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Palabras de Su Majestad el Rey a los madrileños al recibir la Medalla de Oro de la Villa de Madrid

Madrid, 29.03.1989

S

eñor Alcalde, muchas gracias por esta Medalla de Oro de la Villa de Madrid que acabáis de entregarme, y por el nombramiento de hijo adoptivo, acordado por la corporación municipal.

Ambas distinciones tienen para mí el doble valor de que proceden del pueblo de Madrid al que representáis, y de que significan el homenaje de una comunidad vinculada por grandes acontecimientos de la historia a los avatares y a la españolidad de la Corona.

Decir Madrid es expresar una realidad plural que trasciende de los propios límites urbanos y demográficos de la capital.

Madrid es -como se ha repetido tantas veces- plaza mayor de España, de la hispanidad, de nuestro mejor pasado, y ahora, como resultado de nuestra voluntad europeísta, se convierte también, a lo largo de estos seis meses, en cabeza política de nuestro entorno occidental.

Europa se encuentra a gusto en Madrid y la capital se convierte en el foro adecuado para animar y estimular los grandes objetivos que unen a los europeos.

Cuando en 1992 celebremos el gran acontecimiento universal del V Centenario y tenga lugar la magna Exposición de Sevilla, a la vez que la Olimpíada de Barcelona, Madrid será reconocida oficialmente por las naciones comunitarias como Capital Europea de la Cultura. Tratándose de Madrid, esa significación cultural no es un mero apelativo superficial, sino que expresa la energía, el talento creativo, la estética y la capacidad de progreso que han sido levadura de nuestra grandeza nacional.

Por eso los españoles solemos encontrarnos en Madrid y fundimos con la Villa y Corte nuestras biografías individuales y familiares para ser más españoles todavía.

A su vez, los distintos pueblos, regiones y comunidades ibéricas han confluido en esta capital para buscar, dentro de las normales discrepancias, a veces difíciles de resolver, nuestro destino común. Nada ha podido separarnos nunca, realmente, de esta placenta inspiradora que es Madrid. Y así, al finalizar este siglo, la capital avanza hacia la modernidad, como portavoz y mensajera de libertad, de trabajo y de alegría.

El II Centenario de Carlos III, que se desarrolla en un clima de alta participación de las instituciones del Estado, de la universidad y de las artes, han encontrado un gran eco popular. A Madrid, a los madrileños -y permitidme que me atribuya esa condición, pues aunque no haya nacido aquí soy desde ahora su hijo adoptivo- nos gusta compartir las mejores horas de España.

Se dice objetivamente que aquel Rey fue un gran Alcalde porque supo impulsar al Madrid, todavía pequeño y cortesano, hacia grandes realizaciones en todos los órdenes. Y a través de la historia moderna ha seguido siendo Carlos III ejemplo de buen administrador y de estadista imaginativo. Esa es la tarea que en la democracia os corresponde señor Alcalde. Que Madrid no pierda el ritmo del pasado y constituya para las nuevas generaciones un ámbito de trabajo y de bienestar en el que, además, sea posible convivir en la paz y en la seguridad, en la gracia y la hospitalidad que los madrileños saben ofrecer y prodigar.

Quizá sea más fácil ser Rey que Alcalde. Pero ya que nuestro Lope, ingenio universal de Madrid, puso a una de sus obras el título de El mejor Alcalde, el Rey, he de entender este homenaje que hoy me ofrecéis y que tanto me satisface, como un compromiso firme que me une aún más, desde las tareas del Estado, al futuro de esta gran capital.

Una capital por la que a todos nos corresponde esforzarnos en que no pierda sus tradicionales virtudes y alicientes y pueda progresar y modernizarse, sin que el progreso y la modernidad se identifique nunca con la incomodidad, con la inquietud, con la multiplicación de los problemas o el incremento de un ambiente de zafiedad que nada tiene que ver con la verdadera libertad.

Trabajemos por Madrid, siguiendo el ejemplo de los grandes alcaldes que supieron interpretar con proyectos y realizaciones los sueños de los madrileños y su nunca desmentida capacidad para discutir en diálogo amable y castizo las penas y los inconvenientes.

Madrid tiene muchos problemas, como las grandes capitales europeas que han evolucionado paralelamente a ella a lo largo de los siglos. Pero también es cierto que los recursos y las posibilidades ante el futuro se han multiplicado en las últimas décadas. No desaprovechemos esa herencia que pertenece a todos los españoles.

A nosotros nos corresponde ahora hacer de Madrid el puente que una a Europa, en aras de la paz internacional, con todos los hombres y las comunidades del mundo.

Gracias por este doble honor que hoy me otorgáis y que me hace sentirme muy orgulloso porque se corresponde con el amor y la admiración que, con la Reina y toda mi familia, siento por el pueblo madrileño al que representáis en este acto.

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