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Palabras de Su Majestad el Rey al pueblo andaluz en el XII Centenario de la Mezquita de Córdoba

Córdoba, 28.05.1986

H

oy es un día de extraordinario relieve para todos, para los que estamos aquí presentes y para Europa entera, porque una ciudad como Córdoba se viste con sus mejores galas para recordar no sólo su pasado sino también la proyección de éste sobre el presente y el futuro, que es la clave de la historia.

Este clima de brillantez, en el que la solemnidad de los mensajes religiosos, perfectamente interpretados por el señor Obispo, constituyen un punto de meditación importante, tiene una dimensión que me complazco en destacar. Es la del interés popular que acompaña a esta efeméride.

Las obras de los hombres perduran cuando, como en este caso, constituyen una manifestación de la espiritualidad de los pueblos.

Vivimos en la historia para sobrevivir hacia el futuro. Ninguna comunidad, ninguna civilización, ningún proyecto de vida en común tiene sentido si no es para recoger la plenitud de la andadura humana. Una plenitud que alcanza su verdadera y más perdurable expresión en la comunicación con Dios.

Esta Mezquita no sólo representa por lo tanto un minucioso y prolongado esfuerzo de creación artística, sino la permanente voluntad de dar a la existencia de las comunidades el ámbito que les es más necesario.

¡Cuántos ecos del pasado hay aquí! Ilusiones de las grandes dinastías musulmanas. La voluntad de construir un Estado poderoso de los reyes cristianos. El paso de momentos de decadencia y de sublimación. Poder, religión, guerra, paz, parecen encerrados en una enorme joya que es orgullo de occidente y de oriente.

Pero eso sería muy poco, siendo mucho, si no encontrásemos en esta expresión del orgullo de las comunidades cristianas y musulmanas a lo largo de la historia la voluntad del pueblo.

Y hoy, por lo tanto, con estos extraordinarios actos -por cuya organización felicito a la Comisión que preside el señor Alcalde- no estamos celebrando solamente la grandiosidad arquitectónica religiosa de esta ciudad sino su más esencial identificación como enlace espiritual de dos mundos.

Aquí en estas naves, en este ámbito que irradia un asombroso mensaje de grandeza, se inició hace doce siglos un diálogo. Naturalmente, como todo lo que se refiere a comunidades de discrepancia morales y génesis históricas distintas, ese diálogo no fue fácil sino que estuvo sellado en numerosas ocasiones por la sangre airada. Pero sobre ellas se impuso la comprensión de los pueblos y hoy aparece en toda su lección profunda esa intuición de permanencia de nuestros antepasados. Aquí se encuentra hoy la clave del entendimiento de oriente y occidente.

Porque se habla y se establece de continuo, afortunadamente la necesidad de la negociación política, la armonización de intereses, el reajuste de estrategias, la promoción de valores, la intención de salvar el acervo común de las civilizaciones ante la era tecnológica y la llegada de las incitaciones galácticas.

Pero no se avanzará nunca bastante si no se tiene presente, en todo su calor, en toda su vigencia, la identificación moral, espiritual, que la creencia en el más allá, produce en los pueblos.

Hoy en Córdoba no estamos conmemorando tan sólo la pervivencia forzada de un recuerdo sino la incitación a una disciplina de entendimiento que se alberga en estas naves, en esta canción de piedra y de luz, para sensibilizarnos y hacernos protagonistas más responsables de los problemas de ahora.

Señor Obispo de Córdoba, señor Alcalde, señor Presidente de la Junta de Andalucía, desde vuestras respectivas posiciones, habéis pronunciado palabras plenas de sentido, como llamadas a nuestra conciencia de hombres en su doble dimensión divina y humana. Yo las recojo embargado por esta preocupación con que el pasado español enriquece al mundo contemporáneo.

Somos un pueblo viejo, pleno de gloria, fatigado en su memoria por triunfos y derrotas. Pero somos también un pueblo joven porque nunca hemos abandonado ni nos ha abandonado la idea y el sentimiento de Dios. Sabemos vivir porque hemos aprendido que la muerte tiene un sentido trascendental y es el camino para una proyección eterna de nuestras almas.

Nunca me sentiré fatigado en la exaltación y actualización de nuestro ser histórico. Soy consciente con vosotros de la importancia de su actualidad. El pasado se hace presente cuando se enlaza en las grandes obras de la civilización como esta Mezquita cordobesa. Lo sabéis bien. Lo sabemos como pueblo. De la sabiduría de esta ciudad, eterna entre las eternas, joven entre las jóvenes, joya de oriente, torre de occidente, catedral de aspiraciones profundas, aprendemos hoy una lección breve y tensa: los pueblos son siempre jóvenes si escuchan a su espíritu.

La Reina y yo, vivimos con toda España, estos grandes momentos cordobeses y los sentimos proyectarse hacia un mundo, el de nuestro tiempo, que necesita el diálogo. Córdoba es un reto a que ese diálogo se desarrolle en la ilimitada capacidad de la conciencia y no del egoísmo.

La luz que desde la catedral de Córdoba nos alumbra no es mortecina ni temblorosa. Es intensa, penetrante, ilumina el camino. Propone el abrazo de las comunidades del mundo.

Muchas gracias.

Queda clausurado el acto conmemorativo del XII Centenario de la Mezquita de Córdoba.

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