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Palabras de Su Majestad el Rey a la XLVI Asamblea General de las Naciones Unidas

EE.UU.(Nueva York), 07.10.1991

S

eñor Presidente, quisiera manifestarle mi satisfacción por ver encargado de la dirección de los trabajos de esta Asamblea al representante de un país unido con el mío por lazos tradicionales de amistad y estrecha colaboración. Sus dotes personales y su reconocida experiencia contribuirán a que este período de sesiones pueda concluir con resultados fructíferos.

Deseo también poner de relieve la habilidad y el buen hacer de que ha hecho gala su distinguido predecesor, profesor Guido de Marco, viceprimer ministro y ministro de Asuntos Exteriores y Justicia de Malta. Me parece de toda justicia expresar el respeto que me inspira la admirable labor que lleva a cabo al frente de la Organización su muy ilustre Secretario General, señor Pérez de Cuéllar, quien tantos y tan variados esfuerzos ha desplegado en favor de la paz en circunstancias complicadas y difíciles.

Quisiera también dar la bienvenida más calurosa a los siete nuevos miembros que acaban de acceder a la Organización: aquellos que han recuperado la independencia como Estonia, Letonia y Lituania, así como la República de Corea, la República Popular Democrática de Corea, los Estados Federales de Micronesia y la República de las Islas Marshall.

Señor Presidente, señoras y señores Delegados, de nuevo el Gobierno español ha querido que el Rey, en virtud de las funciones que le otorga la Constitución, tome la palabra en este foro universal. Y lo hace en nombre de un país que fue uno de los primeros en la historia que decidió constituirse como Estado-nación y que como tal viene contribuyendo, desde los albores de la Edad Moderna, al nacimiento y al desarrollo normativo de la sociedad internacional.

Represento, por ello, como monarca constitucional, a una vieja nación y, también, a un pueblo joven que, por serlo y por haber recuperado la democracia y sus libertades, encara el futuro con esperanza y con empuje.

Con esperanza también, los fundadores de las Naciones Unidas la concibieron como un centro para la armonización de los esfuerzos de los pueblos de la tierra en favor de la paz y la seguridad internacionales; como una institución orientada al fomento de la cooperación entre las naciones en la solución de sus problemas económicos, sociales, culturales y humanitarios; y también como una Organización dedicada a reafirmar la fe en los derechos del hombre y en la dignidad de la persona humana, eliminando discriminaciones basadas en la raza o el sexo, el credo o las ideas.

Desde la Conferencia de San Francisco, el mundo ha sufrido profundas transformaciones y experimentado cambios notables.

Sin embargo, nuestros pueblos aspiran, hoy más que nunca, a ordenar la convivencia, de conformidad con los mismos ideales de paz, justicia y libertad que constituyen el tríptico fundamental sobre el que descansa esta Organización, desde que fue creada hace ya casi medio siglo. En la progresiva realización de estos ideales radica la mejor garantía de un futuro esperanzador para toda la humanidad.

Preciso es resaltar los múltiples logros de esta Organización en el largo y difícil camino que conduce a la realización universal de ese triple ideal que enuncia el preámbulo de su Carta constitutiva.

Las Naciones Unidas han contribuido de forma destacada a evitar enfrentamientos entre Estados, a impedir el estallido de conflictos armados o a limitar sus efectos, paliando sus consecuencias negativas sobre las poblaciones civiles.

También han demostrado recientemente cómo la comunidad internacional puede reaccionar de forma efectiva y solidaria para hacer frente a la agresión. Y continúan llevando a cabo un loable esfuerzo de pacificación en distintas regiones del globo, bien sea manteniendo la paz en situaciones de conflicto potencial, bien sea promoviendo la paz allí donde haya que restablecerla.

Las Naciones Unidas han sido acicate primero, y luego, poderoso motor del proceso de descolonización que, en el corto plazo de unas décadas, ha transformado radicalmente la estructura y composición misma de la sociedad internacional, que se ha visto enriquecida con el acceso a ella de numerosos pueblos y países antes colonizados, hoy aquí representados en su calidad de Estados soberanos e independientes.

Sin embargo, el colonialismo no ha desaparecido todavía del mundo y por ello esta Asamblea General ha proclamado la década internacional para su erradicación desde 1990 hasta el año 2000.

Hago votos para que esta noble aspiración sea pronto realidad, eliminando de una vez para siempre todos lo vestigios de situaciones anacrónicas e incompatibles con el sistema actual de relaciones internacionales.

En este punto, no puedo dejar de mencionar un problema colonial aún sin resolver, que afecta a la integridad territorial de España y que, como ustedes saben, es especialmente sensible para todos los españoles. Se trata de Gibraltar, y quiero reiterar hoy mi esperanza en que el proceso negociador hispano-británico actualmente en marcha, sea eficaz para alcanzar una solución acorde con los tiempos que vivimos.

La actividad del sistema de Naciones Unidas ha sido ingente en el ámbito del desarrollo económico y social, estableciendo pautas y criterios, dotando fondos y programas y diseñando estructuras de cooperación de personas en todos los continentes.

Las Naciones Unidas han inaugurado también una nueva era en la historia de las relaciones internacionales al dar nacimiento a todo el conjunto de mecanismos e instrumentos destinados a la promoción y el respeto de los derechos humanos.

Al hacerlo, han limitado de forma efectiva el alcance de uno de los principios en los que se asienta la sociedad internacional. Pues ya no es posible sostener en nuestros días que la acción defensora de los derechos del hombres, ejercida en el marco de la Carta, constituya una injerencia en los asuntos internos de un Estado.

Es éste ciertamente un avance decisivo en el camino de la defensa de la dignidad de la persona humana frente a los abusos y atropellos que contra ella pudieran cometer los poderes públicos ejercidos de forma arbitraria, o cualquier otro centro de poder existente en el seno de una sociedad.

Son precisamente estos logros que habéis conseguido en la realización de tan nobles aspiraciones los que me mueven a manifestaros el respeto profundo que me inspira esta Organización; y el que tengo por el trabajo y los esfuerzos que, como representantes de vuestros respectivos gobiernos, dedicáis cotidianamente a las causas de la paz en el mundo, la libertad del hombre y la justicia entre los pueblos.

La solución pacífica de las controversias, el respeto de los derechos humanos y el fomento del desarrollo económico y social de los pueblos constituyen los pilares básicos sustentadores de la paz.

Basta suprimir uno de ellos para que el edificio se desmorone. Ese es el orden internacional que entre todos hemos de construir.

Señor Presidente, en esta tarea España no ahorra ningún esfuerzo a su alcance para colaborar con las Naciones Unidas. Así, y atendiendo a requerimientos del Secretario General, España se ha incorporado a la benemérita actividad de las Fuerzas de Mantenimiento de la Paz, primero en Namibia y en Angola y luego en América central. Nos felicitamos de que españoles -civiles y militares- estén con ello contribuyendo activamente, junto con colegas de otros muchos países, a la promoción de la paz y a la convivencia en diversas partes del mundo.

En los últimos años, España ha incrementado también considerablemente su aportación a los fondos y programas voluntarios de la Organización, desde los que tienen como cometido la promoción del desarrollo a los que se ocupan de grupos sociales más necesitados de atención, como los niños, los refugiados o las poblaciones afectadas por catástrofe. Es este un compromiso que deriva del mayor nivel de desarrollo alcanzado por España en tiempos recientes, que asumimos con plena convicción y que el gobierno español se propone impulsar con todo su empeño.

Señor Presidente, el fin de la guerra fría ha abierto para la humanidad un horizonte sumamente esperanzador, aunque no exento de tensiones y de riesgos.Hemos presenciado en los últimos tiempos cambios espectaculares que han introducido, es de esperar que de manera irreversible, un nuevo clima de distensión y cooperación donde antes reinaban la confrontación y la desconfianza.

Las transformaciones en curso en la Unión Soviética y en los países de Europa central y oriental, el pujante renacer de los ideales y las prácticas democráticas en América Latina, el progresivo desmantelamiento del sistema del apartheid en Sudáfrica y las corrientes democráticas que se abren camino en el continente africano, han hecho aflorar a escala universal un rejuvenecido caudal de ilusiones.

Pero estas ilusiones, a veces contrapuestas, están poniendo a prueba no sólo las estructuras y las posibilidades de transformación de muchos países, sino también la capacidad de la comunidad internacional para dar respuesta a los anhelos -tanto de democracia como de progreso- de amplios grupos humanos que han recuperado la fe en sí mismos.

No podemos olvidar que, siendo la libertad base irrenunciable de la convivencia pacífica, ésta debe igualmente fundarse en la justicia y en la prosperidad de los pueblos, de todos los pueblos, que, con pleno derecho, reclaman un adecuado desarrollo económico y social.Por todo ello, si grande ha sido el papel desempeñado por las Naciones Unidas en el mundo cambiante de los últimos años, mayor es el que ha de corresponderles en el nuevo mundo que se está configurando.

Un mundo en el que la superación de la confrontación entre el este y el oeste hace hoy más patente otra división no menos dramática: la llamada norte-sur. Un mundo en el que subsisten y hasta se agravan las diferencias entre países desarrollados y países en vías de desarrollo.

Este desequilibrio ha sido particularmente preocupante en la pasada década en Latinoamérica y en Africa, continentes en los que el ritmo de crecimiento de los recursos ha sido inferior al de la población.

Corregir esta tendencia constituye un desafío que debemos abordar no sólo por imperativo de la justicia, sino también en beneficio de la paz y seguridad de todos. En nuestra comunidad internacional, estrechamente interdependiente, el deterioro económico de cualquier parte del mundo genera consecuencias negativas para las otras partes.

Es necesario un esfuerzo coordinado de los países industrializados junto con los países en vías de desarrollo, a fin de propiciar un crecimiento armónico que asegure un nivel de vida digno para esa gran parte de la humanidad que hoy vive en la pobreza o que pugna por salir del marasmo o el atraso.

Todos somos hoy mucho más conscientes de que difícilmente puede haber desarrollo económico si no se respetan las reglas de una economía libre que posibilite la iniciativa privada.El mercado, a pesar de sus imperfecciones, constituye un elemento insustituible de la actividad económica, indispensable para la asignación racional de los recursos. Pero, al propio tiempo, siempre será preciso complementarlo, en aras del interés general, con los necesarios correctivos para atender las necesidades de los sectores o grupos menos favorecidos.

Las sociedades no pueden avanzar si no prestan debida atención al desarrollo de sus recursos humanos. Es preciso elevar la esperanza y condiciones de vida de la población, así como el nivel de alfabetización, mejorar la alimentación y reducir la tasa de mortalidad infantil.Son éstos índices importantes que miden el desarrollo social en términos humanos. Indices que es preciso tener muy en cuenta porque es el hombre y no el Estado el titular último del derecho al desarrollo.

Difícilmente pueden conseguirse esos objetivos si las sociedades nacionales no se organizan en torno al respeto de ciertos principios, entre los que cabe mencionar el imperio de la ley, la independencia del poder judicial y la salvaguardia de los derechos humanos.No pueden alcanzarse esas metas si las sociedades no se dotan de sistemas políticos que posibiliten la participación popular y la elección libre de sus dirigentes.

Uno de los grandes logros de la civilización ha sido precisamente diseñar estructuras políticas capaces de compaginar la igualdad esencial de todos los hombres con la diversidad de pensamientos e intereses que los impulsan.

Desde esta óptica, resulta alentador comprobar la emergencia de un consenso en las Naciones Unidas en torno a estos temas. Estamos convencidos, por otra parte, de que la relajación de las tensiones internacionales y el fin de la guerra fría ofrecen numerosas oportunidades para frenar la carrera de armamentos y profundizar en los acuerdos de desarme, como se ha puesto de manifiesto con las recientes iniciativas y propuestas de los Estados Unidos, que tan favorablemente han sido acogidas.

Son oportunidades que deben ser aprovechadas para dedicar buena parte de los recursos liberados al fondo del crecimiento económico y del progreso social en todo el mundo.Añadiré una última consideración, que creo de la mayor importancia. No puede haber desarrollo económico sostenido si no respetamos el medio ambiente, proveedor de recursos naturales y marco sustentador de la vida humana en un planeta que compartimos como nuestra casa común.

Debemos aunar nuestros esfuerzos, hoy más que nunca, para erradicar las fuentes de contaminación de la atmósfera y el aire que respiramos; para hacer frente a los peligros que amenazan a nuestros océanos, mares y ríos; para asegurar la pervivencia de los bosques y la diversidad biológica de las plantas y las especies animales.

Es éste el mayor desafío con que en la actualidad se enfrenta la comunidad internacional. Resolver estos problemas debe ser una meta prioritaria de todos los gobiernos con las miras puestas en las generaciones venideras. A ellas les corresponde el derecho de heredar y a nosotros la obligación de transmitir un planeta vivo.

También en este ámbito las Naciones Unidas han actuado como pioneras al incluir, por primer vez, hace apenas dos decenios, las cuestiones del medio ambiente en la lista de asuntos de interés global.

Las Naciones Unidas continúan manteniendo viva la llama de la antorcha que fue encendida en Estocolmo. De nuevo habéis tomado la trascendental decisión de convocar y celebrar el próximo año una Conferencia sobre Medio Ambiente y Desarrollo.

La iniciativa es tan oportuna como apropiada la decisión de insertar la protección del medio ambiente en un contexto de interdependencia, con el objetivo del crecimiento y el desarrollo sostenido de todos los países. Ello requiere que las naciones de economías de abundancia dediquen recursos financieros suplementarios a los países en vías de desarrollo y que estén dispuestas a transferirles las tecnologías precisas para proteger el medio natural.

La acción de los gobiernos a escala nacional e internacional es necesaria, pero no suficiente. Para hacer frente a este desafío global, se requieren los esfuerzos concertados de las empresas, de los medios de comunicación, la comunidad científica y las organizaciones no gubernamentales.

Mucho es lo que se ha hecho, mucho más lo que nos queda por hacer. Al desarrollar los preparativos de la Conferencia, estoy seguro de que tendréis muy presente en vuestro ánimo que la conservación y mejora del medio ambiente es la guía que conduce a la supervivencia de la humanidad.

Y al llegar aquí, permitidme que señale, como hizo el Secretario General el año pasado, que así como la Carta de esta Organización es el instrumento básico que rige las relaciones entre los Estados, y la Declaración Universal de Derechos Humanos el que regula las relaciones entre el Estado y el individuo, ha llegado el momento de pensar en la elaboración de un instrumento que rija las relaciones entre la humanidad y la naturaleza.

Señor Presidente, señoras y señores delegados, nos encontramos en el pórtico de un año de especiales resonancias y de particular trascendencia, por muy diversas razones, para mi país, pero también para Europa, para América y para todo el mundo.

En 1992 culminará la plena integración de España en la Comunidad Europea, al tiempo que la Comunidad completará el mercado único y dará nuevos y decisivos pasos hacia la unión política y la unión económica y monetaria.

Es nuestro ferviente deseo y nuestro más firme compromiso que ese proceso vaya encaminado a promover la estabilidad y el progreso en el conjunto del continente europeo, y vaya también acompañado por una continua apertura de Europa al resto del mundo, como corresponde a su ser histórico y a sus más genuinos intereses.

En 1992 -a los cinco siglos del primer encuentro entre el viejo y el nuevo mundo-, los españoles tendremos también la importante responsabilidad de albergar citas tan destacadas como la Exposición Universal de Sevilla, los Juegos Olímpicos de Barcelona y la II Conferencia Iberoamericana, continuación de la celebrada este año en México.

Aspiramos con todo ello a que España sea, en 1992, lugar de encuentro de hombres y mujeres de todo el mundo, encrucijada de aportaciones culturales y científicas y de logros deportivos, ámbito de reflexión y de proyectos para nuestro futuro común.

Lejos de cualquier exaltación simplificadora, queremos que el espíritu universalista que anima a las Naciones Unidas presida también las actividades que en 1992 tendrán lugar en nuestro país y a las que todos ustedes y sus respectivos países están cordialmente invitados.

Señor Presidente, señoras y señores delegados, he querido compartir con ustedes algunas reflexiones sobre las grandes cuestiones que tiene hoy planteadas la comunidad internacional en su conjunto. De su debido enfoque y oportuna solución depende la supervivencia misma de la humanidad y el perfil de su futuro.

Para hacer frente a tan importante desafío la comunidad internacional cuenta con el instrumento más adecuado: la Organización de las Naciones Unidas. He querido, por ello, reafirmar hoy mi confianza en esta Organización y en su capacidad para lograr cotas cada día mayores de paz, justicia y libertad para todos los pueblos.

Finalmente quiero reiterar aquí el ferviente deseo del gobierno y del pueblo españoles de participar y contribuir cada vez más activamente, con la experiencia de nuestro pasado, la energía del presente y nuestra esperanza en el futuro, en la tareas de esta Organización de las Naciones Unidas. Estad seguros de que en ese alto empeño podéis contar con la solidaridad y el apoyo de España y de su Rey.

Muchas gracias.

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