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Palabras de Su Majestad el Rey a la Asamblea de la República de Portugal

Lisboa, 16.05.1989

S

eñor Presidente, señoras y señores diputados, es un gran honor para mí dirigirme a la Asamblea de la República, símbolo de la soberanía del pueblo portugués, donde se ha forjado, y se sigue forjando todavía, el armazón fundamental de un Portugal moderno, volcado en la definición de su presente y de su futuro.

De todos los países de Europa, con seguridad ninguno ha sido un observador tan atento de cuanto ha acontecido en Portugal en el pasado reciente como lo ha sido España. Y ello, no sólo por razones obvias de vecindad y de interés sino porque el proceso que ha conocido Portugal en los últimos quince años ha sido, en gran manera, paralelo a nuestro propio proceso: el establecimiento de democracias políticas similares a las de los países de nuestro entorno geográfico.

A esa meta hemos llegado a través de los meandros de una historia reciente, diversa para los dos países, pero para ambos densa en acontecimientos, fértil en sus resultados, apasionante por la riqueza de las transformaciones políticas conseguidas y por la viveza del ritmo histórico con que las mismas se han llevado a cabo.

Fruto de ese proceso ha sido la inserción plena y fructífera de Portugal y España en ese espacio de la Europa occidental que le es propio y de donde ambos han estado alejados durante demasiado tiempo. El peso de los dos países ibéricos se hace hoy sentir en la escena internacional con mayor fuerza que en el pasado reciente.

Las reglas del juego de esa Europa occidental en la que ahora ocupamos nuestro puesto, exigen la colaboración de todos y el papel de los países medios y pequeños y reviste por ello una importancia mayor.

La Comunidad Europea se ha hecho más rica y diversa con nosotros. Se ha abierto a los países de viejas culturas del sur, que -junto con una problemática propia- le están aportando una manera también propia de trabajar y de estar en las instituciones de Bruselas. Y quizá, inesperadamente, es del sur de donde le vienen a la Comunidad Europea los apoyos más decididos y los empeños más claros en favor de la construcción europea y de la unidad de nuestro continente.

Portugal y España comparten también el mismo esquema de seguridad a través de su pertenencia a la Alianza Atlántica. Portugal, como miembro fundador, y España, como miembro incorporado a dicha organización en época reciente. En una organización multilateral de estas características, hay siempre muchos intereses en juego y afloran especiales sensibilidades. España ha querido tener en cuenta unos y otros, en relación con Portugal, al definir su participación en la Alianza Atlántica.

Nuestras dos naciones no tienen, por consiguiente, ninguna excusa para olvidarse la una de la otra. La realidad política, las perspectivas económicas, los proyectos culturales, nos empujan a una constante colaboración en la que se respeten las particularidades propias de cada país.

Compartir un espacio geográfico supone una especial responsabilidad, que ha de aprovecharse en un sentido positivo y nunca como fuente de conflictos. La apertura entre los dos países se ha de hacer sobre la base del profundo respeto hacia la historia, la tradición y la cultura respectiva, con el afán de conocer más del otro, de comprender mejor al otro y, en definitiva, de apreciar todo lo que el país vecino puede ofrecernos para el engrandecimiento de las dos naciones.

De hecho, asistimos a un momento especialmente interesante de las relaciones entre los dos países, destacando el desarrollo extraordinario de los intercambios comerciales y económicos en general.

Frente al pesimismo y la desconfianza de algunos, España es hoy el más prometedor mercado para Portugal, y los españoles nos congratulamos que así sea, porque esto significa que vamos a estar mirándonos de frente en el presente y en el futuro.

De esta manera, podremos establecer una relación equilibrada, de igual a igual, como sustento de una amistad profunda, estable y duradera.

Señor Presidente, el pasado puede iluminar nuestras actividades actuales, pero no debería condicionarlas con imágenes amarillentas que carecen de sentido. Entre España y Portugal, no debe haber barreras que nos separen. Debemos construir canales de comunicación, redes viarias y puentes físicos que nos aproximen en lo material; pero, sobre todo, numerosos puentes imaginarios sobre otros tantos Guadianas y Miños, que han apartado con frecuencia nuestras vidas y nuestros afectos.

Los representantes del pueblo portugués hoy aquí presentes en esta Asamblea tienen, junto con sus colegas españoles, la responsabilidad de trazar los caminos para alcanzar aquellas metas, que creo todos deseamos. Celebro que en fecha reciente haya tenido lugar la primera reunión de la Comisión Mixta de parlamentarios españoles y portugueses. Creo que la discusión franca de los diversos aspectos de nuestras relaciones entre los miembros de las respectivas Cámaras legislativas es la mejor manera de conseguir el entendimiento que reclaman nuestros pueblos.

Los lazos personales de carácter profesional o de verdadera amistad que estas reuniones permiten servirán para crear canales de diálogo permanentes entre los dos países que garanticen la armonía y la sintonía espiritual de las dos naciones. Los frutos de tales iniciativas no se recogen a corto plazo, pero la trascendencia de los resultados posibles justifican los esfuerzos que podamos realizar. Lo que está en juego: la amistad sincera, profunda, duradera, definitiva de los dos pueblos vale bien la pena.Yo pido la ilusión y el trabajo de esta Asamblea y de los señores diputados en pro de esta tarea.

Muchas gracias.

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