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Palabras de Su Majestad el Rey a la Comunidad Académica al ser investido doctor "honoris causa" por la Universidad de Bolonia

Bolonia, 05.05.1988

M

agnífico rettore, chiarissimi professori dell'Università degli Studi di Bolongna, al recibir el Doctorado honoris causa a propuesta de la Facultad de Jusrisprudencia de esta Universidad, primogénita entre todas, soy consciente de la magnitud y la trascendencia del generoso don que se me hace. Mi gratitud viene así a sumarse a la que mi nación profesa a este Ateneo. Lo que España ha recibido del estudio boloniense es tanto, y tan notorio, que quizá no podría tomarlo como tema de un discurso académico quien se viera llamado a ofrecer novedades científicas.

Pero entiendo que, en cambio, conviene a mi propósito en esta ocasión solemne, porque ningún otro argumento me serviría mejor para daros las gracias.

Italianos y españoles, junto a otros pueblos de Europa, nos sabemos hermanos en la latinidad. Un substrato común de derecho romano determina grandes semejanzas en nuestra manera de entender y vivir las relaciones interpersonales, desde la intimidad de la familia hacia el perfil de las instituciones públicas.

Pero, a diferencia de cuanto ocurre con nuestras lenguas románicas, la común estirpe jurídica que explica mucho de cuanto nos es más propio no nos viene por herencia directa y continua desde los tiempos de la dominación romana: en gran medida ese derecho los españoles, como los mismos italianos, lo aprendimos en Bolonia. En la Península Ibérica la mayor parte de la jurisprudencia romana padecía un olvido de siglos cuando los investigadores italianos empezaron a rescatar trozo a trozo el corpus justinianeo. Entonces, en la segunda mitad del siglo XI, Bolonia nos brindó dos novedades que acabarían transformando nuestro mundo: con aquel «arte de lo justo» perdido tantos siglos atrás, aparecía la actividad institucionalizada de investigar y aprender el derecho con fines científicos. Para muchos de los estudiosos que acudían a Bolonia, aquel derecho no era directamente aplicable en sus países, en donde no estaba en vigor; pero era admirable por sí mismo, como razón escrita. La universidad occidental, que nace en Bolonia, será desde entonces investigación y transmisión de la verdad científica. Parece oportuno recordar hoy, en rápido resumen, los efectos prácticos que trajeron para España la nueva jurisprudencia y la misma institución universitaria originada en Bolonia.

Uno de aquellos principios jurídicos que difundían los glosadores tuvo en nuestra península una aplicación de extraordinaria trascendencia.Me refiero a la conocida máxima del Código de Justiniano: «lo que atañe a todos debe ser aprobado por todos» (quod omnes tangit debet ab omnibus approbari), inspiradora entre nosotros de la representación parlamentaria, y por cierto que con asombrosa precocidad: en este año se cumplen ocho siglos justos de las Cortes que Alfonso IX, Rey de León, a quien también debemos la fundación de la Universidad de Salamanca, reunió en 1188 «con ciudadanos elegidos por cada ciudad» (cum electis civibus ex singulis civitatibus). También los aragoneses pueden alegar un parlamentarismo muy temprano, y de amplio influjo en otros sistemas representativos (según algunos historiadores _como Wentwort Webster_, el conocimiento directo que Simón de Montfort tenía de las instituciones catalano-aragonesas tal vez fuese determinante en la introducción de ese estamento burgués en la Dieta inglesa de 1265).

De otra parte, la ciencia jurídica de Bolonia iba a resultarnos de inmediata utilidad al aplicarse al derecho canónico, ya que sí estaba vigente. El decreto de Graciano tuvo tal fortuna entre nosotros que, más tarde, el español San Raimundo de Peñafort daría en este Estudio de Bolonia un impulso nuevo y decisivo a la ciencia de los decretalistas.

Mientras tanto, el ejemplo boloñés estimula la creación de nuestras primeras universidades: la de Palencia, la ya citada de Salamanca, la de Valladolid. Con ellas, y con la afluencia ininterrumpida de estudiosos españoles a Bolonia, cobra desarrollo lo que generalmente llamamos la recepción del derecho común.

Detengámonos un momento en este fenómeno histórico decisivo para todos los españoles. Los reinos peninsulares constituían un mosaico de peculiaridades jurídicas difícilmente conciliables entre sí cuando nuestros letrados empezaron a adoptar el estilo científico de Bolonia. En muchos de ellos los juristas se romanizaron bastante antes que las leyes, y debieron esperar siglos hasta ver plasmados en ellas sus ideales científicos. Es el caso de Navarra y también de Aragón, cuyos intérpretes consiguieron introducir a fuerza de ingenio la jurisprudencia de los glosadores en la práctica, ya que no en los textos legales. En cuanto a Castilla, la recepción siguió la complicada peripecia de las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio.

Este código enciclopédico, que a juicio de los estudiosos constituye una de las cumbres máximas de la jurisprudencia medieval, es todo un monumento a la ciencia jurídica universitaria de estirpe boloniense. Sus siete volúmenes abandonan el viejo derecho castellano para abrazar en todo la enseñanza de los glosadores y los canonistas.

Don Alfonso tiene tan presente el carácter universitario de esta ciencia que otorga a los profesores de derecho un trato especialísimo: en sus reinos recibirán nombre de caballeros y señores de las leyes, quedarán libres de impuestos y milicias, tendrán siempre acceso franco al Palacio Real y, tras veinte años de enseñanza, deben haber honra de condes; porque la ciencia de las leyes es como fuente de justicia, e aprovéchase della el mundo...

La devoción del Rey Sabio a la universidad entera, profesores y alumnos, se advierte en otras muchas muestras de simpatía. Cierto que pretendía sustituir todo el derecho viejo por otro muy distinto, y era preciso hacerlo con cautela. De todos modos, aquí también los entusiasmos intelectuales iban muy por delante de las posibilidades legislativas: la reacción fue tan áspera, que el propio Alfonso X se vio obligado a derogar las Partidas en 1272, aunque sus buenas razones acabaron convenciendo.

En 1348, el ordenamiento de Alcalá en donde intervino un gran amigo de Bolonia y su Estudio, el Cardenal Albornoz, de quien luego hablaré- puso en vigor las Siete Partidas como derecho supletorio. La recepción había triunfado. Y hasta tal punto, que Juan II de Castilla, por la pragmática de 1427, permitiría alegar ante sus tribunales las doctrinas de los antiguos glosadores boloñeses. Los estudiantes españoles que se doctoraban en el alma mater de Bolonia cobraron tal presencia en nuestras cortes de justicia que aún hoy, a lo que en Italia se llamaría i ferri del mestiere, llamamos en España los bártulos.

En resumen: lo que empezó siendo un anhelo científico de los juristas determinó a la larga la generalizada recepción del derecho común en la Península Ibérica. Con ello ocurría algo de la mayor trascendencia para aquellos reinos cuyas coronas estaban llamadas a confluir pacíficamente en un mismo monarca.

En la medida en que sus distintos ordenamientos adoptaban el derecho ejemplar mostrado por Bolonia, se aproximan entre sí; y no por imposiciones externas sino por un impulso autónomo. La formación del Estado español es inseparable de esta convergencia espontánea en la razón escrita. La unidad del Estado vendría a coronar una previa unidad de los españoles en la búsqueda de los valores del derecho, cuyos logros tendían a hacerse comunes. Por poner un solo ejemplo entre muchos, recordemos que la traducción de las Siete Partidas al catalán data del siglo XIV: al erigir en derecho positivo las buenas razones del rey castellano, catalanes y aragoneses anticipaban la unidad española. La fácil armonía de los reinos que más tarde se unieron para siempre debe mucho a este largo proceso cultural cuyo punto de partida fue la jurisprudencia de Bolonia.

Por lo demás, los orígenes de la unidad hispánica tienen otra connotación boloñesa no menos patente; porque, en algún modo, esa unidad se ensayó aquí por primera vez. Mientras la integración nacional de España va a cumplir cinco siglos, la primera institución cabalmente española pasa con largueza de los seis: se encuentra en Bolonia y, como puede verse ahora mismo en esta hermosa aula magna, goza de excelente salud. Me refiero al Real Colegio de España, muchos de cuyos antiguos alumnos nos acompañan hoy. Creo que los boloñeses y los españoles podemos enorgullecernos en común de esta institución sin par, pues quizá no haya en todo el mundo otro ejemplo de unos vínculos históricos tan hondos y constantes entre una ciudad y una nación extranjera como los que representa el Real Colegio.

Pues bien, en 1364, cuando don Gil de Albornoz lo instituye como su heredero universal y lo llama Casa o Colegio de España, aún falta mucho más de un siglo para el logro de esa integración. Como concepto político, España tenía entonces algunas notas no muy diferentes de las que quedan apuntadas a propósito de la recepción del derecho común. También España, como ese derecho, evocaba en parte una remota antigüedad romana, y en parte una aspiración ideal de los espíritus más cultos y despiertos. Pero la restauración del derecho romano estaba demostrando que tales ilusiones, lejos de ser inútiles, podían convertirse en realidades: el ejemplo boloñés, probablemente fue un gran estímulo para la españolía de don Gil. Lo cierto es que crear una institución española significaba entonces la intuición de un futuro y el acto de fe de empezar a construirlo.

El Colegio hispánico había puesto en obra una experiencia nueva. Hasta entonces, un estudiante venido de Aragón podría considerar extranjero a un castellano, y a la inversa. Iba a ser el Colegio quien les enseñara que no era así. Gallegos y andaluces, catalanes y leoneses, valencianos, navarros, extremeños, al vivir en Bolonia unidos bajo el concepto anticipador de España, descubrieron la hondura de sus raíces comunes y la grandeza de su destino convergente. Ellos vivieron España como una realidad antes que nadie. La misma Bolonia lo propiciaba así, porque de siempre los llamaron aquí los españoles, como Albornoz había querido.

A ellos les tocó adoptar un escudo común a todos y, dado lo imperfecto del latín aprendido en la Península, una lengua vulgar para entenderse. No es casual que la fijación de nuestra lengua sea un fruto del Colegio de España. Aquí en Bolonia, los colegios españoles supieron por experiencia que era necesario reducir a reglas gramaticales el romance más común entre ellos: y aquí mismo, en el Estudio bononiense, el colegial Elio Antonio de Nebrija adquirió la ciencia necesaria para llevarlo a cabo. A él se debe la Gramática de la lengua castellana, primera de un idioma moderno. También es obra suya la renovación de los estudios latinos que permitiría a los españoles el contacto con la cultura europea contemporánea. En estos y otros logros de Nebrija, como el escudo nacional que ideó por encargo de los Reyes Católicos, se advierte a las claras la experiencia y el espíritu del Colegio albornociano.

El tiempo no me permite citar a otros colegiales, ni siquiera resumir lo más valioso de sus aportaciones. Juristas, médicos, gramáticos, filósofos, historiadores y estudiosos de otras ciencias, en relevo continuo desde hace seiscientos veinte años, han hecho que las enseñanzas de esta Universidad formen parte de nuestra historia. La atención especialísima que la Corona española siempre prestó a esta fuente de enriquecimiento cultural, da indicio de su importancia entre nosotros.

Recordemos las concesiones de Carlos V en Bolonia, tanto a los colegiales, a quienes otorgó protección perpetua por sí y sus sucesores, cuanto a los doctores de este Estudio, titulados por él Condes Palatinos conforme al precedente de las Siete Partidas que cité antes; recordemos a Felipe II, quien, en la normativa proteccionista que prohibía acudir a las universidades extranjeras, hizo excepción única a favor de los colegiales estudiantes en esta Universidad. Y así podríamos proseguir con los sucesivos monarcas españoles, pues casi todos han tenido ocasión de demostrar especial deferencia a Bolonia y su Estudio. Bolonia es nuestra conexión prioritaria con las corrientes científicas y culturales europeas. También aquí se podría extender sin tasa la lista de ejemplos, y aún recordar algún caso en que la monarquía española abrazó la causa boloñesa como suya. Pero me importa más hacer público reconocimiento de gratitud a los maestros y los ciudadanos de Bolonia.

Sin la acogida generosa, siempre hospitalaria de la ciudad y el alma mater, no habrían podido florecer estas relaciones. El propio Colegio de España quizá se habría extinguido si en sus momentos más difíciles no hubiera contado con el noble apoyo de los boloñeses. A todos quiero dar las gracias, porque aquí, en la universidad y fuera de ella, los estudiantes españoles siempre han encontrado cortesía, afecto y amparo. Nuestros doctores por esta Universidad siempre tienen vivo el recurso y pronta la alabanza de Bolonia.

Tan es así, que, mientras aquí siempre fueron conocidos como los españoles, en España se llamaron y llaman los bolonios. A diferencia del término boloñés, aplicable a los naturales de Bolonia, nuestro diccionario reserva el término «bolonio» para el miembro del Real Colegio de España que se ha doctorado en esta Universidad. Así pues, gracias a vuestra generosidad de hoy, mañana yo también podré llamarme bolonio. Como resumen y prueba de cuanto he venido diciendo, baste con mencionar este prestigioso título cuya etimología manifiesta a las claras la huella imborrable que deja Bolonia en sus discípulos españoles.

Hasta aquí he querido referirme a algunos aspectos específicos de lo mucho que España y la hispanidad deben al alma mater bononiense. Pero es claro que también nos alcanza una deuda genérica como occidentales. Hoy, cuando nuestra vocación de europeos nos invita a contemplar la cultura en más amplias perspectivas nos conmueve advertir que Bolonia lleva nueve siglos haciendo Europa.

La universidad de las naciones representa el más antiguo y permanente punto de encuentro de los países occidentales en la búsqueda de unas reglas comunes de justicia. No sería excesivo calificarla de embrionario Parlamento Europeo: aquí han establecido estrechas relaciones de compañerismo muchos jóvenes estudiosos destinados a desempeñar más tarde altas responsabilidades sus países. Por lo demás, no sólo los ordenamientos jurídicos hispanos acortaron sus diferencias al abrazar las enseñanzas de Bolonia: algo parecido ocurrió en otros países y redundó en beneficio de las relaciones internacionales, empezando por las del tráfico mercantil. En cierta medida, el Mercado Común es hoy el joven heredero del derecho común. Pero ciertamente, no acaban aquí las aspiraciones de Europa. Todos estamos llamados a construirla; y en esta tarea la universidad, cuyo noveno centenario celebramos, tiene un cometido del mayor relieve, porque sólo ella puede formar nuevas generaciones con raíces históricas y sin fronteras intelectuales. Hoy toca a Bolonia un justo protagonismo en grandes iniciativas integradoras como son el Proyecto Erasmus y la inminente firma de la carta magna de las universidades europeas. Sería difícil predecir hoy el alcance de las consecuencias beneficiosas que de aquí se deriven mañana. Tampoco los primeros glosadores habrían podido adivinar que, al decirse a sus investigaciones, originaban una institución de incalculable eficacia renovadora como es la universidad, determinante del mundo en que vivimos en tantos aspectos sociales y políticos, culturales y tecnológicos.

La historia nos ha enseñado a los españoles que su poder constituyente sobrepasa toda previsión: por ejemplo, las universidades que España estableció en América dieron origen a las naciones hispanoamericanas actuales. Con más motivo debemos acordarnos de los fermentos integradores que nos proporcionó este Estudio en la Edad Media, cuando parecía inalcanzable la unidad española.

Hoy Europa ocupa en el horizonte de nuestras aspiraciones una posición tan parecida, que nos invita a imitar el ejemplo de Albornoz en Bolonia. También nosotros podemos intuir un futuro deseable, y empezar a construirlo con el impulso moral de la esperanza.

Magnífico Rector, clarísimos profesores, no sé si mis palabras han acertado a expresar cumplidamente la gratitud de mi nación y mi persona. Como en todo acto de reconocimiento, he debido dar testimonio de unos hechos pasados. Pero si ese pretérito ejemplar culmina en nuestro siglo, brillante como pocos en punto a las conexiones científicas entre España y Bolonia, terminaré diciendo que, de la misma manera, este presente se proyecta en la certeza de un mañana no menos rico y dilatado.

El relevo de las generaciones hará perenne la gran aventura intelectual que compartimos desde hace tanto tiempo. Cambiarán las circunstancias sin duda; pero por eso mismo permanecerán nuestros vínculos intelectuales y afectivos, porque nuevos estudiantes españoles buscarán la respuesta a esas nuevas circunstancias en vuestro magisterio. También ellos traerán sus mejores ilusiones y se llevarán el recuerdo imborrable de Bolonia. Así es como nos une desde siempre y por siempre esta amistad en donde, por decirlo con palabras de vuestro colega Carducci, «tutto trapassa, e nulla può morire».

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