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Palabras de Su Majestad el Rey al Papa Juan Pablo II

Santiago de Compostela, 19.08.1989

S

antidad, la Reina y yo tenemos el honor de recibiros por tercera vez en España, con ocasión de vuestra visita a Santiago de Compostela y Asturias, y nos complace daros la bienvenida más sincera y cordial en nuestro nombre y en el del pueblo español, que mantiene vivo el recuerdo de vuestros anteriores viajes a nuestro país. Vais a visitar Galicia y Asturias, dos comunidades, vecinas y diversas, que son un claro ejemplo de la vigorosa vitalidad llena de esperanza de nuestra sociedad actual.

En 1982 terminasteis, Santidad, vuestro recorrido por tierras españolas aquí en Santiago de Compostela. Dentro de pocos minutos vais a cubrir simbólicamente la etapa final de la peregrinación a la tumba del Apóstol, al campus stellae medieval, meta de tantos peregrinos de siglos pasados procedentes de todo el continente, incluso de los confines entonces tan lejanos de vuestra Polonia nativa. El camino de Santiago fue la vía por la que transitaron no sólo los hombres sino también sus ideas, sus creencias, sus ilusiones, que contribuyeron a la creación y consolidación de un espíritu europeo, dentro de la diversidad de sus pueblos.

En aquella época, la ciudad que hoy os recibe estaba enclavada en el Finisterre del mundo conocido, que a finales del siglo XV se vio ampliado en un nuevo mundo al que nuestros antepasados, y los de otros pueblos hermanos de la Península Ibérica, llevaron el mensaje de la civilización europea y de la evangelización cristiana, que implantaron al otro lado del Atlántico. Así, el nombre del Apóstol que dio el suyo a esta capital de Galicia fue el mismo con el que se bautizaron pueblos y ciudades de las entrañables tierras americanas, como Santiago de Cuba, Santiago de los Caballeros, Santiago de Chile y tantos otros.

La celebración de la IV Jornada Mundial de la Juventud ha hecho confluir de nuevo en Compostela a decenas de millares de jóvenes peregrinos que desean proclamar, a través de su fe cristiana, su convicción profunda en la defensa de los valores que distinguen y definen a nuestra civilización: la dignidad de la persona humana, la libertad, la igualdad y la solidaridad entre los hombres y las naciones, y el empeño en un progreso, no sólo técnico y material, sino también espiritual y ético.

El pueblo español, que como europeo es consciente de sus raíces cristianas, comparte esos valores, puntos señeros de nuestra convivencia. Por ello, también apreciamos muy altamente, Santidad, la defensa incansable que hacéis de la dignidad del hombre, de su libertad y de la paz como obra de la justicia, y apoyamos plenamente convencidos la reiterada condena que habéis hecho del terrorismo y la violencia, como males que han de ser erradicados de nuestras sociedades.

España, junto con otros muchos países, se prepara para conmemorar en 1992 el V Centenario del descubrimiento de América, fecha clave del encuentro de los pueblos hermanos que a uno y otro lado del Atlántico nos sentimos unidos, no sólo por la cultura y por un común pasado histórico, sino sobre todo por una misma visión del hombre y del mundo. Es también una fecha con valor universal, puesto que la era de los descubrimientos supuso el inicio de la concepción de la tierra como un mundo único, como universo de la morada humana.

Con la cita de 1992 no se pretende reavivar el pasado, irrepetible siempre en sus luces y en sus sombras, sino fraguar para el futuro un mensaje de esperanza en el progreso de los pueblos de América, de Europa y de todo el mundo. Esperamos con ilusión el estímulo de Vuestra Santidad en esta conmemoración que tan grande dimensión espiritual encierra.

En nombre de todos los españoles, bienvenido, Santidad, a España, en esta ciudad de Santiago de Compostela; feliz estancia en las tierras gallegas y asturianas y gracias por vuestra visita.

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