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Palabras de Su Majestad el Rey al Papa Juan Pablo II

Madrid, 01.11.1982

C

omo Rey de España le damos la bienvenida al Sumo Pontífice Juan Pablo II, a quien con mayor afecto y respetuosa cercanía le llamamos el Padre Santo.

Uno de vuestros antecesores concedió en 1494 a mis antepasados Fernando e Isabel, primeros Reyes de la España única y entera, el título de Reyes Católicos, que han llevado desde entonces los monarcas de España.

Nuestro país fue llamado unas veces la Monarquía católica, otras, la Monarquía hispánica, y, con frecuencia también, las Españas. Vuestra Santidad ha visitado ya algunas de ellas. Ha visto las consecuencias de la evangelización española en América, en las Filipinas y en Africa, antes de llegar a la España originaria.

Me complace que haya sido así. «Por sus frutos los conoceréis», está escrito, y de esta manera Vuestra Santidad ha conocido la acción espiritual y cultural de mi patria antes de honrarla con vuestra presencia.

Debo recordar que ese título de católicos fue concedido a los Reyes de España con anterioridad a la división de los cristianos. Ese nombre, que a veces se ha entendido polémicamente como denominación de una parte sólo de la cristiandad, era un título integrador. Representa el conocimiento de la fidelidad de un pueblo que, a pesar de largos siglos de invasión, había mantenido siempre su vocación de pertenencia a la cristiandad y la extendió prodigiosamente por el mundo hasta entonces desconocido.

Con este espíritu de concordia y fraternidad universal vive el Papa, que hoy ha llegado a nuestra tierra, Juan Pablo II. Habéis proclamado en toda circunstancia, Santo Padre, la necesidad de que los hombres sean dueños de su destino, de que puedan elegir libremente su vida, sin opresión alguna, sin sufrimientos impuestos, bien distintos de la adversidad involuntaria de los males no siempre remediables que acompañan a la condición humana. Con eso habéis conseguido que vuestra palabra y vuestro ejemplo lleguen a todos los hombres, sean o no cristianos, sean o no religiosos. A todos los miráis, piensen como piensen, como hijos de Dios, y os sentís obligados a velar por ellos.

El mundo entero sabe que cuenta con vuestra atención y vuestro amor, porque habéis consagrado vuestra vida a su servicio, sin excepción de personas, como un hermano más. Esto es lo que hace que vuestra presencia sea deseada en todas partes. Que vaya sembrando esperanza, ansia de que se apague el odio y nazca la voluntad de un fraterno modo de vivir. Pero esto es posible, porque vuestra misión espiritual es una llamada a lo más hondo del hombre, más allá de los intereses, de la ambición, del orgullo, del poder. Una llamada a lo que ni termina ni pierde valor, ni siquiera con la muerte.

Me ha tocado el destino de estar al frente de mi país en un momento de inquietud y esperanza. En esta época de división y violencia en el mundo, España está empeñada en restablecer su concordia, en afirmar una convivencia que ni nada ni nadie pueda romper. En asegurar la libertad, condición de toda dignidad humana.

Para esta empresa, a la que estoy dedicando y voy a dedicar mi vida entera, será preciosa la permanente apelación de Vuestra Santidad, dirigida a los sentimientos más nobles de los hombres y mujeres, de esas personas a las que no se puede explotar ni gritar, ni manejar, ni despreciar, y a esas personas en quienes veis y vemos la imagen de Dios.

En nombre de España, gracias por vuestra compañía.

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