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Palabras de Su Majestad el Rey al Real Patronato de la ciudad de Santiago de Compostela

La Coruña(Santiago de Compostela), 11.06.1991

D

espués de tanto siglos de existencia, Compostela se nos sigue apareciendo como paradigma de la conciencia europea y como una de las principales artífices en la tarea de unificación del viejo continente.

A la luz de la razón, continúa siendo asombroso el hecho de que un apóstol hubiera elegido para el eterno reposo un húmedo paraje en el confín de la tierra conocida. Seguramente, Teodomiro -obispo de Iria Flavia, descubridor según es tradición de los restos de Santiago- fue incapaz de imaginar todo el alcance de su hallazgo.

En el apartado espiritual, Compostela realizó la destacada tarea de convocar al mundo cristiano, en un especial movimiento íntimo y pacífico para el sosiego del ánimo y el triunfo sobre la desesperanza.

Pero la significación del sepulcro en la cultura de occidente desborda el ámbito estrictamente religioso. En efecto, Compostela mostró muy pronto una decidida vocación europeísta; y un ilustre emperador paladín de la unidad europea -Carlomagno- respaldó los comienzos de las peregrinaciones; el camino de Santiago pasó a ser un instrumento eficaz para estimular los contactos culturales, artísticos y comerciales entre los ciudadanos de los distintos países.

Los primeros monarcas de los reinos peninsulares del norte, conscientes de este hecho y atendiendo tanto a consideraciones espirituales como políticas, decidieron secundar con donaciones a la mitra compostelana y con la promoción de obras públicas el naciente fenómeno jacobeo. Así, la Corona española, a través de los sucesivos avatares históricos, ha estado siempre vinculada a los destinos de esta ciudad. Hoy, efectivamente, nos corresponde dar un nuevo paso en este camino, mediante el patrocinio de la constitución del Real Patronato de Santiago de Compostela.

La ruta jacobea favoreció la difusión de las lenguas y el desarrollo en nuestro país de importantes escuelas artísticas, estrechamente relacionadas con las foráneas. En los albores de la nebulosa Edad Media se fraguó, pues, el despertar de la civilización occidental.El camino de Santiago fue un foco de atracción para entusiastas masas de peregrinos en el momento en que empezaba a tomar cuerpo un primitivo sentimiento de europeísmo. El camino, sin embargo, no discurre sólo del oriente hacia occidente, para terminar en la última de las tierras romanizadas. Antes bien, si se viene del nuevo mundo, Galicia marca el principio del orbe, de un continente que fue cuna de tan acreditadas civilizaciones como la griega y la romana. En este sentido, por su situación geográfica y por su dimensión histórica, Santiago de Compostela está también llamada a convertirse en un lazo de unión con América, donde aparece consagrada en innumerables topónimos de ciudades, calles y plazas.

Hoy, ya en el umbral de un nuevo siglo, esta dimensión ecuménica de Compostela cobra de nuevo actualidad y nos convoca, una vez más a aunar esfuerzos y voluntades en la búsqueda de la dimensión trascendente e integradora de las relaciones internacionales.

No quisiera concluir sin mencionar la impresión que siempre me produce el contemplar la monumental belleza de esta ciudad. Pero, por encima de toda consideración arquitectónica, fría y pétrea, Compostela ha sido siempre vida. Sus formas definidas, sus imponentes fachadas, sus recogidos claustros, sus figuras de rostro gastado, son expresión de una huella secular que conserva misterios y que representa un signo de profunda humanidad.

Queda constituido el Real Patronato de la ciudad de Santiago de Compostela.

Se levanta la sesión.

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