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Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad académica al ser investido doctor "honoris causa" por la Universidad Complutense

Madrid, 20.12.1984

E

xcelentísimas Autoridades, Magnífico y Excelentísimo señor Rector de la Universidad Complutense, Magníficos y Excelentísimos señores Rectores de las Universidades de España, profesores y alumnos, señoras y señores, es profunda la responsabilidad que me conferís con este preciado título de Doctor honoris causa, que añade al lógico orgullo de recibirlo, un especial compromiso para mí, como Rey y como ciudadano.

En esta disposición me incorporo, con activo gozo a la labor de esta Universidad, y en efectiva comunicación de propósitos, a la de todas las universidades de España, cuya adhesión a este nombramiento, agradezco profundamente.

No es a mi persona solamente a quien honráis al investirme con atributos doctorales, sino, muy singularmente, a la Corona de España cuya tradicional relación con la institución universitaria viene de siglos.

Me llamáis a integrarme en vuestro claustro, como heredero de esa tradición y como garante de las leyes. Bien sé que es en el respeto de esa condición y dignidad, por lo que las universidades españolas habéis querido compartir este honor que la Complutense me concede.Monarquía y universidad se han dado siempre la mano, identificadas en los mismos ideales y responsabilidades.

Es natural, por ello, que deba y quiera sumarme a una línea de conducta que ha sido constante en otros monarcas españoles, desde los lejanos tiempos medievales hasta nuestra era.

He de recordar, brevemente, que la histórica presencia de la Corona en la universidad supone el cumplimiento de una función de protección y mecenazgo regios que hunde sus raíces en los mismos orígenes de la institución universitaria.

No sólo porque correspondiera al Rey el nombramiento de los cargos de gobierno universitarios, junto con el de otras dignidades paralelas, sino porque quienes encarnan la Corona asumían los fines trascendentales que definen vuestra labor, cuya ejemplaridad es necesaria para el progreso de la sociedad.

En este aspecto, quiero recordar como Alfonso VIII fundó la primera universidad, la de Palencia, siendo la de Salamanca impulsada a su vez, por Alfonso IX de León. Alfonso X dedicó a las universidades muchos de sus desvelos, lo mismo que Fernando, el Rey Santo, los monarcas de Aragón y los de dinastías posteriores, como los Reyes Católicos, quienes dieron paso con hechos y compromisos reales de fueros y privilegios, al protagonismo y expansión de la universidad.

Sabían con profunda convicción que no podían cumplir su misión regia sin fomentar la tarea de transformación propia de la vocación universitaria.

En esta misma Universidad Complutense recibió en sus inicios y antecedentes la especial atención del Rey Sancho IV y los Reyes Católicos: Fernando e Isabel. Estos últimos, precisamente, visitaron Alcalá de Henares y, a raíz de esta estancia, el Cardenal Cisneros decidió crear la Universidad que le honra como fundador: Felipe II otorgó en su tiempo a la Universidad Complutense el título de Real que todavía le corresponde.

Me complace ahora recordar con vosotros a Su Majestad don Alfonso XIII, mi abuelo, cuya figura, en el marco de esta Universidad que él tanto quiso, cobra nueva fuerza. Al disponerme a acceder a ella como Doctor, me ofrezco a continuar su colaboración, su constante aliento a este gran centro del saber que me acoge entres sus miembros.La presencia de mis padres aquí aumenta los sentimientos de alegría y de serena responsabilidad que este acto conlleva.

El Conde de Barcelona sabe sin duda, mejor que nadie, del interés de don Alfonso XIII por la Complutense. A él pido que me exija, con vosotros y la sociedad, acierto y prudencia para continuar con fidelidad la colaboración que los Reyes de España han prestado siempre a la universidad como uno de sus más gratos deberes.

La universidad situada en la vanguardia de la cultura y de la sociedad nos convoca al esfuerzo noble de la inteligencia y al progreso y perfección del saber.Precisamente cuando es fiel a esta profunda vocación espiritual, es cuando, a la vez, se convierte en el elemento más lúcido de la conciencia nacional.

Porque la universidad no es o no debe ser algo inaccesible o extraño a nuestro propio mundo histórico. Vive, se mueve, nos dinamiza y nos plantea la necesidad de que, como hombres libres, busquemos con el trabajo intelectual las soluciones complejas, plurales y audaces, que requiere el mundo de hoy. Así lo exige con renovada expresión el lema de esta Universidad: Libertas perfundet omnia luce.

La gran misión que, en este sentido, intuían y apoyaban los reyes en el pasado, es en nuestro marco socio-cultural especialmente amplia, dinámica e integradora.He dicho en otra ocasión solemne, que cuando la sociedad se siente acongojada y afectada por problemas que le parecen irresolubles, llama a las puertas de las universidades, a sus cuadros universitarios en demanda de consejo, luz y camino.

Si en estos momentos trascendentales, en los que la historia plantea los grandes retos, las dramáticas incertidumbres, no se irradia la luz de la ciencia y los principios que exijan la perfección del espíritu y el cuerpo sociales, se entra en la regresión. La biografía cultural de occidente nos muestra algunos ejemplos reveladores de estas ocasiones perdidas.Hoy precisamente, cuando la plenitud democrática se nos aparece recobrada, como señala el profesor Hernández Gil, ese encuentro del pueblo y la universidad se repite. No se trata de que la sociedad se acerque a estos solemnes umbrales de la cultura; sino que ya está dentro. El pueblo está aquí, ansioso, plural, joven, lleno de esperanza.Y la universidad, que ha alimentado con su savia moral y científica nuestras raíces, no puede defraudarle.

Creo sinceramente que esa instalación espectante y creativa de los hombres de nuestro tiempo en la universidad, es uno de los signos más positivos y confortantes que nos identifica.Cada español, esté donde esté, aspira -y eso ya no es simplemente un sueño- con acercarse a la universidad. Y si no puede hacerlo personalmente, quiere, con voluntad de superación, con magnífico y ejemplar esfuerzo, que sus hijos lleguen a estas aulas, que adquieran formación y saberes, que son garantía de su futuro.

La decidida actitud de la Corona en la defensa de la democracia tiene también en ello una justificación y fundamento: es la actitud de respeto y valoración de los derechos de todos los españoles a la cultura, a la ciencia, a la realización vocacional, que en sus máximos techos de exigencia pueden cumplirse en la universidad.

Esa es nuestra gran responsabilidad, la de la sociedad y la del Estado: no defraudar, ni desperdiciar la más pequeña porción de energía que se concentra en las aulas, que exige una sólida formación y que solicita, desde lo más profundo, un mandato intelectual y moral.Estamos en un momento importante de la historia de la humanidad, a las puertas de un siglo en el que se pueden hacer realidad los sueños más grandes jamás concebidos, y en el que las realidades científicas se mezclan y enriquecen con milenarias utopías.

La universidad es camino indispensable para alcanzar esos objetivos universales de progreso.Es el momento en que, como en un nuevo renacimiento, se ha de ofrecer a la voluntad de los hombres y de los pueblos la tarea nunca acabada de hacer en la tierra un paraíso moral y material. Ahora, como en aquella primavera histórica, no hay otro futuro diferente del que con esfuerzo y rigor se elabora en las universidades.

Lo que somos y queremos ser, como personas libres en una nación libre, ambiciosa, generosa y abierta; lo que soñamos y aspiramos para nuestro mundo ha de sembrarse y germinar en la vida universitaria, para después madurar y engrandecerse implantado en la sociedad al servicio de los demás.Ante esta Universidad, dispuesta sin duda a responder a este reto quisiera proponer no una lección -que sería inoportuno en este ámbito de saberes contrastados y ante personalidades de alta estirpe intelectual como la vuestra-, sino un mensaje fundamental, sencillo, pero lleno de esperanza.

Hagamos todo el esfuerzo necesario, desde los resortes del poder y la economía, para que España cuente con una universidad digna de su historia, en la que vuelvan a florecer las grandes propuestas de vida y de convivencia que nos consagraron como un pueblo de vanguardia. Para que la universidad constituya una firme avanzada, también hacia el exterior, de donde pueda incorporar las vivencias, conocimientos y experiencias más valiosas. Para que la universidad española se sume al liderazgo en la prospección de la cultura y de la ciencia a través de la investigación, de modo que nuestra nación se afiance como una de las primeras potencias culturales y científicas.

Con esta anchura de ánimo, no tengamos miedo a enfrentarnos con la compleja situación, que llamamos «el problema de la universidad».Porque este problema, que sin duda crea fuertes tensiones y que desafía nuestra convivencia, tiene solución si sabemos entender y propiciar el papel decisivo de nuestra universidad.Concretemos en este objetivo el tesón del Estado y la iniciativa privada, la colaboración de los individuos y de las entidades, lo mejor de nuestro potencial social.

Hagamos el sacrificio que requiere el encauzar la ilusión de los españoles que sueñan y aspiran justamente a construir con su trabajo cualificado y profesional, con su estudio, con su investigación y su profundización cultural, un futuro mejor para todos.La universidad no puede ver, que de año en año los ideales de los profesores y los estudiantes se van agostando cada vez más, hasta convertirse en frustración, renuncia y resentimiento.

La universidad ha de ser crisol de ciudadanos dispuestos a servir, con vocación e ilusión, a la sociedad. No puede ser un tránsito que rompa la marcha hacia el futuro, por culpa del desinterés y la amargura.

Hemos de dar a los universitarios las condiciones necesarias para el cumplimiento de su tarea como tales. Hemos de posibilitar su acceso al trabajo y a los puestos de responsabilidad una vez que terminen sus estudios.

Esa es una urgentísima obligación a cuyo cumplimiento convoco a todas las instituciones políticas y sociales. Ese será el único punto de partida firme para un nuevo horizonte.La democracia que nos afanamos por asentar ha de aprender de la universidad serenidad, generosidad en sus objetivos, moderación, diálogo, creatividad, ilusión en el futuro, entrega incondicional al bien común y respeto por las instituciones.

A su vez la universidad -a la que vosotros entregáis vida y vocación- ha de tener la grandeza de aproximarse a los ciudadanos, de recoger sus inquietudes y sus aspiraciones, enseñándoles a encauzarlas de un modo objetivo y riguroso.Ha de inculcarles el supremo principio de que la superación en el esfuerzo es la medida de nuestra valía individual y social.

Hemos de hacer de la universidad el centro dinámico que irradie al resto de la sociedad el entusiasmo por su tarea, la ilusión por los avances y el ansia de que la sociedad se mejore a sí misma.

De la universidad queremos, en fin, un supremo magisterio, la ciencia y el espíritu, compendio de vida, paz y libertad. La universidad ha de unirnos en el propósito de ser cada día mejores.

Acepto conmovido el título de Doctor que hoy se me confiere. Quiero expresar mi agradecimiento a la propuesta hecha por el excelentísimo señor Ministro de Educación y Ciencia, a la Junta de la Facultad de Derecho que acordó su nombramiento, y a todos los que directa o indirectamente la han hecho posible, y a vosotros los máximos representantes de las universidades españolas que con vuestra presencia rubricáis esta investidura.Permitidme también dedicar un emocionado recuerdo a los profesores y alumnos que me acompañaron, hace tantos años, en mi paso por esta Universidad.

He escuchado con respeto y admiración la sabia lección del profesor Hernández Gil de cuya mano he llegado hasta aquí como doctorando que se dispone humildemente pero lleno de orgullo a recibir las insignias de su nuevo grado: agradezco la entrega que de ellas me ha hecho el Rector de la Universidad Complutense, maestro ilustre.

En fin, os pido a todos, doctores, profesores y alumnos, que me dejéis el último asiento entre vosotros. En el frontispicio de la Universidad salmantina, una leyenda griega dice así: «Los Reyes a la Universidad. La Universidad a los Reyes».La universidad ya ha cumplido con su oferta, me tocará a mí ahora, cumplir con la mía.

Muchas gracias.

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