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Palabras de Su Majestad el Rey a la Asamblea Anual de la Junta de Gobernadores del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial

Madrid, 04.10.1994

S

eñor Presidente, señores Ministros, señoras y señores, es para mí una gran satisfacción poderles dar la más cordial bienvenida a España para celebrar las Asambleas Anuales del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial. En el año en el que se celebran el L Aniversario de los Acuerdos de Bretton Woods, es un honor y un privilegio para nosotros que hayan escogido Madrid como sede de tan magno acontecimiento. Queremos corresponderles con nuestra mejor tradición de hospitalidad.

Sé que han tenido ustedes ocasión en estos días de celebrar ya un animado debate sobre lo que han supuesto estos cincuenta años para las instituciones económicas internacionales y para el mundo en general. Ha sido un repaso global a las lecciones del pasado y a los retos del futuro.

Durante estas cinco décadas el mundo ha experimentado cambios muy profundos en todas las facetas de la actividad humana. Sería imposible revisarlos uno a uno, pero me gustaría destacar, por encima de todos, que la amenaza de un conflicto armado generalizado como aquel que prevalecía hace cincuenta años, parece hoy alejado definitivamente de nuestro horizonte.El hecho de que en un mundo en plena transformación, tanto el Fondo Monetario Internacional como el Banco Mundial mantengan su vigencia plenamente, es una prueba de su solidez y permanente actualidad.

Durante estos últimos años hemos asistido a una transformación radical de algunas de nuestras sociedades.

Sistemas políticos y económicos que parecían destinados a durar varios siglos se han derrumbado estrepitosamente ante los primeros vientos de libertad. Pueblos y países vecinos, enfrentados en dramáticos conflictos sin fin, han sido capaces de anteponer la generosidad y la esperanza para recorrer juntos la senda de la paz y el desarrollo. Hombres y mujeres, especialmente los jóvenes de hoy, han tomado conciencia de la necesidad de preservar el mundo que habitamos, nuestro único hogar común, garantizando, a la vez las justas aspiraciones de desarrollo progresivo.

Hoy, los problemas ya no son patrimonio de nadie. Hoy, las necesidades y los retos se plantean de manera similar en cualquier parte del mundo.

Las sociedades desarrolladas tienen que coordinar cada día más estrechamente sus políticas económicas, financieras o monetarias para mantener los equilibrios de las relaciones internacionales. Necesitan colaborar para que los avances científicos y tecnológicos no incidan negativamente en esa enfermedad común que es el desempleo.

Desde las instituciones, desde las responsabilidades de gobierno, empresariales o sindicales, la búsqueda de una sociedad desarrollada que conjugue el rigor con la solidaridad, la apertura con los incentivos propios, el crecimiento con la contención, ha de ser tarea prioritaria para así otorgar una oportunidad de trabajar a todos aquellos que quieran insertarse en la vida laboral.

En el continente europeo el exponente más ambicioso de cooperación se está realizando en el proyecto de la Unión Europea. El camino emprendido hacia la Unión Económica y Monetaria y la Unión Política es un hito histórico que apuesta claramente por la solución compartida a problemas comunes.

El logro de un mercado único entre doce países industrializados, impulsado por unos principios de cohesión y convergencia, supone un destacado avance que permitirá aumentar netamente la prosperidad de todos ellos. La extensión a más países europeos de dichos logros hará aún más atractiva la iniciativa y permitirá un afianzamiento de los principios inspiradores de la integración regional.

Es esencial que estos procesos de transformación no hagan aumentar el riesgo de encerrarnos en nosotros mismos olvidándonos de otras áreas que mantienen una fuerte dependencia de los países más avanzados. Sin la adecuada dimensión de nuestros planteamientos, a la postre, nos encontramos con problemas de alcance mucho más universal que siempre van a requerir soluciones globales.

La experiencia de España en este sentido es muy ilustrativa. Durante el largo período de nuestra historia en el que hemos permanecido encerrados en nosotros mismos, nuestros problemas han quedado larvados, en el mejor de los casos; y en muchos, se han agravado por el manifiesto retraso creciente en el que incurríamos y que nos distanciaba del progreso económico y social en el que ya se encontraban inmersos nuestros socios naturales.

La proximidad histórica en unos casos, geográfica en otros o ambas a la vez nos han mantenido muy atentos a otros cambios importantes que se han producido fuera de Europa. Ello es especialmente relevante en el caso del Magreb y de América Latina ya que la relación de España con los países de estas dos áreas mundiales es, y será siempre, muy intensa.

Dentro de este mismo espíritu de internacionalización creciente de nuestros planteamientos debemos insistir en no olvidar los problemas del sur. Para nosotros el sur geográficamente más próximo lo tenemos cruzando una mínima franja de mar Mediterráneo. Allí se están produciendo mutaciones sociales y económicas de gran alcance, no sólo para las sociedades de estos países sino para nosotros mismos. La respuesta debe ser generosa, y un país como España debe contribuir decididamente a que los organismos multilaterales sean capaces de reconocer todos estos cambios y adaptarse a las nuevas realidades.

Es importante que los medios económicos, financieros y humanos que el FMI y el Banco Mundial dedican a sus actividades mantengan una proporción de acuerdo con una situación internacional que no sólo ha variado sustancialmente desde 1944, sino que se encuentra ahora mismo inmersa en importantes transformaciones que están afectando simultáneamente a grandes áreas geográficas.

El resultado positivo de todas estas mutaciones no debe impedirnos ver el surgimiento de nuevos problemas y las tareas aún pendientes. La degradación medioambiental y las consecuencias de una creciente migración son obvios ejemplos de problemas emergentes a los que es necesario oponer soluciones imaginativas basadas en un modelo de esfuerzo concertado.Nadie discute la necesidad de tener muy presente el impacto que tienen en el medio ambiente las políticas de desarrollo económico. Este aspecto debe ir tomando progresivamente más importancia e incorporarse como elemento fundamental en el diseño de proyectos.

Al lado de estos nuevos problemas, nos encontramos con la persistencia de muchas situaciones dramáticas que, desgraciadamente, aún perduran. Las acuciantes necesidades derivadas de la pobreza han de incitarnos a renovar esfuerzos y, probablemente, a revisar nuestros esquemas de prioridades.

El grado de bienestar logrado ya en algunas de nuestras sociedades puede permitir asignar recursos a otros países con unos criterios más generosos y probablemente más eficientes.Aceptar estos planteamientos significa adaptarse para llevar una esperanza mejor de vida a personas que viven en estado de alarmante necesidad.

No es fácil acordar las prioridades poniendo de acuerdo a casi ciento ochenta países, prácticamente la totalidad de los que existen hoy en día. Pero se puede aprovechar esta universalización de las instituciones para impulsarlas hacia nuevas metas, desde la experiencia forjada durante cincuenta años.

Señor Presidente, deseo que estas reuniones anuales del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial de 1994 sean un éxito y constituyan un paso importante para el futuro de estas instituciones que deberán seguir ofreciendo el foro del debate permanente de todas las ideas que nos permitan progresar. España espera haber contribuido acogiéndoles hoy aquí y lo seguirá haciendo en el futuro.

Queda inaugurada la Asamblea Anual de la Junta de Gobernadores del Fondo Monetario Internacional y el Grupo del Banco Mundial.

Se levanta la Sesión.

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