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Palabras de Su Majestad el Rey al congreso de Academias de la Lengua Española

Burgos(Santo Domingo de Silos), 28.04.1994

D

eseo, antes de intervenir, agradecer al Director de la Academia Española, don Fernando Lázaro Carreter, sus esfuerzos por el buen desarrollo de este Congreso y lamentar su ausencia en este acto, deseándole que se restablezca pronto.

Es bien sabido que este venerable Monasterio comparte con el de San Millán de la Cogolla el privilegio de haber conservado los más antiguos testimonios escritos de una lengua romance, hablada hace mil años por tierras castellanas y riojanas, que llegaría a ser, con el tiempo, uno de los idiomas más extendidos y nobles del planeta.

Parece, pues, muy apropiado lugar para acoger un acto, que, en cierto modo, repite, pero con otro sentido, el que realizamos en 1992 en el Monasterio de San Millán.

La celebración del V Centenario había dado ocasión, en efecto, para rendir un homenaje a la lengua castellana que, hacía cinco siglos, había emprendido su prodigiosa aventura trasatlántica, después de haberse expandido pacíficamente por España y de haber establecido un diálogo de armonía y convivencia con las restantes lenguas peninsulares. Fue un acto de hondo significado nacional.

Hoy, este homenaje de Santo Domingo de Silos mira hacia la proyección internacional de nuestro idioma. Representantes diplomáticos de veinte naciones americanas y académicos de todas las Academias hermanas de la Española, vienen a dar fe de que sienten como propia, tan propia como podamos sentirla nosotros, aquella lengua que había empezado siendo tan sólo un román paladino hablado sólo entre vecinos, según el entrañable y conocido testimonio de aquel juglar cautivador que fue Gonzalo de Berceo, y que aquí escribió.

Una lengua que, hace siglos, dejó de ser simplemente funcional, para hacerse vehículo de obras de arte extraordinarias, y que hoy mismo cuenta con escritores nacidos a una y otra orilla del océano que han alcanzado merecidamente una consagración universal.

Nos une a todos una preocupación común; mejor, un obstinado deseo de que nuestra lengua mantenga, a ser posible siempre, su unidad. Esa unidad en que se funda la prestancia de nuestros pueblos entre los demás del mundo, como consecuencia del enorme número de mujeres y de hombres que utilizamos las mismas palabras para casi todo cuanto nombramos. La lengua española proporciona el más sólido soporte de nuestras culturas para afrontar juntas el futuro.

Os proponéis, según se ha anunciado hace un momento, solicitar de todos los Jefes de Estado y de Gobierno Iberoamericanos que vamos a reunirnos pronto en la cumbre de Cartagena de Indias, acciones legislativas protectoras de la unidad lingüística, y, entre ellas, la discusión y posible firma de un convenio que revitalice el acordado en Bogotá, y comprometa a nuestros respectivos gobiernos a una efectiva protección legal y económica a las Academias de la Lengua Española.

Puedo adelantaros que, por mi parte, transmitiré complacido a mi gobierno la demanda que se me ha hecho por acuerdo del Congreso actualmente reunido en Madrid, convencido de que se trata de una solicitud de cuya aceptación habrán de seguirse resultados positivos para nuestra comunidad de naciones.

He puesto de manifiesto en alguna otra ocasión en cuánta estima tengo a las Academias que fundaron mis antepasados, y muy en particular a la que fue primera de todas, la Real Academia Española.

Sólo hace medio año, la Reina y yo presidíamos en el Palacio Real de Madrid la constitución de la Fundación Pro Real Academia Española, creada con el fin de proporcionar respaldo moral y material a dicha corporación, empeño en que habíamos coincidido las Comunidades Autónomas y muy importantes empresas y entidades financieras.

Dispuse que tal acto se celebrara en Palacio, como señal del aprecio en que tengo a las instituciones académicas, sobre las cuales ejerzo el patronazgo que dispone la Constitución. Y quise figurar a título personal como miembro fundador del nuevo organismo, por identificación con sus fines, y con el propósito de estimular y aumentar el apoyo de la sociedad a las tareas que realiza.

Tuve también interés en que asistieran al acto los representantes de los países hispanohablantes, convencido de que nuestra lengua es una copropiedad indivisible, y de que nada puede afectar a nuestro idioma que no nos importe a todos.

En este acto de hoy, la presencia del Cuerpo Diplomático, que tanto valoro, era aún más necesaria, puesto que se trata de afirmar el propósito de comunidad que nos anima.Y no podía haber mejor ocasión para ello que el X Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española, reunido estos días, el cual ha abierto un espacio en sus tareas para venir a Santo Domingo de Silos en peregrinación simbólica a nuestra raíz común.

Esa Asociación es, sin duda, la mas patente manifestación del sentimiento de unidad que nos mueve, y de ahí la necesidad de potenciarla, tal como he expresado ya. Aliento a todos los señores congresistas, a todas las delegaciones de las Academias nacionales, a juntar sus esfuerzos en tarea que juzgo de tanta trascendencia. Lleven, por favor, a sus Corporaciones, mi saludo y mis estímulos más cordiales.

Quisiera, finalmente, dirigir unas palabras a la Real Academia Española, para agradecerle muy de veras la primera Placa de Oro que ha acordado conceder, tras haberse creado en sus Estatutos este medio de expresar su gratitud a aquellos a quienes cree deberla.

Puedo asegurarle que, en mi caso, no tenía deuda alguna. Mi relación con ella se funda sólo en el afecto y el respeto, y esos sentimientos son los que me han movido a aceptar la placa, estimándola como una de las distinciones más apreciadas que he recibido.

Señoras y señores, estoy seguro de que el ideal que nos ha reunido esta mañana en el Monasterio de Silos es compartido por millones de seres humanos, que hablamos esta lengua y a la que hemos dado entre todos una dimensión universal.

Una lengua hermosa, ilustre y rica que ha fundado una familia fraternal de extraordinarias dimensiones, tal como expresó el gran poeta y recordado director de la Real Academia que fue Dámaso Alonso:

«Hermanos, los que estáis en lejanía tras las aguas inmensas, los cercanos de mi España natal, todos hermanos porque habláis esta lengua que es la mía.»

He dicho. Se levanta la sesión.

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