos juntos. No somos una nación, ni una alianza, ni una coalición, ni un sistema de conveniencias económicas; menos todavía somos una raza en el sentido étnico de la palabra: somos un mundo. El mundo de la lengua y la cultura que hemos creado juntos desde hace largos siglos, que viene de Grecia, de Roma, de la tradición cristiana, de las aportaciones judías y musulmanas, de toda la riquísima historia originaria de América, fragmentada hasta que vino a unificarse con la que llegó de Europa, en una creación original y ya siempre inseparable, en mutua fecundación histórica.

Con este tesoro me encuentro al regir los destinos de España. Con el mismo fabuloso patrimonio común se encuentran todos los que forman parte de nuestro mundo.

Todo lo que cada uno de nosotros siente, piensa, dice, es inmediatamente significativo y despierta resonancia en un mundo variado, lleno de tensiones, de problemas, de promesas, habitado por doscientos cincuenta millones de hombres y mujeres. Pero este tesoro es a la vez una responsabilidad.

Como Rey de España, me siento obligado a velar por mi pueblo; pero como forma de vida, como comunidad cultural, no termina en nuestras fronteras nacionales, sino que se extiende hasta donde mi voz es entendida, hasta donde llegan los pueblos en que suena la misma lengua. No puedo ser verdaderamente Rey de España, si no pienso en los pueblos hermanos, porque todos participamos de algo que no es patrimonio exclusivo de ninguno, sino que poseemos en común.

Esta gran responsabilidad me hacéis sentirla todavía más agudamente al recibirme en esta Universidad. Porque la universidad significa el futuro y la continuidad histórica. Es el instrumento de transmisión de una cultura, el punto de encuentro y articulación de distintas generaciones, el lugar en que se proyecta inteligentemente el porvenir.

La Universidad de San Marcos viene de muy lejos, de más de cuatrocientos años atrás, y recoge la tradición medieval de la Universidad de Salamanca; pero es, primariamente, el hogar de la juventud peruana, en el que ha de formarse, equipada con saberes y destrezas, con disciplina moral, para el mundo complejo, difícil y fascinador hacia el que avanzamos.

Al ser miembro de vuestro claustro, al ser uno de vosotros, me parece cumplir lo que mi remoto abuelo Carlos se propuso en su cédula de fundación. Una de mis grandes ilusiones sería que pudieran reunirse los creadores de la cultura común de los pueblos de lengua española.

Quisiera que se pusieran a trabajar, en soledad y juntos, en nuestros temas compartidos; a enriquecer, desde la independencia y la libertad, esta gran cultura que significa una de las maneras principales de entender el mundo, de interpretarlo y expresarlo y pintarlo y cantarlo.

España sabe que, desde hace medio milenio, nunca ha estado sola, que nunca podrá estarlo; que sólo viviremos plenamente cuando lo hagamos como hermanos que no se disputan la herencia, sino que al gozarla juntos, la multiplican y la ofrecen al resto del mundo.

Esta es mi gratitud histórica. Esta es mi esperanza.

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