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Palabras de Su Majestad el Rey a las Fuerzas Armadas en la Pascua Militar

Madrid, 06.01.1982

Q

ueridos compañeros, hay ocasiones en que los acontecimientos que se han producido, o se están produciendo, parecen poner un matiz delicado y difícil en el ambiente de un acto tan tradicional como el que hoy celebramos.         Un acto que debiera caracterizarse tan sólo por la alegría y la satisfacción que supone el hecho de encontrarnos reunidos los representantes de las Fuerzas Armadas y de la Seguridad del Estado, como continuación de una costumbre arraigada en la milicia, para escuchar la felicitación de vuestro Rey, dentro de una atmósfera distendida, de compañerismo y de camaradería.

Y lo cierto es que nada puede impedirme esta alegría y esta satisfacción, porque os aseguro que prevalecen y prevalecerán siempre sobre cualquier otro sentimiento, sobre cualquier inquietud o sobre cualquier situación supuestamente complicada.

Pero tal vez, aparte de mi felicitación en esta Pascua Militar, esperéis de mí alguna manifestación concreta sobre temas que nos afectan, efectuada no sólo como Rey, sino también en mi papel de jefe supremo de las Fuerzas Armadas, que la Constitución me confiere y que tanto me honra.

Y no quisiera defraudar la posible expectación existente. Si el valor puede demostrarse en muchos sentidos y de muchas maneras, yo desearía hoy tener presente esa definición de que el valor consiste en buscar la verdad y decirla.

Porque lo delicado y lo difícil se convierte en normal y pierde su carga de prevención y de incomodidad, cuando se tiene la decisión de pensar alto, de sentir hondo y de hablar claro de lo que se piensa y de lo que se siente.

De esta forma quiero hoy dirigirme a vosotros.

En primer término, para expresar mi gratitud más sincera hacia el conjunto de las Fuerzas que representáis.

Os doy las gracias por la lealtad con que os habéis comportado en momentos decisivos del año que acabamos de terminar y por la disciplina con que estáis asistiendo al profundo y necesario proceso de transformación de nuestra sociedad, de nuestra organización política, del sistema general del Estado en el que esas Fuerzas están incluidas y al que deben acomodarse ineludiblemente.

Os doy las gracias también por vuestro sacrificio y por vuestra serenidad, pues habéis sufrido en la propia carne los zarpazos del terrorismo criminal y soportado a veces la incomprensión, la atención exagerada o el desenfoque sensacionalista de vuestra realidad.

Para nadie es fácil asimilar los cambios que constituyen una conmoción evidente en un estado de cosas que ha de adaptarse a otro diferente exigido por los tiempos que vivimos y por la voluntad mayoritaria del pueblo español.

Pero esa dificultad de adaptación no afecta tan sólo a las Fuerzas Armadas y a las de Seguridad, sino también a muchos otros sectores de nuestra sociedad. Importantes sectores con destacadas y distintas influencias en la vida del país y que no siempre saben conservar el equilibrio, mantener la prudencia ni graduar el ejercicio de la libertad.

Es natural, a veces, que el contraste entre el pasado y el presente origine tensiones, produzca excesos o cause sorpresas, que han de ir limitándose y normalizándose con el transcurso de los años.

En este deseo ciframos nuestra esperanza.

Para que se realice es preciso dar a cada Institución, a cada grupo, a cada sector, el tratamiento adecuado. Y cada uno de ellos, a su vez, ha de aprender también a conceder a los demás el tratamiento que necesitan y que se les debe.

Si se viven momentos de irritación, de molestia o de desánimo, no es válido ocultar la cabeza bajo el ala y tratar de desconocer lo que sucede. Al contrario, hay que buscar sus causas y encontrar los remedios. Es preciso analizar antecedentes históricos, descubrir psicologías, profundizar en sentimientos y en maneras de ser.

Nuestras Fuerzas Armadas forman un bloque sólido y unánime en su manera de pensar sobre los temas fundamentales, aún cuando pueda haber matices distintos y opiniones diversas en cuanto a la forma de expresar esos pensamientos o de juzgar otras materias secundarias. Porque si los ejércitos pueden poseer un pensamiento propio, su voluntad no puede ser otra que la de la nación.

Y la coincidencia presenta un carácter de generalidad indudable, sin que se pueda establecer una línea divisoria entre los distintos grados, entre las distintas generaciones, entre los que ostentan acciones guerreras en sus hojas de servicios y aquellos a quienes se concede la suposición fundada de su entrega, de su sacrificio y de su valor.

A los veteranos y a los jóvenes les une una comunidad de sentimientos y de ilusiones.

No se puede olvidar -y quiero decirlo claramente aunque estemos ya muy alejados de la lucha que enfrentó a dos Españas, de sus antecedentes y de sus consecuencias- que en esa guerra civil, trágica y dolorosa, pero plenamente real, las Fuerzas Armadas, que no obtuvieron beneficios notables después de la victoria, sirvieron a su patria durante muchos años con espíritu de sacrificio, con lealtad y disciplina. Y esas Fuerzas Armadas estaban acostumbradas _eso sí_ al mayor respeto, a la más destacada consideración, a la protección de su dignidad por los sectores oficiales y por todos los demás sectores de la nación.

La imprescindible libertad de expresión; cierto revanchismo en los juicios y en las opiniones; los obligados cambios en los métodos del tratamiento público de los temas militares; la imposición del silencio a los que desempeñan esta honrosa profesión; hasta el despego de quienes pudieran estar temerosos de que se les impute una adhesión al pasado, han tenido que causar gran sorpresa e impresión en los hombres que forman los ejércitos de España.

Y no sólo en quienes tomaron parte en la contienda, sino también en las generaciones posteriores que se han incorporado a las filas de aquellos, con los mismos ideales y con igual certeza de entrar a formar parte de una gran familia, respetada por los conciudadanos a los que han de servir, unida por el compañerismo y cimentada en la disciplina, con la elevada misión de defender a su patria a costa del mayor de los sacrificios, si les fuera exigido.

Todos debemos estar orgullosos de nuestras Fuerzas Armadas: el Rey como su jefe supremo; el gobierno y las demás instituciones de la nación que cuentan con ellas para la defensa de la soberanía e independencia de España, de su integridad territorial y del ordenamiento institucional; el pueblo del que los componentes de las Fuerzas Armadas proceden, en el cual están integrados y al que deben servir.

Y las Fuerzas Armadas han de esforzarse siempre en ser merecedoras de ese orgullo nacional, a la vez que lo sienten ellas mismas por estar al servicio de una nación cuya historia constituye una sucesión interminable de acontecimientos gloriosos.

Mas al mismo tiempo que se les pide una entrega leal y disciplinada, es preciso guardarles toda la consideración que merecen y respetar la alta misión que nuestra Constitución les encomienda, sin establecer sobre ellas una particularidad especial en el trato enérgico de sus actos erróneos, en el comentario descalificador de sus acciones o en la sanción rápida, que no por ello es más severa o ejemplar.

La disciplina debe exigirse tanto más a quien mayor obligación tiene de observarla e imponerla. Pero esta exigencia no puede olvidar nunca ni la justicia ni la generalidad en un rigor y en una autoridad que han de abarcar a la nación en su conjunto.

Los militares españoles, los soldados españoles, siguen manteniendo el espíritu de aquellos antepasados suyos que a decir del poeta «todo lo sufren en cualquier asalto, sólo no sufren que les hablen alto».

Y los ejércitos constituyen la institución sobre la que, en último término, descansa la seguridad de la nación.

Por eso, en mi papel de árbitro y moderador del funcionamiento regular de las Instituciones, yo pido, de un lado, a los militares de los tres Ejércitos y de las Fuerzas de Seguridad, que hoy representáis los aquí reunidos, que os percatéis de la importante misión que os corresponde, así como de la necesidad de integrarse en la organización política que se ha dado el pueblo español y que precisamente debéis defender.

Se ha dicho que el mejor profeta del mundo es el pasado. Todo el respeto, pues, para el pasado que forma parte de nuestra historia y del que tantas experiencias se pueden deducir. Pero toda la entrega también a la legalidad vigente que os corresponde mantener.

Al mismo tiempo, de otro lado, es necesario que de acuerdo con el texto y, sobre todo, con el espíritu que encierra el artículo 176 de las Reales Ordenanzas, los componentes de las Fuerzas Armadas sean protegidos por la ley contra amenazas, violencias, ultrajes o difamaciones que tengan por causa u origen su condición o actividad militar.

El Estado ha de velar en todo momento por los intereses de las Fuerzas Armadas, por su prestigio y por su fama, porque se trata de la institución que le sirve con absoluta devoción y porque ha de compensar las limitaciones que las leyes establecen para el ejercicio de sus propias acciones reivindicativas.

El poder es la capacidad de obtener obediencia. Pero la obediencia no siempre se obtiene por la fuerza, sino por la autoridad.

A través del año que hace poco ha terminado hemos tenido ejemplos de fuerza que no quiero ni eludir en este día, ni tampoco insistir en su recuerdo para aumentar una preocupación ya existente y a todas luces perjudicial.

Pero no puedo ignorar -aunque quisiera hacerlo- las campañas que se han desatado, los panfletos y las hojas repartidas profusamente entre los militares, la planificación de unas versiones de los hechos ocurridos, con las que se ha pretendido intoxicar y desorientar a las Fuerzas Armadas, con la mentira como lema, la confusión como método y la afrenta como objetivo.

Nadie habrá podido escuchar de mí la menor protesta ni descubrir el más insignificante esfuerzo por defenderme de unas calumnias que merecen tan sólo el más rotundo de los desprecios.

Nadie habrá podido dudar de mi serenidad y de mi prudencia, porque pensaba y pienso que no debo descender a rebatir falsedades ni justificar conductas.

Pero permitidme que hoy, en esta Pascua nuestra, cuando estoy hablando a queridos compañeros de armas en un tono de confianza y de sinceridad, deje una breve pero profunda constancia tanto de mi dolor por los lamentables procedimientos que algunos utilizan, como del agradecimiento hacia cuantos han sabido rechazar la propaganda insidiosa y mendaz.

Una vez más repito que confío ciegamente en que la verdad se abra paso por encima de todo y resplandezca para iluminar hasta los más recónditos entresijos de unos acontecimientos que de manera tan directa afectaron a la vida española, y concretamente a las Fuerzas Armadas, en el año 1981.

De este tema en sí, repito, es del que quisiera abstenerme de hablar con detalle, porque creo que ya se ha comentado con exceso y se ha dado publicidad a muchos extremos que no pueden ser favorables ni oportunos, cuando está pendiente la actuación de la justicia militar, en la que ciframos toda nuestra confianza.

Lo que sí parece necesario es evitar la obsesión en el recuerdo, la reiteración de los comentarios sobre el tema, la dificultad de vivir sin dejarse influir por un episodio que, aun siendo importante y significativo, no puede ni afectar a todas las Fuerzas Armadas -como no sea para acreditar la lealtad de su conjunto- ni condicionar nuestro presente y nuestro futuro.

Un año más os pido reflexión, os pido sinceridad, os pido comprensión. Os pido tengáis siempre presente que la disciplina verdadera no se limita a los gestos externos, a las expresiones formularias, a las actitudes de superficial subordinación y acatamiento.

La verdadera disciplina no es la del que calla siempre, pero no se convence nunca, sino la de quien conserva en su ánimo la necesidad interior de cumplir la orden recibida, aunque contradiga su propio criterio.

Es preciso exponer respetuosa y reglamentariamente sentimientos y opiniones con decisión y con claridad.

Pienso que en estos momentos que vivimos es necesario, con más intensidad que nunca, mantener una comunicación permanente dentro de los ejércitos y que esta corriente informativa circule en un doble sentido: desde los superiores a los inferiores, para informarles, proporcionarles aclaraciones y directrices, transmitirles impresiones y consignas y recabar sus sentimientos.

Y desde los inferiores a los superiores para poner de manifiesto, ordenada y subordinadamente, sus inquietudes, sus dudas y su manera de pensar, sin abandonar jamás el conducto regular, ni tratar de producir la impresión de que aquellos no se sienten adecuadamente representados y defendidos por éstos.

Esta doble trayectoria debe contribuir a mantener y robustecer la unión de todos los componentes de las Fuerzas Armadas, sobre la base de una sinceridad compatible con la más estricta disciplina.

Y, a su vez, los más altos mandos de los ejércitos y de las Fuerzas de Seguridad deben exponer con la máxima franqueza, orientada al bien de estas instituciones y, en definitiva, de España, sus propios sentimientos y los sentimientos de cuantos están a sus órdenes, a las autoridades que tienen a su cargo la política militar y la gobernación del país.

Nadie duda de que a esas autoridades del Estado corresponde la dirección política dentro de la cual están incluidas como un factor más -un importante factor, desde luego- las Fuerzas Armadas. Pero esas autoridades saben que para tomar las decisiones oportunas y eficaces en materia de defensa y en materia militar nada es mejor que escuchar la opinión, el criterio y el asesoramiento de quienes por su profesión, por su experiencia y por la misión que tienen encomendada están en condiciones de proporcionar, con lealtad y sinceridad, las informaciones pertinentes.

Yo quisiera que nos enfrentáramos al nuevo año con esperanza y sin recelos, firmes e inconmovibles en nuestra unidad.

Reconozcamos los aspectos positivos que pueden descubrirse en la resolución de algunos problemas nacionales, como el terrorismo, la inseguridad ciudadana, el ordenamiento autonómico, el panorama de la economía o los conflictos sociales.

Confiemos en el perfeccionamiento sucesivo del sistema democrático que se ha dado el pueblo español y observemos siempre el mandato de la mayoría, porque el respeto al derecho ajeno es la paz.

Que nuestras virtudes militares estén en todo momento llenas de contenido y que el honor, la palabra, la verdad, el compañerismo, el sacrificio y la abnegación, la dignidad y el amor a la patria no constituyan conceptos vacíos, sino que se pongan siempre de manifiesto en las acciones de todos.

Que el patriotismo no se considere como exclusiva de algunos ni que nadie pretenda erigirse en salvador del resto de sus compatriotas, contra la voluntad de éstos libremente expresada.

Porque el patriotismo no es hijo del amor propio, sino -como decía Jovellanos- «el noble y generoso sentimiento que estimula al hombre a desear con ardor y a buscar con eficacia el bien y la felicidad de su patria tanto como la de su misma familia; que le obliga a sacrificar no pocas veces su propio interés al interés común; que, uniéndole estrechamente a sus conciudadanos e interesándoles en su suerte, le aflige y le conturba en los males públicos y le llena de gozo en la común felicidad».

Yo estoy seguro de vuestro patriotismo y en él confío para bien de España.

Y quiera Dios que en este día de la Pascua Militar, que en el año que ahora comienza, vosotros y vuestras familias, los que hoy estáis aquí presentes y cuantos sirven a la patria en toda la geografía española, disfrutéis de la paz y de la felicidad que de todo corazón os deseo.Y ahora gritad conmigo:

¡Viva España!

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