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Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad iberoamericana el Día de la Hispanidad

Cádiz, 12.10.1982

A

l celebrar hoy los actos del 12 de octubre aquí, en Cádiz, y en el Oratorio de San Felipe Neri, es interesante que rememoremos también un año de especial significación en nuestra historia: el año 1812.

1812 es el hito temporal en que podemos situar el final del antiguo régimen.

El primero, es la disolución del imperio español; el segundo, es nuestra desaparición del concierto de grandes potencias y, conjuntamente con ello, nuestra desvinculación con Europa y nuestro encerramiento, que habría de ser secular; y, por último y en tercer lugar, el inicio de la batalla por la modernización que se jalonaría en cruentos enfrentamientos fratricidas.

Los tres acontecimientos no son simples hechos inconexos. Los tres están íntimamente enlazados en relaciones causales y todos dependen de una última razón histórica: la pérdida del sentido universalista de nuestro destino.

Durante toda la Edad Media, el hombre occidental vive con un horizonte político y espiritual que desborda los confines de una ciudad o lugar de encuentro, para abarcar un espacio que no es sensorialmente abarcable; se habitúa a contemplar espiritualmente la política como lugar final, y siente que esa patria puede ser una y común para todos los hombres. La que Cicerón había llamado la patria communis.

Por tradición romana y cristiana en la mentalidad de los pueblos europeos se da la presencia de un universalismo que se formula habitualmente como un patriotismo cosmopolita.

La aparición de un sentimiento moderno de patria, más o menos referido al territorio de cada uno de los Estados modernos, es un lento proceso, que se va fraguando al compás de la confrontación de núcleos de poder cada vez más poderosos.

Al faltar la presión exterior -invasiones bárbaras, primero; Islam e Imperio turco, después- el horizonte político de esos núcleos de poder fue introduciendo en el espacio europeo la confrontación de intereses y la resolución de los conflictos. De ese enfrentamiento de intereses y del engranaje de esos conflictos, va a nacer la Europa de la Edad Moderna y va a surgir el sistema de Estados nacionales.

Pero, bajo la apariencia de esa dinámica, seguía perdurando la frontera más amplia y existiendo el espacio de convivencia que era la «patria común».

Al quebrar el sistema del antiguo régimen, los enfrentamientos se presentan como choques ilimitados, espoleados por los nacionalismos más excluyentes que, desde comienzos del siglo xix, irán haciendo cada vez más tenue y opaca la realidad de esa patria común.

A partir de ese momento, sólo se oirá en la Historia contemporánea el fragor de la pugna de los Estados europeos entre sí.

Un pueblo europeo había vivido una evolución diferente, dentro del común acontecer: España.

La presión extra-europea fue en el caso de nuestra patria especialmente avasalladora y persistente. Nada menos que ochocientos años de reconquista del solar nacional.

Cuando empiezan a cimentarse los modernos Estados, la mentalidad del español se ha desarrollado partiendo de la comprobación de dos realidades infrecuentes en los otros europeos: el hecho de que para construir su nación no tiene que competir con rivales que comparten los mismos valores, sino con un enemigo inspirado en otras creencias radicalmente dispares: y la convicción, por tanto, de que su ser histórico se identifica con su fe.

Nada más terminado ese combate, tiene que hacer frente a otro desafío: el descubrimiento y poblamiento de América.

Estas realidades le vuelven a poner en presencia de hombres de creencias diferentes, que le plantean el problema de la legitimidad de la lucha y de la conquista.

De la solución que los españoles del siglo xvi dieron al reto, podemos decir que, a pesar de sombras y abusos accidentales, los más exigentes españoles del siglo xx nos sentimos orgullosos. Nos basta con evocar los nombres de un Francisco de Vitoria o de un Bartolomé de las Casas.

Lo esencial del acervo conseguido por los españoles en su lucha por construir su nación, una vez finalizada la Reconquista y realizada la conquista de América, proviene de que el encuentro con mahometanos e infieles y la extensión de la monarquía le lleva, naturalmente, a subrayar la necesidad de afirmar los valores cristianos y a acentuar el predominio del universalismo sobre el particularismo.

Es desde entonces América un componente irrenunciable de nosotros mismos.

España se siente unida en el destino a las naciones de su estirpe, sin renunciar a su europeidad.

Cegado por la luz de los altos valores, de los que exagerada y obsesivamente se constituyó durante siglos en paladín, el español, a diferencia de otros pueblos, no hará prevalecer la defensa a ultranza de sus intereses particulares como supremo objetivo político.

Verá en sus contradictores, no rivales políticos que la dinámica del poder sitúa ocasionalmente frente a él, sino enemigos radicales ante los que sólo cabe el triunfo o la derrota.

Este acentuado idealismo y esta tendencia a la apasionada intransigencia serán peculiaridades de la nación española justo cuando el universalismo, que había constituido la raíz de su ser, es sustituido en Europa por un nacionalismo irreductible.

No es de extrañar, pues, que la llegada a la escena política de los Estados nacionales y liberales y el derrumbamiento del antiguo régimen signifiquen al mismo tiempo la emancipación de los pueblos iberoamericanos y nuestro aislamiento de Europa.

Hubo españoles que creyeron identificar la esencia nacional con los valores del antiguo régimen.

Ante la vastedad de los dominios conquistados, sintieron la embriaguez imperial de una «Monarquía hispana», sin pensar que la mayoría y lo mejor de nuestros humanistas, que ellos alegaban como tradición inspiradora, era ajena y refractaria a una concepción puramente imperial.

Aunque profundamente universalistas, su sentimiento de universalidad se expresó en el plano de la cultura y del espíritu que no concibieron incompatible con la pluralidad de Estados, sino que encuentra en este sistema de variedad de naciones una solución adecuada para que los pueblos se encaminen hacia una comunidad superior, por medio de la participación en un mismo espíritu.

No supieron ver esos españoles que los enfrentamientos ideológicos en la esfera de la política tendrían a partir del advenimiento del liberalismo el carácter de relativos y no de absolutos.

Supuso así el liberalismo, a este lado y al otro del Atlántico, el comienzo de sucesivas guerras civiles, que habrían de dificultar el necesario proceso de modernización de nuestros pueblos.

Si la Constitución de 1812 hubiese sido mantenida, tal vez hubiese sido posible la reconciliación en la pluralidad y se hubieran evitado ríos de sangre hermana y el fraccionamiento de Hispanoamérica.

Por un instante soñó también Francisco de Miranda un acuerdo pacífico que reconciliase a los americanos y españoles «para que en lo sucesivo formasen una sociedad, una sola familia y un solo interés».

Ello sería posible, según opinaba, gracias a la Constitución recién promulgada en Cádiz, que era para los venezolanos como el iris de la paz, el áncora de la libertad y el «más importante monumento que jamás había dado la metrópoli en beneficio del continente americano».Vemos latir en esas palabras una vigorosa esperanza, surgida del ansia de paz y de libertad.

Si esa paz y esa libertad no resultaron posibles, no fue única responsabilidad de nuestros pueblos. Se debió también a que, al hacer norma suprema de acción política el egoísmo nacional ilimitado, Europa recusaba los grandes valores que estaban en la raíz de su origen e impedía que la comunidad de nuestros pueblos, surgidos en una concepción universalista, se reconociesen en el nuevo modelo de sociedad.

Los grandes Estados europeos, soberbios y dominadores, se enseñorearon por entonces del mundo y, profesando una doble moral, negaron a muchos pueblos, para mejor mantener su dominio, algunos de los grandes bienes de que ellos disfrutaban.

Consecuencia de ello fue que, elevado el Estado a fin en sí mismo y no reconociendo la nación límite al logro de sus codicias, se rompió la universalidad europea, la «patria común», y se produjeron los dos grandes holocaustos de 1914 y 1939.

No es casual por eso que cuando, a partir de 1948, se inicia el proceso integrador de Europa, sobre los principios de libertad, racionalidad y reinado del derecho, es cuando se vigoriza en España, siempre universalista, el impulso de reintegración europea.

Y no es casual, tampoco, que se produzca paralelamente a la firme certidumbre de la necesidad de la profundización irreversible de nuestros vínculos con Iberoamérica, asentada sobre la afirmación de principios y valores éticos insoslayables.

El aislamiento español de más de cien años hizo imposible nuestra doble apertura a Europa y América.

Acabar con este aislamiento era el imperativo que unánimemente nos imponía el pueblo español y su realización debe ser nuestra exigencia política.

Pero debo decir, con toda sinceridad, que mis compatriotas, justo en el momento en que creen posible volver a escribir su destino universal, ven con angustia y desilusión cómo, alentados por las dificultades económicas, resurgen muchos presagios oscuros que parecen anunciar la vuelta de la Europa de los intereses contrapuestos y no la de los valores compartidos.

Ve igualmente con dolor cómo en algunos pueblos hermanos de América la violencia fratricida intenta prevalecer sobre el derecho y sobre la libertad.

Cuando hablamos de libertad tenemos presente -y muy especialmente en esta Cádiz en donde surgió por primera vez el término político de liberal- la libertad de los pueblos y la libertad de los individuos.

Libertad de nuestros pueblos, porque América y Europa son pluralidad. Y libertad de los individuos. No podemos aceptar que se nos presente el falso dilema de salvar sólo la una o la otra.

Muchos pueblos en la antigüedad y en nuestros días, que vivieron o viven en despotismo, se vanagloriaron, como justificación, de mantener la independencia de sus países.

Una de las glorias de la civilización occidental, en cuyo ámbito vivimos tanto europeos como americanos, fue su lucha secular por conseguir y aumentar la autonomía de la voluntad individual.

Sólo la unión de los términos de libertad y democracia constituye la garantía suficiente. El 23 de abril último, en Alcalá de Henares, Octavio Paz decía: «Aunque libertad y democracia no son términos equivalentes, son complementarios; sin libertad, la democracia es despotismo; sin democracia, la libertad es una quimera». Hacemos nuestras sus palabras.

Muchas gracias.

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