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Palabras de Su Majestad el Rey al ser investido Doctor "Honoris Causa" por la Universidad de Chile

Santiago de Chile, 18.10.1990

S

eñor patrono de la Universidad de Chile, autoridades académicas, señoras y señores, recibo con un profundo sentimiento de gratitud la distinción de que me hace objeto esta ilustre casa de estudios, al conferirme el doctorado honoris causa y renovar de tal suerte la vinculación que vuestra institución mantiene con España.

Al confiaros mi emoción en estos momentos, no quiero dejar de recordar las hondas raíces académicas merced a las cuales florece la Universidad de Chile como una de las realidades señeras del panorama intelectual, cultural y científico de Iberoamérica.

Apenas setenta años después de la fundación de Santiago del Nuevo Extremo, ya funcionaban en la ciudad, dedicados a la enseñanza de teología, dos centros de estudios superiores impulsados por el celo de las órdenes de los jesuitas y los dominicos. A la cabeza del primero de los cuales llegaría a figurar como rector el célebre Diego de Rosales, autor de la Historia General del Reino de Chile, Flandes indiano.

Pero sin restar importancia a esas dos universidades iniciales, seguidas por la Universidad Pontificia Pencopolitana de Concepción a principios del siglo XVIII, la historia de los estudios superiores oficiales en este reino comienza, efectivamente, en 1747, con la solemne inauguración de la Universidad Real de San Felipe, así denominada en honor del Rey Felipe V de España, su patrono e iniciador en mi país de la Casa cuyo apellido hoy me honro en ostentar.

Con la nueva corporación, adquiere Chile una valiosísima autonomía intelectual respecto de Lima, de la que se beneficiarían, además, estudiantes de Asunción del Paraguay, Tucumán y Buenos Aires.

Los desvelos y el empeño, sostenido sin desmayo, con que el Cabildo de Santiago defendió la causa de la nueva institución, constituyen un temprano y vivo testimonio de la importancia que este país ha asignado a la formación profesional de su juventud y de la que puede, con muy justo título, enorgullecerse. En las aulas de esta auténtica alma mater de la nación chilena, cursaron estudios superiores no pocos próceres de las independencias chilena y argentina.

La Universidad Real de San Felipe, impulsada por una serie de gobernadores ilustrados, viviría sus mejores días con las reformas de las carreras de artes y derecho, debidas al benéfico influjo del Convictorio Carolino y de la Academia Carolina de Leyes Reales y Práctica Forense, respectivamente, que incorporaron el inconfundible sello modernizador del Rey Carlos III.

La existencia de la Universidad Real de San Felipe supone un hito fundamental, pues cuando el gobierno de la nueva república abordó el asunto universitario dictando la ley orgánica de 1842, la Universidad de Chile resultaría de la refundación de su predecesora, como quería el ministro Manuel Montt, o del restablecimiento de aquélla sobre nuevas bases, como prefería su primer rector, Andrés Bello.

Desde entonces hasta nuestros días y a través de distintos regímenes, que no fueron sino actualizaciones de su variada función, esta Casa ha prestado una poderosa contribución al desarrollo de Chile, entregándole sus profesionales, sus científicos e investigadores, sus intelectuales, responsables todos de las altas cotas a las que hoy este país se eleva siguiendo la senda de las naciones industrializadas.

El protagonismo desempeñado por vuestra corporación en la forja de la nación chilena refleja la lúcida manera en que su gente ha percibido el papel de la educación en la determinación de los destinos de la patria.

A ella cabe atribuir el sólido desempeño de sus instituciones, el prestigio de sus letras justamente laureadas y la solvencia de su economía, que permiten augurar un esperanzador porvenir.

Como español, me complace comprobar que al denuedo desplegado, desde estos claustros, por tantos chilenos ilustres se ha asociado el de compatriotas míos, que, en diferentes momentos y disciplinas, trabajaron por Chile y su universidad. Matemáticos como Andrés Antonio de Gorbea, médicos como Juan Miguel y Manuel Julián Grajales, o arquitectos como José Forteza son sólo algunos ejemplos que, en modo alguno agotan la nómina de quienes dejaron y dejan aún aquí la impronta de su ciencia como hijos adoptivos de esta acogedora y generosa tierra chilena.

Señor patrono de la Universidad, autoridades académicas, dentro de dos años, nuestra comunidad de naciones conmemorará medio milenio de cultura común, efeméride que en esta Casa de Estudios coincidirá con el sesquicentenario de su refundación.

El destino nos emplaza así, doble y perentoriamente, a ascender a la atalaya de los tiempos, desde la que seamos capaces de otear juntos el horizonte del nuevo siglo y asomarnos a la compleja e inexorable serie de desafíos que aquél lanzará a las generaciones venideras.

La celeridad, a veces perturbadora y en ocasiones, incluso violenta, con la que el futuro se hace presente en nuestros días sugiere una reflexión sobre las cuestiones que la universidad debe resolver para adecuar su paso a la innovación que la vida impone en todos los órdenes.

Sé que vuestras autoridades han puesto ya su diligente atención en los asuntos más apremiantes y, aun sin ser prolijo, no quisiera sustraerme ante vosotros a la consideración de los temas que la experiencia presenta como insoslayables.

La universidad ha de propiciar planes de estudios que incorporen, en los diversos ciclos, los adelantos producidos. La agilidad de las instituciones académicas tienen en esta tarea uno de sus más exigentes bancos de prueba.

El cultivo de las ciencias de la investigación, que, atendiendo las grandes prioridades del desarrollo nacional, ofrezca estimulantes perspectivas a la comunidad científica y que, por ende, evite que las busque fuera de sus fronteras, y consolide la base tecnológica que interesa al país.

La transmisión, en fin, de una cultura humanista que habilite el graduado no sólo como futuro profesional, sino también como persona digna y plenamente insertada en su realidad histórica y situada, como demandaba Ortega y Gasset, «a la altura de los tiempos». Al conservar y engrandecer el patrimonio moral, la universidad tutela la identidad cultural de la nación e irradia su influencia por todos los ámbitos de la vida comunitaria.

Señor patrono de la Universidad de Chile, autoridades académicas, nuestros pueblos se han reencontrado en la profesión de una misma creencia en los valores del sistema democrático.

Al terminar estas palabras reiterando mi emocionado reconocimiento por el grado que hoy me conferís, deseo tributar un último homenaje a todos los académicos que hicieron de esta honorable corporación una instancia de servicio a la causa del país, guiados por su fe inquebrantable en la libertad de la persona. Al postularla, permitidme que evoque a vuestro primer rector, don Andrés Bello, quien, en su solemne instalación, definía la libertad «como contrapuesta, por una parte, a la docilidad servil que lo recibe todo sin examen, y, por otra, a la desarreglada licencia que se rebela contra la autoridad de la razón y contra los más nobles y puros instintos del corazón humano». Con este espíritu, formulo votos por un futuro pleno de triunfos en la mejor tradición de vuestra insigne Universidad.

Muchas gracias.

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