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Palabras de Su Majestad el Rey a la Unesco

Francia(París), 04.11.1983

S

eñor Presidente de la Conferencia General, señor Presidente del Consejo Ejecutivo, señor Director General, señores Jefes de las Delegaciones Nacionales, señores Embajadores, señoras y señores, ante todo quiero expresar, en nombre de la Reina y en el mío propio, nuestra más sincera satisfacción por esta oportunidad de visitar la sede de esta Organización.

Constituye para mí un gran honor el poder dirigirme a vosotros, ya que la UNESCO simboliza, a través del fomento de la educación, la ciencia y la cultura, un esfuerzo universal y crítico para asentar un espíritu de pluralismo.

Permitidme por ello expresaros en esta ocasión mis sentimientos de amistad, de aliento y de confianza en un futuro en el que la paz, la libertad y el verdadero desarrollo sean el horizonte firme de nuestra convivencia.

En 1983 España cumple treinta años de activa participación en los trabajos de la UNESCO. Esta es, sin embargo, la primera vez en que un Jefe de Estado español acude a este foro universal del mundo de la cultura.

Y quiero aprovechar esta ocasión para hacer una doble reflexión: sobre la sociedad española y su papel en los esfuerzos por lograr una sociedad internacional más libre, justa y solidaria; y, al tiempo, sobre esa misma sociedad internacional, sus cambios, sus frustraciones y sus aspiraciones.

España, señor Presidente, es una vieja nación, compleja, solidaria e integradora. Somos el resultado fructífero del entrecruce de las diferentes culturas que convivieron durante la Edad Media en nuestro país.

De esa realidad múltiple, resultó el Estado monárquico unitario que dio sentido histórico a nuestra nación.

Esta confluencia, este proyecto común de monarquía y pueblo, síntesis de tan ricas raíces, jugó un papel decisivo en la integración de las culturas del nuevo y del viejo mundo.

España, país europeo, no puede entenderse en su totalidad sin su proyección y síntesis americana, sin Colón y sin Bartolomé de las Casas, sin Hernán Cortés o sin Simón Bolívar. Conquistadores y reformadores, descubridores y emancipadores, todos forman parte de esa gran comunidad histórica y cultural.

Una comunidad que tampoco puede hoy entenderse sin la variedad y el pluralismo. Sin César Vallejo o García Lorca, sin Octavio Paz o Vicente Aleixandre, Valle-Inclán o Pablo Neruda, sin Unamuno o Rubén Darío.

Somos los españoles tan iberoamericanos como europeos. Más allá de los sistemas sociales, más allá de las distintas opciones políticas, el hecho firme, espiritual e histórico, ha unido y seguirá uniendo los destinos de España e Iberoamérica.

Con emoción, hace unos meses, recordaba en Caracas este hecho, con motivo de la concesión del Premio Simón Bolívar, que me fue otorgado junto a Nelson Mandela, gran luchador por la libertad, la paz y la justicia.

Señalaba allí el sentido de encrucijada de civilizaciones fecundas de nuestra nación, así como la significación profunda que tenía el unir -en gran reconciliación histórica- la Corona española con el nombre de Simón Bolívar.

Esta reconciliación externa se corresponde con la actual reconciliación interna española. Asumir la historia no es tarea fácil, como no lo es tampoco la de convivir en paz y en democracia. Pero el pueblo español es plenamente consciente de que la paz es el gran baluarte desde el que se construye una sociedad democrática y abierta, y pueblo y Corona, repito, están indisolublemente unidos, con entusiasmo y optimismo, en nuestro empeño de solidaridad y justicia.

La paz interna es el crucial elemento de reconciliación que permite desarrollar el camino de la esperanza. Por otra parte, la paz internacional está también indisociablemente unida a los esfuerzos por alcanzar un orden internacional más justo, con nuevas estructuras económicas y sociales.

De ahí que la educación y la comunicación, la ciencia y la cultura, constituyan elementos idóneos para hacer viable la paz e imposible la guerra.

Favoreciendo el acercamiento de los pueblos, actuando con mayor equidad y justicia, forjando en cada sociedad la capacidad de valerse por sí misma para trazar las vías de su propio desarrollo, construiremos, entre todos, las bases de una paz verdadera.

Es este un magno proyecto que sólo será posible a través de la educación. Ya en 1947, en su Conferencia General, la Unesco nos recordaba:«... la educación debe hacer hincapié en la inadmisibilidad del recurso a la guerra de expansión, de agresión y de dominación, a la fuerza y a la violencia de represión, e inducir a cada persona a comprender y a asumir las responsabilidades que le incumben para el mantenimiento de la paz.»

Todo ello exige esfuerzo, imaginación y eficacia. Exige comprensión entre los diferentes sistemas sociales; exige mantener siempre la esperanza en el diálogo; exige generosidad de los que tienen responsabilidades económicas y políticas. Y exige confiar en la fuerza de la cultura, viga maestra en la aventura de forjar una nueva sociedad humanizada. Como ha dicho el director general de esta Organización:

«Es en la profundización y revalorización de la cultura, de todas las culturas, y en la promoción de un pluralismo cultural que tienda a consolidar la concordia en donde reposan nuestras esperanzas. Es de esta forma y con este espíritu como la cultura favorecerá el desarrollo y la paz.»

Tenemos, ante nosotros, el poderoso desafío de un mundo en crisis, en busca de su identidad. La UNESCO, a través de sus grandes programas, está llevando a cabo, con conciencia anticipadora, una labor gigantesca. Tarea a veces silenciosa, pero que va poniendo gradualmente los cimientos firmes para ayudar a resolver las contradicciones de nuestro mundo.

Os hablo de la paz y de la reconciliación, de la distensión y del desarrollo, pero también quiero hablaros de la libertad y de los derechos humanos. Sabemos que no todos entendemos lo mismo por libertad y democracia. Pero sabemos que no hay verdadera libertad si no hay condiciones reales de una vida digna y justa.

«Es en la mente de los hombres donde deben edificarse los baluartes de la paz, a través de la educación, la ciencia y la cultura», se dice, con pleno acierto, en el Acta Constitucional de la UNESCO. Y, en efecto, es a través de la cultura y de la educación, la comunicación y la ciencia, como contribuiremos a erradicar los prejuicios, la violencia y el terrorismo de todo tipo, haciendo posible, en definitiva, la transformación de la realidad en utopía.

Entre nosotros, un gran poeta, símbolo de la bondad y tolerancia, don Antonio Machado, nos recuerda: «El hombre quiere ser otro. He aquí lo específicamente humano».

Transformar al hombre a través de la educación es, en definitiva, transformar, pacífica y libremente, las sociedades.

España, en la historia y en la actualidad, desde sus supuestos culturales europeos, desde su proyección iberoamericana y mediterránea, seguirá apoyando esta gran obra en pro de una nueva condición humana que la Unesco, con pluralismo y con rigor, anuncia, programa y estimula. La cultura de la convivencia es, así, una nueva frontera que, entre otros, debemos traspasar y asentar.

Señor Presidente, en nuestra Constitución se señala que la nación española, en uso de su soberanía, promoverá el progreso de la cultura y de la economía para asegurar a todos una digna calidad de vida. Y señala también que ayudará al fortalecimiento de unas relaciones pacíficas y de eficaz colaboración entre todos los pueblos de la Tierra, para establecer una sociedad democrática avanzada.

Desde estos supuestos, como Rey constitucional de todos los españoles, puedo aseguraros que mi país será un adelantado y firme colaborador de la UNESCO.

Os deseo, en fin, que los trabajos de esta Conferencia sean fructíferos y respondan a las exigencias que nuestro mundo os pide.

Muchas gracias, señor Presidente.

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