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Palabras de Su Majestad el Rey a las Fuerzas Armadas en la Pascua Militar

Madrid, 06.01.1987

Q

ueridos compañeros, nos da la sensación de que los años transcurren con una rapidez cada vez más vertiginosa y las fechas señaladas y notables, como ésta en que celebramos periódicamente la Pascua Militar, son hitos que van marcando ese paso del tiempo.          Pero ese tiempo, que personalmente puede parecernos más o menos largo según la edad, las circunstancias y los acontecimientos que ocurren en cada período, es realmente muy breve si lo consideramos desde el punto de vista de la vida de las naciones.

Y por ello, con perspectivas de permanencia y de continuidad, somos como simples eslabones de una cadena que tiene su origen en un pasado histórico remoto y ha de prolongarse indefinidamente en el futuro.

Los hechos que nos afectan en un momento determinado y que pueden producirnos un impacto profundo, pierden intensidad y encuentran justificación si los consideramos, no en el ámbito individual y transitorio de nuestra existencia, sino en el conjunto que forman el pasado, el presente y el porvenir de la España eterna.

En muchas ocasiones es preciso explicarse el perjuicio personal en pro del general beneficio de las generaciones que han de seguirnos.

Por eso, en este día de la Pascua Militar, quiero agradeceros muy sinceramente que vuestro generoso reconocimiento de las necesidades de reforma, de reorganización, de reestructuración o de reducción se sobreponga a los inconvenientes que cada uno pueda experimentar en un momento dado.

Una vez más las Fuerzas Armadas comprenden la importancia del sacrificio y se dan cuenta de que éste no consiste sólo en actitudes espectaculares y heroicas, sino que su mérito es tanto mayor cuanto más oscura y callada es la misión a realizar o más ocultas las contrariedades que es preciso vencer.

Sé muy bien que vosotros estáis convencidos de la necesidad de organizar unas Fuerzas Armadas, conforme al modelo que el Estado y la sociedad requieren.

Unas Fuerzas Armadas volcadas en la consecución de una operatividad real, para hacer posible su misión de defender militarmente a España, desprendiéndose de motivaciones ajenas a la profesión de las armas.

Unas Fuerzas Armadas vigorosas y pujantes, que se analizan a sí mismas sinceramente; que trabajan para corregir sus carencias; que no se deforman con la rutina diaria; que proyectan y aciertan a hacer realidad lo proyectado y que dedican todo su esfuerzo a la mejor defensa de España frente a amenazas exteriores.

Unas Fuerzas Armadas cuyos componentes están actualizando permanentemente su profesionalidad, porque tienen la certeza de que con ello realizan la más destacada aportación a la eficacia y porque, además, de esta manera, encuentran su mejor satisfacción personal.

Unas Fuerzas Armadas que, sin exclusivismos ni cerrados criterios, comparten sus valores con todos los españoles y se identifican con ellos.Unas Fuerzas Armadas que deben hacer del servicio militar la institución más sólida para la seguridad de los españoles, que a su vez aportan el esfuerzo personal para conseguirla y que deben encontrar en él un motivo de orgullo, porque su prestación se verifica en defensa del modelo de sociedad que nuestro país desea tener.

Unas Fuerzas Armadas que no pueden limitarse a esperar que las soluciones a sus propias inquietudes vengan ofrecidas desde fuera, sino que deben mirar hacia dentro y corregir por sí mismas los defectos que descubran. Que sepan aprovechar el momento histórico de ponerse a la altura de las de los países aliados, no sólo en los aspectos operativos y técnicos, sino en su modo de integrarse en la sociedad y de volcar hacia ella sus afectos y sus ilusiones.

Unas Fuerzas Armadas, en definitiva, que afiancen cada vez más su razón de ser en la eficacia efectiva, en sus propósitos coherentes, en su conexión con el pueblo, en su función de ofrecer confianza a los españoles.

Mi felicitación de hoy se dirige también a vuestra conducta que constituye una vez más la mejor muestra del amor a la patria.

Ese amor se encarna en una responsabilidad permanente en orden a la defensa de España como nación, de la democracia como instrumento esencial para la convivencia de los españoles y de servicio al pueblo del que los propios ejércitos forman parte.

Las Fuerzas Armadas españolas, en esa dinámica de perfeccionamiento, que exige una permanente reorganización, han de ir logrando cada día una mejor dotación que les permita cumplir sus objetivos y compromisos nacionales e internacionales.

Y ello será posible porque, si bien la técnica militar cambia constantemente y está sujeta a las coyunturas de la ciencia y de la economía, es inalterable el factor que supone su espíritu, su tradición, sus valores éticos y su capacidad de abnegación y de entrega al servicio, cualesquiera que sean las circunstancias de cada momento.

Los cambios, las reformas, la reorganización de estructuras, con ser ineludibles, de nada servirán si no se desarrollasen en este clima ejemplar de adaptación y disciplina que nos une y nos fortalece.

Por esta razón el pueblo español mira a sus ejércitos como prenda inapreciable de ciudadanía y clave e instrumento para la estabilidad democrática.

Deseo expresaros una vez más el convencimiento de que todos juntos, Fuerzas Armadas y sociedad, continuaremos la andadura histórica de España como nación y conseguiremos nuestros objetivos de paz y prosperidad.

En la sucesión de las generaciones militares, os exhorto a transmitir y recibir el ejemplo de vuestra disciplina y de vuestro amor a la patria para que un mismo espíritu nos anime y un mismo fin nos comprometa.

Que no se produzcan nunca vacíos, fisuras ni desánimos, porque el secreto del éxito está en la unidad y la ilusión.

En estos momentos en que el mundo se divide en poderosos bloques militares antagónicos y España ha elegido, por decisión popular, integrarse -con las limitaciones o los condicionamientos también popularmente decididos- en la Organización del Atlántico Norte, será preciso hacer gala del mayor tacto y prudencia para llevar a cabo las negociaciones relacionadas directa o indirectamente con aquella integración.

Hemos de tener conciencia clara de nuestro papel, de las circunstancias que en nosotros concurren y de los intereses de España dentro del anhelo de paz que deseamos para nosotros y para el mundo entero, buscando siempre el equilibrio entre el mantenimiento de nuestra dignidad nacional y la atención a compromisos u obligaciones internacionales.

A través del año que acaba de terminar y siguiendo la norma que vengo aplicando desde el momento en que, como Jefe del Estado, me honro en ostentar el mando de las Fuerzas Armadas, he tratado de cumplir mis deseos de visitar sus unidades, asistir a maniobras o actos castrenses y mantener en audiencias o entrevistas un contacto directo con los miembros de los ejércitos.

He tenido también verdadero interés, compartido por el Gobierno de la nación, en que mi afición y mi cariño por cuanto a la milicia se refiere, se prolongue a través de mi hijo el Príncipe de Asturias, que en las academias y escuelas militares está llevando a cabo una formación que se completará más tarde con enseñanzas civiles y universitarias.

Y constituye para mí el mayor orgullo que la base de su formación castrense robustezca su sentido del deber y de la disciplina y al integrarlo en la gran familia militar, esté en las mejores condiciones para desempeñar en su día la importante misión que le corresponde al servicio de España.

En esta Pascua Militar, que renueva periódicamente una tradición y me permite disfrutar de nuevo la oportunidad de reunirme con los representantes de las Fuerzas Armadas, os envío a todos, tanto en mi nombre como en el de la Reina y de toda mi familia, para vosotros y los vuestros, mi felicitación más cordial y los mejores deseos para el año que ahora comienza.

Muchas gracias al señor Ministro de Defensa por su exposición y por las expresiones de lealtad y de afecto en ella contenidas.

Quisiera, finalmente, dedicar un recuerdo emocionado a nuestros compañeros, a los miembros de las Fuerzas de Seguridad y a cuantos, un año más, han sido víctimas de los ataques de un terrorismo cruel contra el que todos hemos de luchar sin descanso. Para las familias de los que perdieron la vida por esta causa, una abrazo muy fuerte y la seguridad de que compartimos su dolor.

Y termino con una llamada a la esperanza. Esperemos siempre lo mejor. Como dijo un pensador español: «Esperemos siempre, aunque esperemos desesperadamente».

Inalterables en nuestro espíritu, gritad todos conmigo:

¡Viva España!

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