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Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad iberoamericana el día de la Hispanidad

Madrid, 13.10.1987

D

e nuevo nos reunimos hoy en esta Casa, iberoamericana por excelencia, para recordar una fecha, 1492, y, mirando a un horizonte cada vez más cercano, preparándonos para otra, 1992, separadas ambas por medio milenio y unidas por una cadena ininterrumpida de eslabones históricos, sociales y culturales.

¿Qué es lo que se nos pide al acercarnos a ese quinientos aniversario? Respeto al pasado, confianza en el porvenir y, sobre todo, acción en el presente.

La Reina y yo hemos tenido ocasión este año de visitar en dos ocasiones el continente americano. Pasamos brevemente por Brasil, visitamos Bolivia y, por primera vez, pisamos el histórico suelo de Puerto Rico. Hace muy pocos días, hemos recorrido varios Estados norteamericanos en los que la presencia hispánica tiene profundas raíces.

Estas visitas invitan a la meditación. Con los países iberoamericanos; el eslabón que deberíamos añadir a la sólida cadena que desde hace quinientos años ha venido aunando nuestro paso y nuestro quehacer, es la cooperación.

España quiere alimentar el motor que propulse la colaboración con Iberoamérica.

En la medida de nuestras posibilidades, tenemos que empeñarnos en una cooperación que apunte a estrechar vínculos y potenciar esfuerzos comunes.

Una cooperación que a todos nos enriquezca. Separados somos poco y grandes son las exigencias. Juntos podemos conquistar un peso específico propio en la escena internacional.

Debemos respetar la particularidad de cada uno de nosotros, haciendo hincapié en lo que es común y en lo que debiera sernos común.

La conmemoración del V Centenario no debe plasmarse únicamente en moldes de estatuas, sino verterse en moldes de cooperación, una cooperación activa que incida en la calidad de vida y en el nivel de desarrollo e integración de los países que componen la comunidad iberoamericana de naciones.

La solidaridad, hoy, es trabajo conjunto, es cooperación. Estamos convencidos de que la cooperación es una de las formas de hacer comunidad.Hay algunas comunidades de pueblos fundadas sobre vínculos permanentes, sobre patrimonios culturales comunes que subyacen a los avatares de la historia. Pero, hoy, es necesario ir adecuando esos vínculos, la forma de esos vínculos, a la realidad de los tiempos.

Esto es algo que han comprendido muy bien los jóvenes españoles con respecto a la comunidad iberoamericana. A la vista de los problemas de los pueblos hermanos, en España surge de inmediato la palabra solidaridad; pero, además, la juventud española no entiende ese sentimiento como pasivo. La solidaridad, en nuestro ámbito, o es activa o es poca cosa.

Y esa juventud lo ha demostrado.

Los pueblos centroamericanos, que tan denodados esfuerzos realizan por alcanzar la paz y el desarrollo en la región, han sido testigos en los últimos tres años de la presencia de un numeroso contingente de cooperantes españoles que llevan a cabo su trabajo en el marco del plan de cooperación integral que España desarrolla con las naciones centroamericanas.

En los últimos años, misiones de cooperación españolas se han abierto en casi todos los países del continente. Cada día son más numerosos los cooperantes españoles que trabajan codo con codo con sus hermanos iberoamericanos en el reto común de construir una sociedad más justa y solidaria.

En el momento en que España, basándose en su texto constitucional, aspira a convertirse en una democracia social avanzada y se propone cooperar con los países iberoamericanos en su esfuerzo por mejorar las condiciones de vida de sus pueblos, la respuesta de los jóvenes españoles no se ha hecho esperar.

En el mes de mayo pasado, durante mi viaje por tierras americanas, fue muy gratificante para nosotros encontrar allí algunos de estos jóvenes de los que hablo. Médicos, ingenieros, pedagogos, profesionales en suma, que contribuyen con sus conocimientos y con su ímpetu, junto a compañeros iberoamericanos, a conseguir objetivos de progreso y desarrollo.

A los miles de estudiantes, profesores y científicos iberoamericanos que han completado su formación en España en los programas de becas, se unen hoy los profesionales que, después de trabajar con los cooperantes españoles, se desplazan a España para culminar su proceso de formación.

En esta misma línea de esfuerzo cooperante, España, con la ayuda de los países iberoamericanos, ha puesto en marcha un Centro de Formación de Recursos Humanos para el desarrollo en Santa Cruz de la Sierra, Centro que también tuvimos ocasión de visitar.

Su objetivo es capacitar profesionales iberoamericanos y españoles que, desde sus ámbitos de actuación, desde las administraciones, las instituciones culturales, las empresas, puedan hacer frente con éxito al reto económico y tecnológico que tenemos planteado en los albores del siglo XXI.

Esperamos que del Centro, que promoverá un espacio para la reflexión sobre nuestros problemas, salgan ideas y hombres que contribuyan a llevar a nuestra comunidad por el camino del progreso compartido.

Señalaba antes que es necesario potenciar lo que nos es común: ¡Y qué cosa y qué riqueza es más común a España y a los países hispanoamericanos que la lengua! La lengua, decía Ortega y Gasset, no es solamente el modo de hablar de cada individuo; es el modo de hablar colectivo: «El sistema de signos verbales y combinaciones de ellos que tiene vigencia como modo de expresión de una colectividad.»

La lengua es, pues, el gran canal de la comunidad iberoamericana. La conmemoración del V Centenario nos insta a ensanchar y ahondar ese canal privilegiado de comunicación.

El español que se traslada a Argentina, el ecuatoriano que acude a Puerto Rico, el colombiano que viene a España no se consideran propiamente extranjeros. La lengua española es la voz que vincula a millones de personas. Es una voz unívoca y a todos accesible.

Tamaño tesoro hay que protegerlo y acrecentarlo. Por eso, bajo los auspicios del V Centenario, se reunieron en Madrid hace un par de años los presidentes de las Academias de la Lengua del mundo hispano-hablante, celosos guardianes de su pureza. Además, es necesario reforzar el papel de la lengua española, la lengua de Hispanoamérica, como vehículo cultural propio.

Ello es tarea que incumbe no a un país u otro, sino a todos. Hay una correspondencia porque hay un coprotagonismo. La lengua española no es privativa de su país de origen, es patrimonio común de toda Hispanoamérica. Esa comunidad, percatada de la importancia de su voz, tiene que defender, poner al día y multiplicar su lengua.

En este sentido, nuestro último viaje a Estados Unidos ha resultado sumamente ilustrativo. Hay allí, inmersos en una comunidad de lengua inglesa, casi veinte millones de personas que piensan y hablan en español. Son una avanzada de nuestra cultura que se integra en una realidad socio-cultural diferente.

Hoy he analizado en esta Casa aspectos relevantes de la conmemoración de 1992.

Este mismo año, durante el pasado mes de mayo, tuvimos ocasión de inaugurar, en San Juan de Puerto Rico, la V Reunión de la Conferencia Iberoamericana de Comisiones para la Conmemoración del V Centenario del descubrimiento de América -Encuentro de dos Mundos-. Allí resalté cómo las Comisiones Nacionales van perfilando cada vez con más intensidad sus acciones cara a la magna conmemoración, debe ser la ocasión de afirmar nuestra identidad y tupir la red de nuestros intereses comunes.

En el marco de las conmemoraciones del V Centenario, quiero señalar con satisfacción la designación de dos ciudades íntimamente relacionadas con este acontecimiento: Sevilla y Barcelona como sedes de la Exposición Universal y de los Juegos Olímpicos, respectivamente, lo que constituye un gran logro al que han contribuido todos los países iberoamericanos, y en los que, a buen seguro, participarán por derecho propio.Antes de terminar quiero unir mi satisfacción a la aquí ya expresada, por la concesión del Premio Nobel de la Paz al presidente Oscar Arias, de Costa Rica. Constituye un orgullo para todos nosotros esta distinción que afecta a un miembro de nuestra comunidad de naciones.

Una comunidad que se prepara para la gran fecha simbólica de la que sólo cinco años nos separan. Podemos ya guiar nuestra común ilusión con un 1992 a la vista que nos acerque y reúna. Tengo confianza en que de ese nuevo encuentro surgirá la comunidad que todos deseamos para el siglo XXI, una comunidad capaz de afrontar conjuntamente los retos del futuro.

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