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Palabras de Su Majestad el Rey al mundo de la cultura al entregar los Premios Príncipe de Asturias

Oviedo, 16.10.1984

A

sturias enaltece una vez más su universalidad con la entrega de los premios que llevan el nombre de su Príncipe, en clara vinculación del sucesor de la Corona con esta tierra generosa, recia y hospitalaria, ejemplo de laboriosidad para todos los españoles.

En la distancia, al otro lado del océano que tantos asturianos han cruzado a través de los tiempos, yo sé que mi hijo siente hoy la nostalgia y el pesar de no estar entre nosotros para hacer entrega de los galardones, felicitar a quienes los obtienen y agradecer vuestra presencia.

Le retienen en otro lugar lejano indeclinables obligaciones académicas, que suponen para él sacrificio y entrega, y es precisamente en la ejemplaridad de su conducta de estudiante, en el penoso esfuerzo de enfrentarse fuera de España con un mundo extraño, hasta ahora desconocido para él, donde radica el mejor tributo que, como joven español de su tiempo, os debe rendir.

Estos premios de la Fundación Principado de Asturias han sido creados para reconocer y enaltecer las cualidades y los méritos de las personas y entidades que en las distintas facetas que los garlardones comprenden se han hecho acreedores a la admiración y al respeto de todos.

Ningún hombre es más que otro si no hace más que otro. Pero vosotros nos habéis distinguido en vuestro hacer.

La dedicación esforzada a la investigación científica y técnica, a las nobles tareas de la creación en las artes, en las letras y en las ciencias; a la comunicación entre las personas y los pueblos, o a la cooperación con nuestras naciones hermanas de América; la exaltación, en definitiva, de las actividades del espíritu, constituyen condición indispensable y básica para el desarrollo de la sociedad en que vivimos y para que podamos contribuir también a la consecución del bienestar en el mundo entero.

No podemos abarcar en el complejo nivel de la historia en la que en este momento estamos inmersos, sin la labor lúcida, infatigable, dolorosa a veces, siempre solidaria, de los que como vosotros, los que hoy recibís los Premios Príncipe de Asturias, entregáis lo mejor de vuestra inteligencia y de vuestro esfuerzo al servicio del progreso y de la paz.

En este punto, permitidme que, de entre los galardonados y como suma y compendio de todos ellos, haga especial mención de los Presidentes de Colombia, México, Panamá y Venezuela -aquí representados por sus respectivos cancilleres-, cuyos denodados esfuerzos en favor de la paz abren una vía esperanzadora a la concordia y al entendimiento entre los pueblos, lo mismo que al progreso en libertad, esfuerzos que merecen nuestro apoyo y nuestro aplauso, como bien ha sabido reconocer el jurado al otorgarles tan alta distinción.

La cultura, en toda su extensión y a todos sus niveles, no debe ser tan sólo una posibilidad instrumental coordinada y predicativa de nuestra condición de desarrollo social, sino también algo más profundo y permanente: la propuesta de una conducta ética.

Cultura y ética parecen en ocasiones términos distanciados entre sí, independientes o acaso contrapuestos. Sin embargo, han de ser inseparables, porque la primera sería muy poco si no estuviera inspirada por la segunda y estimulada por la gran fuerza del espíritu.

Trabajáis, lucháis, habéis conseguido en vuestras tareas los extraordinarios logros que han sido reconocidos por los excepcionales jurados, cuya difícil misión tan puntual y justamente se ha cumplido y que, asimismo, merecen nuestro reconocimiento.

Entendéis con generosidad de alma la angustia, las aspiraciones a conseguir la supervivencia humana, histórica y moral de vuestros semejantes. Buscáis la paz y la unión entre los pueblos, el perfeccionamiento de las relaciones entre los hombres.

Sois distinguidos en el saber, pero más hondamente todavía sois personas que nos amáis, que hacéis entrega de una extraordinaria aportación a nuestra vida individual y social.

Cuando reflexionamos sobre todo ello, sentimos la profunda sensación del reconocimiento, y sólo podemos expresarla con una palabra cordial, entrañable y sencilla: gracias.

Asturias, que es decir España en su entidad fundamental, en su núcleo primario y eterno, sabe valorar esa entrega de vuestra vocación humanística y científica dirigida al bien común.

El trabajo y su disciplina, sus fatigas, sus cualidades de misión divina, tienen aquí su asiento y su entendimiento cabales. Asturias es una comunidad que se llama trabajo, que canta y llora, vive y muere por el trabajo. Por esa razón, todos los asturianos hoy representados en este acto, se sienten honrados por fundirse en la concesión de los premios que acabáis de recibir, y de disfrutar de vuestra compañía o de vuestro recuerdo, no sólo en estos momentos, sino en todos los demás de vuestras vidas. Porque donde quiera que estéis, Asturias os hará llegar una y otra vez el mensaje noble y claro del agradecimiento.

Con vuestra labor, España marcha adelante y el mundo puede entrever horizontes de paz, de esa paz que tanto necesita. De una paz que buscamos para nuestra patria, para las naciones humanas del continente americano, para todos los países del mundo.

Detrás de vosotros, nuevas generaciones de investigadores, de escritores, de artistas, de técnicos, de hombres de buena fe que se preocupen de los problemas internacionales para tratar de resolverlos con justicia, seguirán la ejemplar biografía de vuestras vidas. Y no olvidemos la opinión de un escritor famoso cuando decía que «en realidad, no hay historia. Todo se reduce a biografía».

En este proceso de sustitución de generaciones, de acumulación de biografías de hombres destacados, hemos de colaborar todos estrechamente unidos para que España prosiga su andadura entre las naciones.

Gracias de parte del Príncipe de Asturias.

Gracias en nombre de Asturias, por la labor en que habéis sido justamente premiados. A la materialidad del galardón, añadid el afecto y el reconocimiento de todos los asturianos y de España entera.

Y gracias también a la Fundación Principado de Asturias, que ha creado estos premios y les proporciona relieve y categoría.

Unos premios que al conseguir en poco tiempo extender por el mundo la siembra de su importancia, de su fama y su prestigio, permitirán, sin duda, recoger muy pronto una cosecha efectiva y abundante, en beneficio de Asturias y de los asturianos.

De los asturianos, a quienes os pido que améis cada vez más a vuestra tierra: esta tierra por la que mi hijo, el Príncipe de Asturias, se siente siempre tan atraído. Pensad en ella y laborad por ella, unidos en el entusiasmo y la esperanza. Sentios orgullosos de vuestros campos verdes, de vuestras imponentes montañas, de vuestro mar bravío, de vuestras neblinas, que ponen como un filtro al paisaje para hacerlo más suave e impregnarlo de melancolía. Sentios cada vez más asturianos, porque ese es el medio de ser cada vez mejores españoles.

Os lo pido a vosotros, los hombre y mujeres del Principado de Asturias, y lo pido a todos los que a lo largo y a lo ancho del territorio de nuestra patria se preocupan y se desviven por el solar que les vio nacer, por el mantenimiento de su historia, de sus costumbres y sus tradiciones: por la paz y el progreso de sus pueblos, por la cultura de sus habitantes...

Porque al sumarse su amor al amor de los demás, en vez de disgregarse y diluirse, se acrecienta venturosamente la suma del amor a España.

 

 

 

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