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Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad académica al ser investido doctor "honoris causa" por la Universidad de Toronto

Canadá(Toronto), 10.10.1991

S

eñora Canciller, señor Presidente del Consejo de Gobierno, señor Presidente de la Universidad, señoras y señores, es para mí una gran satisfacción recibir el Doctorado honoris causa de la Universidad de Toronto. Tan preciado galardón representa una altísima distinción que os agradezco muy sinceramente.

Ello me permite de nuevo la oportunidad de visitar este magnífico país y, en particular, la espléndida y dinámica capital de su provincia de Ontario.

En nuestros anteriores viajes, la Reina y yo pudimos admirar la grandiosidad de los paisajes canadienses. Algunos de ellos, en el oeste, fueron recorridos en el siglo XVIII por marinos españoles.

Juan Pérez, Bodega y Quadra, Vadés, Alcalá Galiano, Alejandro Malaspina y muchos otros intrépido navegantes trazaron las primeras cartas geográficas de aquellos parajes, y realizaron las primeras descripciones de sus habitantes, su fauna y su flora. Un rosario de nombres españoles, a lo largo de las costas e islas de la Columbia Británica, son testimonio de sus exploraciones, rememoradas la pasada primavera por el buque-escuela español Juan Sebastián Elcano. La actual exposición monográfica sobre todas estas expediciones científicas, que puede contemplarse este año en Canadá, muestra hasta qué punto fueron importantes para el conocimiento de esa bella parte del nuevo mundo.

También fuimos testigos directos de la laboriosidad de las gentes de Canadá en pro del progreso económico, social y tecnológico; pero sobre todo, fuimos testigos de su abierta cordialidad y de su generosa y natural hospitalidad.

Tanto el Príncipe Felipe, que pasó todo un curso académico en esta provincia de Ontario y la visitó posteriormente en 1989, como la Infanta doña Cristina guardan un gratísimo recuerdo de Canadá, de sus gentes y de sus instituciones académicas.

El título de Doctor que os habéis dignado concederme será para mí, personalmente, señor Presidente, un nuevo y gratificante motivo de vinculación a este país.

La larga historia de España, su raigambre universitaria y la tradicional relación entre la Corona y la universidad que permiten apreciar, en todo su valor, el papel que las universidades han tenido para el devenir del mundo.

Al calor de las universidades españolas se forjaron las ideas de las que nació lo que hoy es el ordenamiento que rige las relaciones de la comunidad internacional.

En el momento actual, con toda la esperanza y también la inquietud que producen los grandes cambios, las universidades pueden y deben ser cuna de ideas y actitudes que nos permitan una evolución pacífica hacia un mundo más justo y libre.

Así como del compromiso intelectual de las grandes universidades españolas del siglo XVI nacieron doctrinas que desarrollaron la conciencia occidental sobre el respeto a los derechos de la persona y los mecanismos de solución de los conflictos entre los pueblos, también hoy las universidades, ante momentos históricos trascendentales, deben reafirmar un compromiso con la sociedad, y profundizar en su labor de vanguardia de una sociedad futura donde queden superados los retos que actualmente debemos afrontar.

En este sentido, la universidad debe ser un espacio amplio y generoso de libertad; de una libertad que abone el florecimiento del pensamiento.

A veces se puede cometer el error de creer que ya todo está inventado, que no hay nada nuevo para el hombre. La exclusión de la novedad y de la sorpresa rima mal con la investigación científica propia de la universidad. Además, negaríamos la evidencia de un mundo en acelerado período de transformaciones. Los berlineses colgaron del muro después de su caída un cartel que decía: «Nada es eterno».

Hemos visto cómo, de repente, la historia nos ha dado un brinco, como si con su desenfreno se empeñara en hacer añicos los sistemas y las estructuras que supuestamente debían ser eternas.

La historia es proceso, diálogo, dinamismo e interrogación de sí misma.Comprender la historia es comprender nuestro presente, como condición indispensable para poder pensar nuestro futuro.

Y para ello es del todo necesario ese pensamiento en libertad que la universidad, como significado instrumento intelectual de la sociedad, puede brindarnos.

Estoy convencido, señora Canciller, que prestigiosas universidades, como esta de Toronto -con la que desde hoy me siento comprometido-, aportarán su contribución a esta noble tarea.Desde sus orígenes en 1827 la Universidad de Toronto ha sido uno de los principales centros educativos de Ontario y de Canadá. De aquí han salido grandes personalidades y entre ella, los Premios Nobel de Química Banting, McLeod y Ponanyi; escritores como Margaret Atwood y Sephen Leacock; estadistas como Lester B. Pearson y William Lyon Mackenzie King; médicos como Norman Bethune, cuya labor estuvo íntimamente asociada con mi país, y tantas otras personalidades que dan cuenta de la importancia de esta Universidad en el contexto académico mundial.

El número de cursos y programas doctorales que ofrece y su alto nivel de investigación científica en campos como el de inteligencia artificial, biotecnología y fibra óptica, e investigación médica, incluyendo la lucha contra el SIDA, son indicadores de su actividad en favor del progreso de la humanidad.

En el marco de las actividades de la universidad, quiero resaltar la magnífica labor que su Departamento de español ha venido realizando en favor de la enseñanza de la lengua y de la cultura españolas.

Confío en que, a pesar de las dificultades, dicha labor pueda continuar en el futuro. En esta ocasión, deseo enviar un especial recuerdo a los responsables de su enseñanza en Canadá.

El español es hoy una de las lenguas del mundo con mayor capacidad de expansión. El español, lengua materna de trescientos cuarenta millones de personas y lengua oficial de más de veinte países, constituye hoy vehículo indispensable para la penetración de mercados tan importantes como el del subcontinente sudamericano; tiene una influencia creciente en los foros diplomáticos internacionales y es cada vez más elegido como segunda lengua o lengua de cultura por los estudiantes de todo el mundo.

Prueba de su vitalidad es la concesión, en las dos últimas ediciones, del Premio Nobel de Literatura a dos escritores en lengua castellana: Camilo José Cela y Octavio Paz.Nos complace contemplar desde España una proyección cada vez más intensa de Canadá hacia el mundo iberoamericano, que se ha plasmado, entre otras manifestaciones, en su reciente ingreso como miembro de pleno derecho en la Organización de Estados Americanos y en la negociación del Tratado de Libre Comercio con México.

En esa tendencia, cabe imaginar que el idioma español conocerá una mayor expansión en Canadá, algo que nos alegrará sobremanera.

Como nos satisface también la Declaración Transatlántica recientemente firmada, que recoge los especiales vínculos de Canadá con la Europa comunitaria de la que ya forma parte España.En la ciudad mexicana de Guadalajara, los Jefes de Estado y Gobierno de veintiún países iberoamericanos nos reunimos el pasado mes de julio a los casi quinientos años de distancia del primer encuentro de nuestros pueblos, con la intención de coordinar la proyección de la realidad iberoamericana hacia el tercer milenio. En la Declaración, fruto de la reunión, se reafirmó el compromiso de nuestros países con los valores de la democracia, la libertad, la paz y el progreso, valores de los que Canadá ha sido incansable valedor.

En vísperas del aniversario de aquel primer encuentro de pueblos y culturas, no quisiera omitir un recuerdo para todas las comunidades de los más diferentes orígenes que pueblan el hospitalario suelo canadiense, especialmente para aquellas que proceden de todos los puntos geográficos de mi país, y para las originarias de los países iberoamericanos, con las que España mantiene especiales vínculos.

Nuestra historia contó, asimismo, con el papel relevante de una comunidad, afincada después en estas tierras, a la que quiero dedicar una particular mención: la comunidad sefardí.Ella ha sido objeto recientemente del Premio Príncipe de Asturias y constituye centro de especial atención de los trabajos del V Centenario. En este contexto, y bajo el lema Sefarad 92, una importante exposición visitará Canadá, y en particular Toronto, a comienzos del próximo año.

Señora Canciller, señoras y señores, Europa, junto a Iberoamérica, es otro de los ámbitos geográficos donde Canadá y España comparten valores y alientan objetivos comunes. Mi país se encuentra empeñado con gran esfuerzo e ilusión, en estos momentos de incertidumbre, en reforzar el proceso de integración de los países de la Comunidad Europea, dentro de una orientación de cohesión y equilibrio social y económico entre los mismos, y siempre con la vista puesta en el objetivo de una unión política y económica.

Canadá, sin querer perder su especial vínculo transatlántico con Europa, tantas veces defendido con la sangre de sus hijos, ha apoyado claramente la configuración de la futura arquitectura europea en la que el núcleo comunitario sea fundamental.

Los principios en que se debe basar la nueva comunidad euro-atlántica quedaron plasmados y firmados por nuestros dos países en la Carta de París, en el marco de la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en Europa. Todos esperamos que estos principios se consoliden definitivamente y se desarrollen de manera armoniosa.

España ha protagonizado en los últimos quince años un apasionante proceso de transición a la democracia. El desenlace pacífico de este proceso se debe a la madurez y al decidido empeño de todas las fuerzas políticas y del pueblo español en particular. Por ello, considero que la distinción que esta Universidad ha concedido a mi persona en este Doctorado es una distinción concedida a todos los españoles.

El sistema de valores que compartimos con Canadá y cuyas manifestaciones tangibles son la democracia parlamentaria, la economía de mercado y la defensa de los derechos humanos, constituye, con las naturales imperfecciones de toda obra humana, la más sólida garantía para la justicia, la libertad, el bienestar y la dignidad del hombre, conocida a lo largo de la historia. Sus recientes desarrollos en varios continentes muestran que existe una clara tendencia hacia la universalización de estos valores.

Pienso que cuando, en el futuro, los historiadores evalúen este sorprendente siglo XX, tal vez podrán resumirlo en una sola idea: el fracaso de los intentos de uno y de otro signo -a veces, a costa de terribles tragedias-, de levantar modelos alternativos a la democracia parlamentaria y a la economía de mercado.

A pesar de compartir valores objetivos, España y Canadá todavía se conocen poco. Desde aquí, quisiera exhortar a nuestros pueblos, a los medios de comunicación y a las universidades a que acometan un serio esfuerzo para mejorar nuestro conocimiento recíproco.

España, señora Canciller, es un viejo país, que, tras siglos de cansancio y decadencia, se ha reencontrado a sí mismo y ha aprendido las lecciones de su propia historia. Hoy es un país joven, dinámico y optimista, seguro de su fuerza, firmemente integrado en Europa y que mira esperanzadamente el futuro. Un país que, tras mucho tiempo de estar ensimismado, ha comprendido que la modernidad y el progreso requerían la colaboración y no la cerrazón. Un país que ha afrontado con valentía los retos decisivos de compartir con los otros países europeos un futuro de unidad en lo político y en lo económico.

Mi país ha asumido con decisión y alentadoras perspectivas el reto del mercado único europeo de 1992. Me gustaría invitar desde aquí al empresariado canadiense para que participe en ese reto a través de su presencia económica en España, al tiempo que animo también a los empresarios españoles a redoblar su presencia en la economía canadiense.

La mejora de nuestro conocimiento recíproco y el refuerzo de nuestros lazos económicos son caminos que conducirán nuestras relaciones bilaterales hacia un estado superior. Tal es mi deseo más profundo que, una vez más, quiero reiterar en esta ocasión y en el prestigioso marco académico de la Universidad de Toronto, cuyo Doctorado honoris causa ostentaré con orgullo, sabiendo del privilegio y la responsabilidad de los deberes que representa su concesión.

Muchas gracias.

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