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Palabras de Su Majestad el Rey al Presidente de Uruguay Gregorio C. Alvarez Armellino y al pueblo uruguayo

Uruguay(Montevideo), 20.05.1983

A

l otorgarnos hace unos instantes, Vuestra Excelencia, a la Reina y a mí, la más alta distinción del Estado Uruguayo, le he expresado, con nuestra gratitud, la más honda emoción al haber arribado a este bello país tan europeo en sus costumbres y maneras, y cuya capital, Montevideo, tanto recuerda a nuestras ciudades españolas.

Si vuestras tierras nos traen a la memoria las nuestras, y ello emociona a cualquier español que aquí llega, quiero tener presentes también a los centenares de miles de españoles que acudieron a la llamada de la tierra oriental y se integraron en sus destinos.

Por esa vía nuestra vinculación de hermandad logró un nuevo e invalorable impulso.

Sobre ese temple vital han discurrido nuestras relaciones de país a país.

Nuestros pueblos han vivido pendientes el uno del otro, celebrando como propios los éxitos del hermano y sintiéndose unidos en las dificultades. Han dado prueba constante de concordia y armonía, fieles al espíritu obligado de todo entendimiento fraternal.

En España y en el mundo entero vivimos un período crítico que hace que mis responsabilidades, como Jefe de Estado, se multipliquen acortando mi tiempo. Pero desde que, con la Corona, asumí estas responsabilidades me impuse el grato e irrenunciable deber de rendir, con mi presencia, a estos países hermanos de América, el homenaje que un Rey de España, no sólo como tal, sino también como un español más, debe ofrecerles.

Interrumpidos estos viajes durante un período de más de tres años, debido a otros compromisos de Estado, hoy estoy aquí, entre vosotros, en la tierra de Artigas.

Sé que vuestra gloriosa historia está llena de hombres de raíz y origen español, porque la historia de la República Oriental del Uruguay, con su valeroso talante, pertenece a la historia de España, de la misma manera que en la nuestra encontraréis el origen de ese trasfondo de pueblo indómito y civilizado que os caracteriza.

Efectivamente, no podemos dejar de destacar el nivel cultural alcanzado por una nación que cuenta entre sus hijos más preclaros a poetas y escritores como el viejo Pancho, Horacio Quiroga, Juana de Ibarbourou, Zorrilla de Sanmartín o Juan Carlos Onetti; pensadores de tanta valía como José Enrique Rodó, Carlos Baz Ferreira, y pintores como los Blanes, Joaquín Torres García y Barradas, que trabajaron tanto en Uruguay como en España.

De nuevo quiero proclamar la vocación iberoamericana de España y mi fe en la solidaridad de los pueblos hermanos.

Nuestra historia y nuestro pensamiento discurren por las vías de una misma lengua, enriquecida por todos, y nuestra concepción del hombre y de la vida son las mismas.

Entre nuestros pueblos todo es alma común, todo es espíritu de la misma civilización.

Para alcanzar una sociedad abierta y plural en la que la libertad y la justicia sean norma, no nos debe faltar el máximo empeño.Pienso, como Artigas, que:

«La energía es el recurso de las almas grandes.»

Vuestro talante de pueblo de cultura elevada que plasmó en una de las democracias más arraigadas de la América hispana, también se ha mostrado ahora al buscar con incesante desvelo las fórmulas para retornar a vuestro sistema tradicional.

Señor Presidente, estamos informados del cronograma político de vuestro Gobierno, que, estoy seguro, haréis llegar a buen puerto, para así, conducir al país a una democracia plena en la que los partidos políticos, cumpliendo su tradición de amor a la libertad, permitan que el pueblo uruguayo demuestre su apoyo a un estilo de vida basado en esa libertad y en la dignidad de la persona.

Estamos convencidos -y la experiencia histórica que ha vivido mi país lo atestigua- de que la reforma y el cambio son siempre posibles a través de medios pacíficos, para que los problemas que una sociedad moderna plantea puedan ser resueltos políticamente. Asimismo, también creemos que el orden político y la paz social tienen como fundamento la dignidad del hombre, los derechos inviolables que le son propios y el respeto de la ley.

Recuerdo ahora, lo que decía el prócer de esta tierra:

«Con libertad ni ofendo ni temo.»

Señor Presidente, estoy seguro de que en la vía de la concordia y de la audiencia a la voz de vuestro pueblo que tan sabia y prudentemente ha comprendido vuestro Gobierno, encontraréis el camino futuro. Porque el Uruguay, como España, pertenece al mundo occidental que rechaza fórmulas que no sean las de escuchar con orden y respeto la opinión de todos.

Señor Presidente, quiero dejar aquí testimonio de nuestro agradecimiento al pueblo y al Gobierno uruguayo, por la hospitalidad y las atenciones que nos están dispensando a la Reina y a mí.

Levanto mi copa con el ferviente deseo de que el más joven de los países de América del sur, y España, el más viejo de los países de esta comunidad iberoamericana, incrementen sus profundas relaciones, y hago votos por que el pueblo uruguayo alcance la mayor prosperidad y felicidad, destino que se halla en su esencia misma y en su voluntad popular.

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