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Palabras de Su Majestad el Rey al Presidente de Ecuador Jaime Roldos y al pueblo ecuatoriano

Ecuador(Quito), 13.05.1980

S

eñor Presidente, como tantos otros viajeros, hemos llegado al Ecuador con el espíritu henchido de curiosidad, tal vez excitada por el enigma de una palabra que designa a la vez, con idéntica propiedad, un país y una línea imaginaria. Y, por breve que sea su permanencia entre vosotros, el viajero comprueba que esta curiosidad está plenamente justificada y que todo cuanto puede aquí contemplar viene a enriquecerle y mejorarle.

Entre las muchas maravillas que vuestra patria atesora, desde sus paisajes hasta la obra del hombre ecuatoriano, habéis de permitidme, señor Presidente, que mi atención haya quedado prendida en dos aspectos principales.

En primer lugar, la espléndida riqueza artística de vuestra ciudad, que supera incluso las noticias de ella recibidas.

Nadie puede quedar indiferente -y mucho menos si es español- ante las bóvedas, muros y retablos de las iglesias de San Francisco, de la Merced o de la Compañía, o ante las imágenes de la Virgen y de su Hijo, de los Santos y de los ángeles que adornan, coronados de plata, los paramentos de vuestras iglesias: en ellas, en los altares, los cuadros y los muros, una singular población celestial habita una penumbra que resplandece cuando se encienden los cirios de los templos o cuando la hiere un rayo del puro y fúlgido sol de los Andes.

El visitante español siente que se encuentra ante algo que también a él le pertenece y que es parte sustancial de su identidad nacional.

Se sabe que el cúmulo de belleza y armonía que cristalizó en las obras maestras de la escuela quiteña representa el fruto más noble de un rasgo americano al que llamamos mestizaje.

El mestizaje es, por supuesto, un hecho biológico y, como tal, significa la entrega mutua en un abrazo de amor; pero es, también y sobre todo, un hecho cultural y moral en cuya virtud una larga convivencia de siglos fundió en síntesis armónica las habilidades y las inspiraciones de quienes, nacidos en el viejo o en el nuevo continente, manejaron las herramientas artesanas para labrar la madera y la piedra, mezclar los colores y los tintes, modelar el barro y aplicar el oro.

Permitidme creer, señor Presidente, que la gran España histórica de la que unos y otros descendemos, enemiga siempre de todo racismo, puede sentirse orgullosa del mestizaje de los cuerpos y de los espíritus.

Por otra parte, la historia del Ecuador independiente ofrece numerosos puntos de contacto con la nuestra.

El militarismo en el gobierno, la pugna entre las convicciones conservadoras y las ideas liberales, los esfuerzos por una convivencia en libertad, el período autoritario de García Moreno y la revolución liberal de Eloy Alfaro encuentran sin duda cierta correlación con el siglo xix español, con la acción en él de políticos y de generales, con las guerras entre carlistas y cristinos y con la alternancia de períodos conservadores y liberales.

Sin embargo, señor Presidente, no deben ser los siglos pasados los que atraigan nuestra atención.

En este momento de nuestra historia, los pueblos ecuatoriano y español coinciden de nuevo en un afán compartido: el de consolidar sus sistemas democráticos casi recién estrenados y el de cumplir y desarrollar, para ello, sus respectivas Constituciones, promulgadas por cierto en el mismo año de gracia de 1978. Sabemos que la tarea no es fácil.

Nunca lo ha sido para un pueblo o para un gobierno el mantenimiento del equilibrio entre la libertad, la justicia, el progreso y el orden. Pero nuestros pueblos saben que vale la pena luchar por una democracia sin adjetivos, por una democracia a secas; porque ningún otro sistema político respeta como ella la dignidad del hombre, sujeto y objeto de toda política.

Nadie piensa hoy en una simple democracia formal propia de tiempos pasados, sino en un sistema político que permita la plena participación de todos sus ciudadanos en la elección de sus gobernantes y en la renovación necesaria de éstos; esta democracia sin adjetivos realizará la justicia según modelos propios de cada pueblo que tiendan al desarrollo integral del hombre y no a la mera satisfacción de su capacidad de consumo.

Señor Presidente, estas dificultades que acabo de enunciar serán vencidas mejor si los pueblos libres de la comunidad iberoamericana procuran trabajar juntos.

Estamos en una era de integración y debemos vencer las tendencias disgregadoras que se albergan en el pasado de cada una de nuestras naciones.

Mi gobierno contempla con especial simpatía todo paso que se dé hacia la unidad y la integración entre las naciones de su estirpe, entre los pueblos que constituyen la comunidad iberoamericana; por ello, recibió con agrado y con honra la invitación que le fue dirigida en Quito, en agosto del pasado año, por los señores Presidentes de las Repúblicas Andinas y por sus dignos representantes.

En virtud de ella, goza España la singular condición de ser el único país observador en el seno del Consejo Andino.

Recientemente, tuvimos el placer de recibir en nuestra patria a los cinco Cancilleres de vuestros países cuyo anterior encuentro había tenido lugar, también, en esta hermosa capital que el cóndor señorea con la majestad de su vuelo.

Dijisteis entonces, en nombre de los pueblos andinos, que sois poseedores de un pasado común y que os unen intereses comunes. Y añadisteis estas palabras: «Debemos aprender a hablar el mismo lenguaje y a caminar juntos forjando un camino propio y no ir por el arrebañado sendero donde tarde o temprano el degüelle será el sino fatal de nuestros pueblos».

La invocación a la unidad que estas palabras contienen corresponde, señor Presidente, a vuestra misma trayectoria política desde que surgisteis como candidato a la Presidencia de la República.

Vuestro sentido de estadista, puesto de relieve en la selección de vuestros objetivos políticos, se ha reforzado con el impulso que disteis al Grupo Andino durante la reunión a que acabo de aludir.

Pido a Dios que os ayude en el cumplimiento de la responsabilidad que el pueblo ecuatoriano os ha confiado.

Uno de los grandes hombres a los que los Monarcas españoles, mis antepasados, confiaron la construcción de la América hispana, reprochó en una ocasión a ciertos subordinados suyos, que no habían sido capaces de conquistar un volcán y explorar un cráter tan inaccesible como los que desde aquí admiramos; les condenó por no haber conseguido su objetivo «como si hubiese cosa en el mundo tan dificultosa que hombres de seso y esfuerzo no la puedan acabar».

Sepamos ser, señor Presidente, esos hombres de seso y esfuerzo que exige la altura del tiempo como lo exigieron antaño las alturas de los volcanes de los Andes.

Para que así sea, por vuestra felicidad personal y por la de vuestra dignísima esposa, por la prosperidad del pueblo ecuatoriano y por la ventura de vuestros invitados en esta noche, permitidme que os pida levantemos juntos nuestras copas.

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