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Palabras de Su Majestad el Rey a los Europeos en la apertura de Curso del Colegio de Europa

Belgica(Brujas), 15.09.1994

S

eñor Ministro, señor Vicepresidente de la Comisión, señor Alcalde de Brujas, señor Rector, señoras y señores, su invitación a participar en esta sesión de apertura del año académico de este Colegio me ha llenado de alegría e ilusión, ilusión que aumenta con los momentos tan importantes que vivimos para la construcción de Europa, cuya significación se enriquecerá en los años venideros.

Es un momento que, si bien presenta peligros para Europa, nos brinda también oportunidades. Este Colegio no es únicamente un excelente centro de enseñanza, sino también un crisol de pensamiento europeo. Esta función va a cobrar nueva importancia, ya que de este Colegio pueden surgir elementos importantes que conjuren dichos peligros y aprovechen las oportunidades.

Para esta nueva etapa europea, carecemos quizás de referencias, de un modelo del pasado que pueda esclarecer nuestro futuro. No es la primera vez que Europa se enfrenta a un reto así. Tendremos que diseñar, esta vez, un modelo nuevo para el conjunto de Europa y no sólo para una parte.

Ante todo, Europa ha de tener conciencia de sí misma, como vienen pidiendo nuestros mejores pensadores desde hace cincuenta años, entre ellos, en España, Ortega y también Madariaga, cuyo recuerdo resulta particularmente oportuno en esta Casa que creó junto con Antoine Velege, y presidió hasta 1964, antes de asumir su Presidencia de honor.

Entre otras personas eminentes, evoco a Salvador de Madariaga porque creo que en la historia de la integración europea, no sólo las instituciones sino también las personas tienen un peso evidente y necesario. La integración europea es asimismo el resultado de esfuerzos, de intercambios de ideas, de relaciones y de audacias fructíferas entre personas concretas.

Desde esa perspectiva surge con fuerza la necesidad de colocar ahora a la persona en el centro de la construcción de la nueva Europa.

En este sentido se han dado algunos pasos importantes con la introducción del concepto de ciudadanía europea en el Tratado de Maastricht, concepto lanzado desde España y que debemos enriquecer, aplicar y desarrollar pensando tanto en los derechos como en los deberes que se derivarán del mismo. En el futuro, hemos de progresar aún más e intentar prestar la debida atención a todos aquellos que viven en Europa y que no son todos ciudadanos europeos. Me refiero a la inmigración.

Hay una migración que me parece particularmente triste y grave y es la derivada del exilio o de la situación de refugiado político. El número y la situación de estos refugiados en el conjunto de nuestro continente como consecuencia de tragedias tales como las acaecidas en la antigua Yugoslavia o en muchos otros lugares, constituyen una de las mayores tragedias de la Europa actual.

Es una tragedia que hemos conocido en España y de la que yo tengo un recuerdo personal, familiar. Este espectro vuelve a surgir, aunque ya no en nuestras sociedades de la Unión Europea, sí en las sociedades de algunos de nuestros vecinos. La integración europea ha nacido para terminar con los enfrentamientos y los exilios entre sus Estados miembros y en el seno de cada uno de ellos, y lo ha logrado. Pero debe fortalecerse y ampliarse para extender esta condición al resto del continente y más allá del mismo.

La integración europea ha de significar que ya no habrá más Goyas o Einsteins forzados al exilio a causa de su condición o de sus ideas. En este sentido, la integración europea debe significar la reconciliación de las diferentes partes de Europa, lo mismo que ha contribuido a la reconciliación interna de España.

Esta reconciliación sólo podrá llevarse a cabo si Europa utiliza su ideal de paz y prosperidad, esta vez a escala continental e incluso mayor. Es un ideal que debemos transmitir a los jóvenes y un reto para la generación de sus padres, es decir, mi generación.

Tenía yo seis años cuando tuvo lugar el desembarco aliado en Normandía. No viví conscientemente ni la II Guerra Mundial ni la Guerra Civil española que fue, en parte, su predecesora. Pero para mi generación, la construcción europea, la integración de España en estos nuevos esquemas, era una aspiración que venía de lejos. Esta aspiración se vio colmada hace ocho años.

España no es uno de los países fundadores de la Comunidad Europea, pero sí es uno de los países conscientes de que existe una cierta necesidad de renovar esta Comunidad, esta Unión.Muchos han dicho que la integración europea, desde la creación de la CECA en 1951 al Tratado de Maastricht, ha sido uno de los grandes inventos políticos positivos de este siglo que se acaba y que ha estado marcado por momentos muy sombríos. Este modelo de integración constituye no sólo una gran aportación para Europa, sino también un ejemplo para otras regiones del mundo.

El verdadero secreto del éxito de esta invención es el supranacionalismo. Esta forma de integración no acaba ni con las naciones, ni con los patriotismos, ni mucho menos con los Estados. El supranacionalismo sirve para suavizar, para domar los excesos de los nacionalismos, para respetar al otro, inspirándose en los beneficios de dos principios que nutren toda esta construcción: la tolerancia y el compromiso.

Así es como se construye la familia europea, porque es el espíritu de familia el que debe impregnar nuestro esfuerzo para ser «muchas abejas pero un único enjambre», tal como nuestro filósofo José Ortega y Gasset describía Europa hace ya tiempo.

Esta integración ha sido asimismo original por su método de generar «solidaridades de hecho». Pero, posiblemente, el método del que Jean Monnet fue el gran inspirador ha de ser revisado, desde el convencimiento de que, en esta encrucijada de la historia, las solidaridades de hecho ya no pueden derivarse mecánicamente de la integración económica, sino que deben ser el resultado de decisiones eminentemente políticas.

La integración económica no ha terminado. Debe continuar. Pero las decisiones económicas que tenemos ante nosotros afectan a lo más profundo de las soberanías nacionales -como la moneda o los impuestos o incluso, más allá de la economía, la política exterior- y esta Unión Europea debe fundamentarse en una Europa política que, en gran parte, falta todavía.

Circunstancias históricas muy particulares son las que han hecho que la construcción europea haya comenzado por un grupo muy reducido de países. El éxito de semejante proyecto, la transición hacia la democracia en la Europa del sur, el fin de la Guerra Fría y la normalización gradual de los países del este se encuentran en la base de la ampliación por etapas de la Comunidad y ahora de la Unión Europea.

Es un reto muy difícil de afrontar ya que las ampliaciones de la Unión previsibles en el crepúsculo de este siglo o al alba del siguiente, hacen que un cambio cuantitativo deba tener la traducción adecuada en el área de la realidad comunitaria.

Europa se encuentra frente a una nueva etapa decisiva de su construcción. 1996 debería ser el año de un gran salto adelante, salto para el que hemos de prepararnos con voluntad, pero también con serenidad, y siendo conscientes de nuestro horizonte histórico. Hoy en día, como decía en 1940 Jacques Maritain, «en determinadas circunstancias, los programas minimalistas deben ser considerados como utópicos y tan peligrosos como los programas maximalistas».En 1996 construiremos y reconstruiremos Europa, pero se trata de una obra en la que hay que seguir trabajando para perfeccionar nuestra edificación.

Debemos progresar en la integración europea respondiendo a las esperanzas de los ciudadanos europeos. Probablemente hemos de progresar en lo que sea necesario para el buen funcionamiento de la Unión, pero sin extralimitaciones y sin que la Unión entre en terrenos reservados a otras instancias o propios de la identidad de cada nación.

Conocemos los desafíos a los que Europa tiene que enfrentarse y me parece innecesario enumerarlos aquí. Pero lo que por definición no podemos conocer son los desafíos no previstos o imprevisibles. Los ignoramos, pero debemos afrontarlos. Por esta razón es por lo que necesitamos una Unión flexible, ágil y fuerte. Hemos de inventar una Europa que sea a la vez roble y junco.

Debemos avanzar hacia una Europa estimulante y solidaria entres sus miembros y hacia el exterior.

Estimulante porque, ya sea mediante el mercado único que estamos completando, o mediante la moneda única o las políticas comunes, la integración europea debe servir para mejorar el comportamiento de nuestras economías y de nuestras empresas.

Tenemos que pensar, cada vez más, en la competitividad europea, marco esencial de la competitividad de cada uno de nuestros países. Por ello es por lo que debemos lanzarnos a proyectos que pongan de manifiesto las ventajas de la economía de escala que desde hace años construimos en Europa. Pienso sobre todo ahora en los proyectos de grandes redes europeas de comunicaciones y transporte.

Pero Europa debe ser también un modelo de solidaridad interna. Por un lado, debemos defender el marco de solidaridad social que constituye una gran conquista humana y uno de los signos de identidad de Europa. Asimismo, es una de las razones por las que hemos de desarrollar la política social de la Unión.

Con este espíritu debemos también afrontar colectivamente un gran azote que sacude a nuestras sociedades en este final de siglo: el paro. Hay que hacer cuanto sea posible por aumentar el empleo. Reencontrar el camino de un crecimiento económico seguro y duradero ha sido una condición necesaria, pero no suficiente. Hemos de continuar modernizando nuestros sistemas económicos, así como buscar nuevas actividades que favorezcan el empleo.Tenemos también que avanzar, con paso prudente pero decidido, hacia una mayor solidaridad entre los europeos, fortaleciendo una política de cohesión económica y social que nutra todas las políticas comunes de la Unión.

La solidaridad europea no debe detenerse en nuestras fronteras. Europa se definirá en buena parte según la forma que establezca sus relaciones con los demás. Esta «segunda oportunidad» que la historia da a Europa -como la ha definido Haberlas- debe plasmarse en un espíritu de apertura y solidaridad de la Unión Europea. Europa no debe ser únicamente abierta, sino estar abierta a aquello que le es diferente.

No deben crearse nuevos muros. La idea de una Europa fortaleza ha quedado superada con el fin de la guerra fría y los cambios mundiales. Europa ha de crear áreas de asociación con otras regiones del mundo, en particular con su entorno más próximo.

Europa no puede avanzar ni afianzarse mientras tenga un entorno dominado por la miseria, carente de un futuro esperanzador o asolado por conflictos. En este sentido hemos progresado. La Convención de Lomé es un modelo de cooperación única en su género. Los acuerdos con nuestros vecinos del este y del sur marcan el buen camino.

Necesitamos una Europa -no simplemente una Unión Europea- en la que no se erijan nuevas fronteras o se desplacen las antiguas. Es más bien necesario que las fronteras ganen en porosidad para que en su día pierdan su sentido de separación.

Ser o no ser Estado miembro de la Unión no debe convertirse en un dilema trágico ni en una situación definitiva. La Unión debe actuar con generosidad y potenciar su capacidad de integración. Para aquellos que aspiran a entrar en la Unión o a tener relaciones muy estrechas con ella debiéramos pensar en esquemas de incorporación gradual, en fórmulas evolutivas que fomenten la integración de las sociedades antes que la integración de los Estados.

En este sentido, debemos quizás rescatar la idea lanzada por Ortega y Gasset en 1938 -año importante para Europa- de una «gran casa europea», de la «gran casa común».

Aunque las grandes decisiones deben partir de ellos mismos, somos en parte responsables del éxito o del fracaso de las grandes transformaciones en curso en los países de Europa central y oriental. Hemos de avanzar hacia una integración gradual de estos países, ayudándoles en sus transiciones, pero también impulsando la integración europea. Frente a este futuro, no hay elección entre ampliar y profundizar. Son dos verbos que debemos conjugar a la vez.

Un espíritu similar debe guiar nuestras relaciones con los países de la antigua Unión Soviética y en particular con Rusia.

Pasar de una política de gestión de la confrontación a otra de gestión de la cooperación no es tarea fácil. Deben superarse por una y otra parte reflejos aprendidos, formas de pensar estereotipadas. Pero la cooperación, que hacemos avanzar paso a paso, es la única vía para llegar a construir un nuevo orden más pacífico y más tranquilizador no solamente en Europa, sino en el mundo en general.

No podemos volver la espalda a Rusia ni a los demás países de la antigua Unión Soviética. Debemos incorporarlos a los esquemas europeos, sin que ser o no Estado miembro de la Unión sea, como ya he dicho, una elección desgarradora. El acuerdo de asociación entre la Unión Europea y Rusia, y el acuerdo de Asociación para la Paz entre la OTAN y Rusia, primeras medidas hacia el Plan de Estabilidad en Europa, son pasos en esta dirección, que es la correcta.

Nuestra política de cooperación debe también extenderse a los países terceros del Mediterráneo, que debe constituir un mar de relaciones y no un muro de contención. Debemos aprovechar el buen momento que para estas relaciones supone el proceso de paz comenzado en Oriente Medio y en particular el inicio de un entendimiento entre israelíes y palestinos.Para nosotros, españoles, y también para otros europeos, las relaciones entre la Unión Europea y el Magreb son una prioridad que debiera desembocar en breve en una asociación generalizada. Las orientaciones decididas a este respecto en el Consejo Europeo de Corfú son alentadoras.

Naturalmente, Europa debe también impulsar sus relaciones con Iberoamérica que, después de los delicados momentos políticos y económicos de los años setenta y ochenta, avanza con seguridad hacia un brillante futuro que comporta asimismo nuevos esquemas de integración regional.

Debemos completar y enriquecer el abanico de las relaciones existentes. Europa, como España, no puede ser simplemente europea. Debe ser también transeuropea.

Esta apertura de Europa ha de dejar un lugar especial a las relaciones con los Estados Unidos, cuyo apoyo en las primeras horas de la integración europea fue esencial. Hoy, los Estados Unidos son uno de los principales garantes de la seguridad europea y deben seguir siéndolo para que el proyecto continúe avanzando.

Hoy, cuando hemos dejado atrás el enfrentamiento de la guerra fría, la guerra total es improbable, pero se han incrementado las posibilidades de guerra local en Europa y fuera de ella.Frente a esta situación, la Unión Europea y sus Estados miembros deben tener una auténtica capacidad de acción en la escena internacional. Es en este sentido en el que debería progresar la política exterior y de seguridad común.

Sería necesario sobre todo que pusiéramos en marcha una diplomacia preventiva para evitar los peligros derivados de mayores posibilidades de conflictos armados locales. Para ello, la Unión Europea y la Unión Europea Occidental deben desarrollar sus capacidades diplomáticas, sus disponibilidades para la ayuda humanitaria así como todos sus efectivos (si fuera necesario, para poder intervenir en misiones de paz). Las tragedias que han tenido y siguen teniendo lugar en la antigua Yugoslavia no deben repetirse.

Quisiera rendir tributo al esfuerzo internacional realizado en la región por las fuerzas desplegadas bajo los auspicios de Naciones Unidas, en las que participan militares españoles que están dando, a costa incluso de sus vidas, un extraordinario ejemplo de servicio a la causa de la paz y de la reconstrucción.

Para construir esta política exterior y de seguridad común, que tanto necesitamos, tendremos que hacer muchos esfuerzos para superar tradiciones diplomáticas y sensibilidades diferentes de modo que esta construcción se base en intereses comunes que permitan, también, que se forjen «solidaridades políticas de hecho» entre los Estados miembros.

Quisiera hacerles partícipes del orgullo que sentí cuando, por primera vez en la historia, ví a soldados españoles desfilar por los Campos Elíseos el 14 de julio, con soldados franceses, alemanes, belgas y luxemburgueses. Es el símbolo de una nueva época, de una recuperación histórica que no habría que frustrar.

La capacidad internacional de la Unión Europea no debe limitarse a los aspectos diplomáticos o militares, ni siquiera comerciales o de cooperación económica y financiera. Europa debe tener también una capacidad de diálogo con otras culturas.

Independientemente de cuál sea el camino más adecuado para lograr la integración, de lo que sí estoy convencido, es de que la acción exterior de la Unión que estamos construyendo -me atrevería a decir inventando- ha de tener una marcada dimensión cultural. Los nuevos medios de comunicación nos proporcionan además mejores oportunidades para ello.

«Europa no es únicamente un mercado común y el precio del carbón y del acero, es también, y sobre todo, una fe común y el precio del hombre y de la libertad», escribió Madariaga. No creo que Europa pueda ser Europa sin compartir y defender valores comunes.

La Europa de los valores forma parte del ideal europeo. Quizás, la revisión de los textos legales fundamentales de la Unión Europea que tendrá lugar en 1996 sea una buena ocasión para reafirmar y reforzar esta Europa de los valores.

El momento es propicio, ya que algunas nubes en el cielo europeo arrojan sombras grises sobre nuestro proyecto. Pienso en la xenofobia y en el racismo. De nuevo, insisto en el hecho de que el futuro, la propia identidad de Europa, depende en gran parte de la forma en que tratemos a los «otros», de nuestra capacidad de diálogo con otras culturas, no sólo más allá de nuestras fronteras sino en nuestro propio suelo.

Europa tiene el deber de perfeccionar tanto el contenido como el respeto de los derechos de la persona. Debe hacerlo en su interior, pero también debe intentar abrir al exterior espacios de libertad, de manera gradual y desde el respeto al derecho a la diferencia.

Europa y los europeos tenemos ante nosotros el reto de emprender el camino de un mundo más solidario, equilibrado y armónico en el que todos nos sintamos necesarios y reconocidos.Un mundo en el que sea posible una vida digna y el respeto y la igualdad para todos los hombres.

Un mundo en el que los individuos, las empresas y las instituciones se sientan responsables de sí mismos y de sus relaciones con los demás y con el entorno natural.

Un mundo en el que se valore la frugalidad y la moderación en la utilización de los recursos comunes y la prudencia ante los riesgos de ciertos avances científicos.Un mundo en el que todas las culturas sean consideradas como un bien común y en el que todos compartan el deseo de preservar esta enriquecedora diversidad.

Es un camino que lleva a una nueva época, que puede ser como un nuevo Renacimiento, y que requiere una verdadera revolución espiritual, moral, intelectual e institucional. Una revolución de la tolerancia, de la apertura, de la humildad, de la generosidad y de la amplitud de miras.

En este contexto, quisiera hacer un llamamiento a todos los intelectuales europeos para que aporten sus ideas y sus esfuerzos al resurgimiento de esta Europa de los valores, de la Europa humanista y humanitaria, de la Europa de la libertad y de la democracia.

En la historia de Europa hay momentos de encrucijada que recuerdan al presente y hombres de frontera que supieron adelantar en su propia época los caminos del futuro. Uno de ellos fue sin duda el patrón de este curso, el maestro Ramón Llull, cuya figura ha evocado tan elocuentemente el rector Fragniére.

El mallorquín Llull, filósofo, místico y poeta medieval, fue un viajero impenitente que soñó con una síntesis espiritual entre oriente y occidente, entre el norte y el sur. Fue uno de los pocos europeos de su época que habló y estudió no menos de seis lenguas, incluido el árabe, y que entendió el mundo conocido en la Baja Edad Media como casa propia. Lector de los clásicos, buscó en ellos el camino de la comprensión del futuro e intentó combinar la tradición cristiana con el pensamiento y la metodología de la gran cultura árabe de la época.

Los europeos, que podemos y debemos aprender mucho de nuestro pasado, tenemos la suerte de tener puntos de referencia que, como Llull, trazaron el camino de la primera unidad europea, que fue una unidad en el espíritu y en la capacidad de poner en común experiencias culturales diversas como entramado básico para alumbrar una nueva etapa de la historia colectiva. Al igual que hizo Llull, hará falta ahora innovar profundamente para ampliar nuestro horizonte común.

Contribuir a que la humanidad contemporánea tome conciencia de su responsabilidad y la asuma, este es el mensaje que nos deja Llull, este europeo que fortaleció con la razón su fe en la comunidad de intereses humanos.

Que los europeos, a través de sus pueblos, de sus dirigentes, de sus instituciones y de sus múltiples actores sociales, tomen conciencia de las responsabilidades que deben asumir con ellos mismos y también hacia los más desfavorecidos y débiles, hacia la tierra y la vida y hacia las generaciones futuras: este es el reto que tenemos delante para que Europa siga siendo la Europa viva, tolerante, abierta e innovadora de su mejor historia.

En esta aventura apasionante debemos entusiasmar, sobre todo, a nuestra juventud, pues el futuro de nuestro proyecto europeo descansa en los jóvenes de hoy. Vosotros que venís a estudiar en este ilustre Colegio de Europa lleváis ya, a buen seguro, ese entusiasmo en vuestros corazones y en vuestras mentes. Al declarar abierto este curso académico del Colegio, os animo a que, en los meses y años venideros, contribuyáis a extender y multiplicar el mensaje integrador y humanista de vuestro patrón, aquel gran español y gran europeo que fue Ramón Llull.

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