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Palabras de Su Majestad el Rey al Presidente de Hungría Pal Losonczi y al pueblo hungaro

Hungría(Budapest), 06.07.1987

S

eñor Presidente, en nombre de la Reina y en el mío propio, deseo agradecer vuestras amables palabras y manifestaros nuestro profundo reconocimiento por la afectuosa acogida y la generosa hospitalidad que el pueblo y el gobierno húngaros nos han dispensado, e igualmente expresaros nuestra gran satisfacción por encontrarnos en esta histórica y bella capital.

Esta visita nuestra tiene la importancia singular de ser la primera que realiza a Hungría un Jefe de Estado español. Sin embargo, el conocimiento y la estima mutuos, mediante relaciones personales del más alto nivel, vienen de muy atrás, en la historia de nuestras milenarias naciones.

Quisiera mencionar dos relevantes ejemplos. En 1235, nuestro Rey Jaime I de Aragón contrajo matrimonio con la Princesa Yolanda, hija de vuestro Rey Endre II. Dos siglos más tarde, vuestro gran monarca del Renacimiento, el Rey Matías, convirtió en Reina de Hungría a Beatriz de Aragón, la nieta de nuestro magnánimo, como le ha calificado la historia, Rey Alfonso V.

Por encima de los avatares de la historia, nuestros dos pueblos han estado siempre cerca el uno del otro, mediante sus respectivas contribuciones a ese patrimonio común europeo y de la humanidad, que es la cultura. Nuestros hombres de ciencia, nuestros literatos, nuestros artistas han trabajado en una labor convergente: la proyección universal de Europa.

Señor Presidente, nuestra visita a Hungría coincide con una grata efemérides: el décimo aniversario del restablecimiento de relaciones diplomáticas entre ambos Estados.

Durante este decenio se han desarrollado en forma muy apreciable los contactos entre nuestros pueblos y nuestros dirigentes políticos, que con frecuencia creciente viajan de uno a otro país. Y también se han incrementado nuestros intercambios de carácter cultural, e incluso, si bien más lentamente, los de índole económica y comercial.

Celebramos la buena marcha del reencuentro oficial entre nuestros dos países y hacemos votos porque nuestras relaciones sean cada día más fructíferas y redunden en el bienestar de nuestros pueblos.

Señor Presidente, dentro de cinco años se conmemorará el V Centenario de ese gran acontecimiento que fue el descubrimiento de América, aquel encuentro de dos continentes que abría una nueva era en la historia de la humanidad.

A España le cupo, por imperativos históricos, el honor de ser la adelantada de aquel trascendental encuentro. Sin embargo, es de estricta justicia considerar también aquella empresa, como uno de los máximos logros del espíritu imaginativo y creador del conjunto de Europa que, apoyándose en la ciencia y en el espíritu, salía entonces de las oscuridades de la Edad Media.

«Todos tenemos que acudir a una conmemoración que a nadie es ajena», decíamos el 12 de octubre del pasado año 1986, al hacer la proclamación oficial de Sevilla como sede de la Exposición Universal de 1992. Estoy seguro de que Hungría no dejará de ocupar en esta singular Exposición Universal el lugar que le corresponde por su rico acervo cultural y científico. Las relaciones entre nuestros dos países recibirán, de este modo, un nuevo y poderoso estímulo en la continuación de la fecunda cooperación ya reemprendida.

Señor Presidente, conocemos muy bien los esfuerzos que incesantemente viene desarrollando Hungría para mantener y estimular el diálogo entre las grandes potencias, y entre los países de distintas alianzas y sistemas socio-políticos.

La distensión y el entendimiento entre los grandes bloques políticos y defensivos es hoy un imperativo para la supervivencia de los países europeos, y aún de los de cualquier parte del mundo. El favorecer esta meta es una noble, y necesaria tarea, que España comparte plenamente desde su propia óptica política y social.

El pueblo español se ha constituido libremente en un Estado social y democrático de derecho, pues considera que la democracia, como sistema político, es el mejor camino para promover el bienestar, la libertad y la justicia de cuantos integran la comunidad nacional.

Esta nueva España democrática reposa en los principios que solemnemente se han proclamado en nuestra Constitución, que recibió la explícita aprobación de la inmensa mayoría de los españoles. Un lugar de honor en esta Ley fundamental lo ocupan los derechos humanos, toda vez que su reconocimiento y garantía constituye el más sólido pilar en el que puede reposar un sistema democrático en la sociedad moderna.

Entendemos igualmente que el respeto y promoción de los derechos y libertades de la persona humana constituye el cimiento no sólo de una sociedad justa, sino de una comunidad internacional estable, pacífica y constructiva.

Señor Presidente, España, como país europeo inmerso desde siempre en la historia y en la cultura de nuestro continente, desea participar y cooperar en cuantas iniciativas se adopten para llegar a un mayor entendimiento, cohesión e incluso integración, entre los distintos países que lo componen.

El 1 de enero de 1986, mi país ingresó en las Comunidades Europeas, sin duda una de las empresas de mayor aliento que se han producido en la historia, en el camino de la integración libre y pacífica de las sociedades europeas.

Con anterioridad a nuestra integración en las Comunidades, España ya se había incorporado al proceso de cooperación y de seguridad en el conjunto de Europa que, hace dos años, nació en Helsinki.

En este proceso, mi país ha mostrado constantemente su firme voluntad de entendimiento, y de leal colaboración, con todos los países europeos. La reunión que tuvo lugar en Madrid de la Conferencia para la Seguridad y la Cooperación en Europa nos permitió mostrar, con mayor intensidad, dada nuestra condición de país anfitrión, cuan profundamente deseamos un diálogo sincero, basado en el respeto mutuo, para el reforzamiento de la distensión y de la cooperación, en todo el marco europeo.

Aquella cita de Madrid dio origen a una serie de reuniones que buscan impulsar el diálogo europeo en sus más diversas variantes. Precisamente en Hungría se desarrolló uno de los encuentros más significativos: el Foro Cultural de Budapest, con el que vuestro país pudo mostrar su voluntad de cooperación en uno de los terrenos en el que el diálogo ha resultado más fructífero.

Igualmente, en Estocolmo, la Conferencia sobre medidas destinadas a fomentar la confianza y la seguridad en Europa consiguió poner sólidos fundamentos para que el desarme convencional en nuestro continente pudiera ser abordado con perspectivas de éxito. En esta decisiva tarea se concentran actualmente los esfuerzos bilaterales y multilaterales de los foros de Ginebra y Viena.

Ninguno de estos acontecimientos que acabo de mencionar, en los que nuestros dos países han jugado un papel relevante, son ajenos a estos momentos que vivimos y en los que vislumbramos datos ciertos para contemplar con más esperanza y serenidad un futuro del que, sin duda, somos todos responsables.

Señor Presidente, animado del espíritu de sincera colaboración que nos une en la obtención de los grandes objetivos, que, como países europeos y sociedades de nuestro siglo, compartimos, levanto mi copa por vuestra ventura personal y la de vuestra esposa, por la prosperidad de vuestro noble pueblo y por el futuro de las relaciones entre nuestras dos naciones.

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