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Palabras de Su Majestad el Rey a las Fuerzas Armadas en la Pascua Militar

Madrid, 06.01.1986

Q

ueridos compañeros, en esta grata ocasión de la Pascua Militar, cuya llegada espero siempre ilusionado, porque me permite reunirme de esta manera colectiva con las representaciones de las Fuerzas Armadas, no quisiera que mis palabras dejaran de contener una referencia a la conmemoración que recientemente ha tenido lugar: el cumplimiento de los diez primeros años de la Monarquía encarnada en mi persona.         Son muchos los momentos en que, a lo largo de ese tiempo cargado de acontecimientos, he podido comprobar vuestra lealtad y la dedicación de vuestros esfuerzos al engrandecimiento de España.

La vida de las instituciones, como la de las personas, es un contraste de penas y alegrías, de hechos dramáticos o gozosos. Pero en todos los casos he recibido de vosotros -y conmigo mi familia- una especial deferencia personal y profesional, así como el alto aprecio con el que se demuestra en la práctica lo que constituye una aspiración constante en los ejércitos: la existencia de un espíritu de hermandad; la comunión en esfuerzos y esperanzas; la identidad que nos hace compartir sacrificios y abnegaciones.

Han pasado diez años y durante ellos habéis demostrado que sois conscientes del papel de las Fuerzas Armadas, dentro de la evolución política general a la que hemos asistido y de las necesidades de reestructuración específica de la organización militar que se lleva a cabo.Sabéis comprender muy bien cómo las Fuerzas Armadas, que se asientan fundamentalmente en valores morales inmutables, tienen encomendadas unas misiones ligadas a los más altos intereses de la nación.

Pero tampoco ignoráis que estos intereses no son estáticos e invariables, sino que han de servirse de acuerdo con las situaciones nuevas que son el resultado de la dinámica social, de las circunstancias políticas, del paso de los tiempos y de la voluntad nacional legítimamente expresada.

Sin perder su identidad, sin abandonar el recuerdo y el respeto del pasado que no puede borrarse ni tampoco convertirse en presente, sin participar en actividades políticas, cualesquiera que sean sus pensamientos o sus sentimientos, las Fuerzas Armadas deben respetar aquellas situaciones y adaptarse a ellas en el propio cumplimiento de sus obligaciones, captando y asumiendo el momento histórico que les toca vivir.

Han de ser en este aspecto -en todos los aspectos- el espejo en el que pueda mirarse la sociedad. Y la sociedad, donde las Fuerzas Armadas han de estar integradas -porque no se trata de elementos aislados, opuestos o independientes- ha de mirar a aquéllas con cariño y respeto, sintiéndose orgullosa de sus virtudes, de su organización y de su comportamiento.

Y así, además del objetivo indeclinable de la unidad de la patria, debemos tener presentes los valores de la justicia, de la libertad y de la solidaridad.

El mando ha de ejercerse con justicia, respetando el de los subordinados para que su propia libertad e iniciativa perfeccionen su formación, contribuyan a mejorar la eficacia operativa y experimenten la propia satisfacción profesional.

Y todos hemos de procurar que esa idea de la unidad, dirigida a la de la patria, se proyecte también sobre nosotros mismos, en el seno de la Fuerzas Armadas, para que nos sintamos siempre firmes, hermanados y solidarios en la hermosa cualidad del compañerismo.

En estos diez años de fecundos trabajos y transformaciones nacionales, cada uno habéis sido un baluarte, un apoyo, un colaborador decidido para servir a los intereses de la patria, con orden, eficacia y fidelidad. Aunque, a veces, en condiciones precarias y con escasos medios, renunciando a estados y niveles justamente alcanzados o a perspectivas calculadas, siempre habéis sido fieles al cumplimiento de vuestro deber.

En este aspecto he de destacar, no sólo la incondicional aceptación de las reformas que en la organización castrense ha sido necesario estudiar e implantar, sino la positiva aprobación de las Fuerzas Armadas para servir el fin de realizar los imprescindibles reajustes que potencien y modernicen su capacidad de acción en defensa de la sociedad y para acomodarse a las posibilidades y las exigencias del país.

Toda reorganización para ser buena, requiere que sea objetivamente necesaria, que los afectados por ella estén conscientes de esa necesidad y que al disponerla no se olviden los derechos y las circunstancias que en aquellos concurren, para llevarla a cabo con prudencia, oportunidad y sentido de la responsabilidad.

A lo largo de este período, España se ha transformado en una democracia política, alineada con las naciones europeas de su estirpe y condición. Pero esto no es algo que deba mirarse como distante y cerrado, sino como un proceso abierto al que hemos de prestar con entusiasmo nuestro apoyo y nuestra colaboración.

Os doy las gracias, como he hecho en otras ocasiones, porque os habéis comportado con lealtad, asimilando los cambios con la medular disciplina que es en vosotros irrenunciable virtud.

Una virtud que he deseado para mi hijo, el Príncipe de Asturias, cuya educación en el seno de las Fuerzas Armadas garantiza una parte muy importante de su formación y sirve de base a otros estudios posteriores. El aprenderá ahora, en las academias militares, la austeridad en el comportamiento, la obediencia como norma, el compañerismo como ingrediente de sus relaciones y el amor a la patria como fundamental inspiración de todos sus actos.

Porque me consta el alto patriotismo de nuestras instituciones castrenses, os pido que en ningún momento admitáis en vuestras filas el desaliento, la rutina, la crítica ligera o la comodidad. Y menos que todo, la indiferencia, la apatía o la falta de interés. Os encontráis en la vanguardia de la gran tarea de servir a España y vuestra conducta tiene especial repercusión social y política. Eso exige entusiasmo y entrega. La misma entrega y el mismo entusiasmo que habéis demostrado hasta ahora y que estoy seguro pondréis de manifiesto en el porvenir.

Al mirar atrás, no podemos olvidar con qué especial saña el terrorismo ha dirigido contra las Fuerzas Armadas y las de Seguridad, a todos los niveles y en distintos lugares, sus golpes criminales. El dolor por esos compañeros que han caído en sus puestos de servicio, está presente en nuestra memoria.

Pero la justa indignación que esos atentados nos producen no puede desvirtuar nuestra firmeza ni conmover nuestra serenidad.Perturbar la paz y atacar la unidad de España, son los propósitos de los terroristas. Defender una y otra es misión trascendental de todos los españoles y muy especialmente nuestra.

Entramos en un nuevo año. Pero el tiempo en los Ejércitos se mide por actos de servicio, por la constancia en la dedicación, por el fervor en la tarea. Yo confío en que este año este año europeo que ahora comienza, con todo el compromiso que encierra- nos brinde una nueva oportunidad para hacernos dignos de la gran patria que a todos nos acoge.

Muchas gracias al señor Ministro de Defensa por su felicitación y por sus manifestaciones de lealtad y afecto.

Muchas gracias a cuantos estáis aquí presentes y a todos aquellos a quienes representáis en este acto.

Que el año que ahora empieza esté lleno de la felicidad que para vosotros y vuestras familias, en nombre de la mía y en el mío propio, os deseo desde el fondo de mi corazón, con un gran abrazo.

¡Viva España!

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